sábado, 31 de enero de 2015

Día 258: La otra historia de la imprenta

      Dicen que mucho tiempo antes de imprimir la Biblia de 42 líneas Johannes Gutenberg tenía otro trabajo en mente. En concreto se trataba de un compendio repleto de dibujos sugerentes o, como lo llamamos en nuestros días, una revista pornográfica.
      En aquel entonces Gutenberg estaba quebrado, sin un solo centavo en los bolsillos. Refaccionar la vieja prensa de uva había consumido todos sus recursos. Los prestamistas más conocidos de Maguncia desconfiaban de su empresa. Solo podía aprovecharse del idiota de Fust, un usurero de poca monta con cierto renombre, dudoso para algunos.
      Un contrato de palabra se celebró entre el inventor y el prestamista. Bebieron cerveza hasta que sus mejillas enrojecieron y, curiosamente, fue Gutenberg quien pagó las copas. Sin explicar mucho los fines explícitos de su proyecto, Gutenberg le aseguró a Fust que su inventó los llenaría de florines a ambos. Tan solo necesitaba una mínima inversión. Perfecto, dijo Fust. Ochocientos florines de adelanto, eso más los intereses administrativos, claro, sonrió el prestamista. Pase la semana que viene por mi despacho y firmaremos el contrato.
      Fust estaba a punto de retirarse. Se encontró algo mareado por la bebida. Gutenberg lo detuvo. Le mostraba los diez dedos de las manos. No entiendo, dijo Fust. Cien florines. Necesito cien florines ahora. Entre amigos, guiñó el ojo Gutenberg. ¡Qué va! resopló Fust, mientras dejaba caer sobre la mesa una bolsita con el pedido. Lo sumaremos a los intereses de la próxima impresión. ¿Biblias, no? Biblias, así es, señor.
      Con la máquina a punto y los rollos de papel en su poder, Gutenberg visitó un par de casas. Le pagaría diez florines a cada una de sus primas, en total cinco mujeres. Veinte florines para el ilustrador. Y el resto para poner en funcionamiento la maquinaria y contratar a un operario. Así fue como se montó el primer set pornográfico de la historia.
      El establo de la familia Schöffer sirvió de escenografía. La idea había surgido de Peter, quien ignoraba lo que estaba por venir. Como era calígrafo de profesión y tenía una estrecha relación con su tío Johann Fust, éste le había encargado la supervisión de los trabajos de Gutenberg. Un prestamista debe saber adonde deja su dinero, sobrino.
      Como para alimentar su consternación, Schöffer se encontró sin previo aviso con cinco mujeres desnudas. Esperaba conocer la máquina de la que tanto le había hablado su tío. Esto es diferente, pensó. Gutenberg saludó a Schöffer con un ademán de cabeza. Peter habló: "¡esto es inadmisible, usted es un hereje! Cuando se entere el señor Fust va a tener que dar una buena explicación".
      Gutenberg se acercó a Schöffer, le explicó un poco de qué se trataba su proyecto. A su vez, como quien no quiere la cosa, le comentó que necesitaba un modelo masculino.
      No se conservan testimonios de lo ocurrido aquella noche. Dicen que fue una orgía de primera, con alcohol y dibujos de por medio. Gutenberg trabajó toda la noche en compañía de Schöffer, ambos borrachos como una cuba. El protopasquín, un manifiesto a la obscenidad de dos hojas, circuló por todo Magunto. Fue producto de múltiples comentarios y sendas masturbaciones. Aunque hoy nos parezca increíble, la primera impresión circuló por muchos siglos en Alemania por fuera del radar del Index católico.

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