viernes, 30 de enero de 2015

Día 257: Negocios arriesgados

      En un océano venden cosas usadas. Montaron el negocio con toda la parafernalia habida y por haber. Los dueños están locos. Claro, un asunto de millonario. Para los pobres diablos que miran de abajo, el instinto de los magnates para los negocios es algo que vuela fuera de su radar, como los kamikazes sobre el Pacífico.
      Pensaban hacerse (más) ricos con el paso de los cruceros, pero la mala fortuna los cruzó con el vórtice de un huracán. La zona del poco próspero negocio quedó inmovilizada. Hasta el posnet dejó de funcionar. ¿Cómo venderían sus productos sin una bendita tarjeta de crédito? Nadie salía al océano con dinero en el bolsillo. De hecho nadie salía al océano.
      Todos se preguntaban, ¿qué hacen ahí? ¿venderán drogas? ¿es una fachada para extraer petróleo o vaya a saber qué del fondo del océano? Muchos interrogantes sin respuesta. La firma estaba a nombre de un tal Nicasio Villegas, un nombre ficticio que no figura en ningún libro contable del universo como poseedor de un negocio en el medio de la nada con agua.
      Don Nicasio, como le gustaba que lo llamaran, preparaba todas las mañanas unos alfajores caseros. En verano se van a vender como ametralladoras, decía. Nadie quería contradecirlo. En su familia no se animaban a sacarlo de su nube empresarial. Así que lo dejaban contento con sus alfajores, que se ponían verdes a medida que pasaban las semanas sin grandes visitas.
      Es cierto, cada dos o tres meses pasaba un buque pesquero. La señora de don Nicasio creía que era la misma embarcación. Compraba un par de tornillos y algún que otro fuentón para que los tripulantes se lavaran los pies. Minucias que engolosinaban los anhelos corporativos de don Nicasio. El millonario se imaginaba una Tierra repleta de sus franquicias. Almacén de rubros generales don Nicasio en la Antártida, en el Ártico y el Mar Muerto.
      Pocas personas sobre la Tierra eran capaces de contrarrestar tamaña dinámica para la inutilidad. Cuando la noticia le llegaba a unos cuantos curiosos respecto al destino de Don Nicasio, se preguntaban cómo había hecho para amasijar su fortuna y vivir en la indolencia comercial por el resto de su vida.
      Contra todo pronóstico, el negocio de Don Nicasio no solo prosperó, sino que atrajo a múltiples inversores dispuestos a volcar su capital en tal extraño emprendimiento. También, contra todo pronóstico, Nicasio se negó en forma rotunda a vender su puesto,
      Así fue como entre tanta locura capitalista nació una razón sensata. Los inversores, enojados ante la negativa de don Nicasio, decidieron colocar a unos metros de su negocio un nuevo almacén de rubros generales. Le ganarían de mano a Nicasio, venderían sus productos más baratos, y así atraerían a todos los clientes... al barco pesquero. 
      Una batalla sin cuarteles se libró en el medio del océano. Los precios bajaban y bajaban, hasta que la situación se hizo insostenible. La materia prima excedía con creces su valor y las magras ganancias imposibilitaban la compra de nuevos productos.
      Dicen que el océano volvió a estar en paz. El capitalismo armó sus valijas y volvió a explotar en sistema en terrenos más conocidos por el ser humano. Mientras tanto, una bandada de pingüinos decidió montar su base de operaciones en las antiguas instalaciones del negocio de don Nicasio. Al parecer piensan levantar una fábrica de procesado de pescados. 

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