jueves, 29 de enero de 2015

Día 256: Punici

      Comía con despectivo apetito. No le importaba reventar. Deglutiría cada alimento hasta que las estrellas dejen de brillar. Los hombres buscan morir en su ley, así están hechas las cosas. Un banquete en Cartago para llorar las penas de la ciudad perdida.
      Los romanos fueron invitados a comer sobre las ruinas. Honrarían así las palabras de Catón. Tomaron el vino y juraron por sobre los cuerpos de miles de cartagineses que lucharían por la libertad del pueblo vencido. Escipión podría irse a lavar los platos.
      De este modo nació una pequeña insurrección de cinco mil soldados romanos a finales de la tercera guerra púnica. El grupo montaría campamento en las afueras de la ciudad, cerca del Mediterráneo. La estrategia sería simple. Un par de excursiones relámpagos como para debilitar la guardia del muro. Luego verían la forma de encontrar sobrevivientes, si es que ha quedado alguno, liberar a los esclavos y quizás sumar algún que otro romano más a su causa. 
      Al carajo la diplomacia. Cartago era su lucha, nadie les iba a quitar la gloria en el final, después de tantos penares. Elevarían de los escombros una nueva Roma, una Cartago suprema. El general Pluvio soñaba despierto. Imaginaba, luego del éxito de su invasión, un cinturón a lo largo de todo el mar Mediterráneo. Controlarían el comercio por las aguas. 
      Las cosas no resultaron tan bien. Es verdad que no tuvieron mucha resistencia para entrar a los restos de Cartago. El puesto de vigilancia tenía pocos legionarios a cargo. En la ciudad la situación era diferente. Al menos dos cohortes de más de diez mil soldados esperaban a Pluvio y sus muchachos. El romano maldijo en voz alta a Júpiter y todos los demases dioses del Olimpo. Lo habían delatado, era obvio. Unos desertores de los desertores, pensó. Menudos indecisos. 
      Así fue como Cartago cedió, en definitiva, ante el Imperio romano. El general Pluvio y sus soldados fueron juzgados ese mismo día al caer el sol. Una pira fue montada aquella noche, adonde arrojaron los cuerpos de los traidores del César hacía su última morada.

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