sábado, 28 de febrero de 2015

Día 286: La escopeta sobre el armario

      Mollock despertó a la mañana con un miedo irracional a las personas. Es esa cosa inesperada del ser humano. Las conductas desprovistas de pensamiento. En realidad nadie quiso o pudo advertir que había enloquecido. Debería haberse dado cuenta en el momento que levantó la tapa del inodoro para buscar los rastros de un pitufo verde y psicópata.
      La sombra narcisista del pasado se elevaba sobre la cabeza de Mollock, inerte como una prostituta con el agujero sellado. Es esto lo que quiero, es esto lo que quiero, repetía con gesto mecánico frente al espejo. Ensayó una sonrisa torcida. La calle sería un horno.
      La mar de carne, con todos sus cuerpos agitándose al son de las olas. Racimos de personas caerían por doquier. Las perspectivas de un día agitado no lo entusiasmaba a Mollock. Abdicaré, aunque no sé cómo, pensaba.
      Para eso tendría que sacarse el lastre de su ex esposa y, qué diablos, de la sociedad entera. Su modo de ver las cosas había cambiado, aunque eso lo culpaba a los años. Envejecer es el acto más vil que nos depara la creación, esa era la idea de Mollock y en verdad lo creía.
      A veces Mollock soñaba con cambiarse el apellido, mudarse del barrio, iniciar una nueva vida. Moloch, así se llamaría, como el dios fenicio. A Moloch le importaría todo un reverendo carajo. Esa es la actitud. Claro, esos eran sus planes antes de enloquecer y buscar cosas verdes dentro del inodoro.
      En verdad le entusiasmaba la similitud entre su apellido y el dios fenicio. Mollock creía que era a propósito, una de las tantas bromas de su creador. Algún día me lo voy a cruzar en la calle y me va a tener que dar un par de explicaciones. Era su esperanza. Nunca ocurrió. De hecho, el creador de Mollock se había tomado unas largas vacaciones como hasta el siglo XXV. 
      Un sobre lacrado lo esperaba en la mesa de su oficina. El mensaje decía: "Sé quien soy". Nada más. El miedo irracional a las personas volvió a asaltar a Mollock. No compartiría con nadie el secreto. Ésto es obra de Moloch. Está en otro plano dimensional, velando por mi seguridad. Moloch no quiere que me haga daño. Por eso me da fuerzas para acabar con todo de una buena vez. Abdicaré, todavía no sé cómo, aunque estoy seguro que va a ser una salida con bastante estilo.

viernes, 27 de febrero de 2015

Día 285: El bosque de los unicornios

      Arrojaron el cadáver al bosque de los unicornios. Allá, los unicornios, afamados antropófagos, devoraron el cuerpo hasta los huesos. Dicen que primero empiezan por la cabeza y terminan por los dedos, que son las partes más sabrosas, de acuerdo a estos caballos con cuernos.
      A los unicornios les disgusta sobremanera que lo llamen caballos con cuernos. Prefieren que les digan criaturas asombrosas, o legendarias. En realidad se parecen más a caballos con cuernos, pero nunca hay que decirlo frente a un unicornio. A veces no se tiene demasiada suerte. Más vale vivo que cenado o almorzado, es el dicho.
      Desde que los gobiernos han sobrepoblado las cárceles el bosque de los unicornios funciona las 24 horas del día, los 7 días de la semana. 24/7. Ciertas agrupaciones ecologistas han advertido este fenómeno. Los primeros casos de obesidad unicorniana no tardaron en aparecer. 
      Contrario al ser humano, el unicornio no se disgusta por engordar. De hecho le encanta estar gordo. Así que cuando tiene la oportunidad, rebosa de glotonería. Come a más no poder, casi hasta el atracón. Es muy común que la vida de un unicornio promedio aparezca sesgada por enfermedades coronarias y diversas complicaciones asociadas a la gordura. Muchos unicornios mueren por gordos.
      Los pocos unicornios flacos tienden a ser discriminados en la manada. Es común que se terminen comiendo entre ellos, como un acto reflejo de su impotencia genética. 
      Luego de años de investigación, los biólogos han llegado a la conclusión de que el principal depredador del unicornio es la comida. De acuerdo a las estadísticas, un total de 5 a 6 unicornios por mes se atascan entre los árboles. Su peso promedio supera las tres toneladas. Eso es más o menos lo que pesan cinco Fiat 600 sin ocupantes.
      Otro problema que concierne a los unicornios es su ritmo reproductivo. Los unicornios copulan y procrean seis veces más rápido que un conejo promedio. La caza de unicornios está legalizada en ciertos países de Europa, pero sin fines comerciales. En realidad un unicornio no sirve para nada. No se dejan montar, el cuerno es un marfil de mala calidad y la carne de unicornio tiene un gusto horrible. Incluso el guano de unicornio es un mal fertilizante. Por fortuna, el exceso de comida ejerce un control regulador en la población de los unicornios. 
      Otra peculiaridad de los unicornios es su comportamiento psicológico. La mayoría de los unicornios suelen tener una estima más alta que la media del ser humano. Suelen ser criaturas soberbias, con tendencia a los pensamientos magnánimos. El unicornio no se deja montar por que eso es servidumbre para ellos, y el unicornio nació para reinar el mundo. De hecho, es normal para la mente de un unicornio creer que el mundo gira en torno a él. 
      El bosque es su reino supremo. Ahí son reyes y comen todos los humanos y porquerías que desean, sin intermediarios. Engordan hasta la muerte misma. Así se cumple el ciclo de vida del unicornio, una curiosidad inerte e inservible de la naturaleza de nuestros paisajes terrestres. 

jueves, 26 de febrero de 2015

Día 284: El planeta de los caninos

      Una pera. Es todo lo que quedó en la heladera. Nada de Mayonesa. Ni siquiera una puta cubetera. Se había llevado todo. Bueno, casi. La pera no le gustaba. Claro que si tuviera la posibilidad de manejar un auto se cargaba la heladera entera.
      El perro se dio a la fuga. No fueron los malos tratos. Más bien se trató de un ansia de libertad que abrigó desde cachorro. Un salto inusual en la evolución, podría llamarlo Darwin. El perro tenía más cosa de lobo que cualquier pariente de su especie.
      En realidad parecía más humano que otra cosa. Ya desde pequeño aprendió a caminar sobre dos patas. También hacía sus necesidades en el inodoro. Incluso tiraba de la cadena. Así que la sorpresa de la fuga y la heladera vacía no tomó por sorpresa a su antiguo dueño, el cuál atestigua qué tan inteligente era su Lee Harvey Oswald.
      Pobre criatura. Solo en la ruta, desamparado y con un nombre a cuestas tan llamativo. A diferencia de su tocayo, a Lee Harvey Oswald no solía involucrarse en asesinatos de presidentes. Le gustaban las cosas simples, como salir a pasear recién salido el sol o mear algún que otro árbol. Su verdadera pasión, salvo las peras, era la comida. 
      Así fue, por la comida, que Lee Harvey Oswald empezó a adoptar conductas extrañas para un perro. Pasaba horas sentado frente a la televisión. Así aprendió el lenguaje de los humanos. También asimiló la escritura. Cuando todos dormían, Lee Harvey Oswald pasaba noches en vela moviendo con su hocico las hojas de sus libros preferidos.
      Sus ideas acerca de la sociedad se complejizaron a medida que recibía información. Fue en ese entonces cuando urdió su plan de huída. El perro tomó una mochila y se la colocó sobre la espalda. Con esos alimentos sobreviviría una semana y media, de acuerdo a sus cálculos. También metió un par de libros para leer en el camino.
      Algunos compañeros se sumaron. El adoctrinamiento fue lento, si se considera las desventajas de aprendizaje que tienen los perros. La mayoría logró entender el concepto principal. Libertad y verdadera democracia por sobre la humanocracia o androcracia, como le gustaba llamarla Lee Harvey Oswald. Dentro de una semana tomarían por asalto una ciudad. Agarrarían a los humanos desprevenidos. Exigirían una reforma en la constitución y la libertad de todos los compañeros encerrados en perreras municipales. Lee Harvey Oswald soñaba despierto, la verdadera lucha acababa de empezar.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Día 283: La pifiada

      A veces la música puede ser un error. De los aberrantes. Ocurre cuando la melodía tritura las neuronas, cada nota escuchada es un cuchillazo en la ingle. A veces ese ruido blanco que llamamos muerte puede ser mejor.
      Sin embargo del error se aprende y así lo han hecho. Los seres humanos han construido una industria próspera del error. El rédito a partir de una diferencia en el cálculo, por más pequeña que sea, ha convertido en millonarios a muchos pescados que pululan por la superficie.
      Por lo bajo, la pobre población, que desea convertirse en un individuo anómalo, acaso maniqueo. La idea de disturbio teledirigido se siente bien, se vende bien. En realidad todo se vende. El ser humano fue hecho para ser vendido y comprado. Dice la biblia que cuando Dios creó al hombre y vio al hombre tan solo, le creó una mujer, para poder hacer un mejor negocio, y venderlo en subasta por una oferta similar a nuestro actual 2 x 1.
      Luego está el fin del mundo. Otro error mensurado y aprovechado con fines comerciales. El temor vende. Más sobre todo si es un temor existencial mundial interplanetario. Todo ayuda al propósito. Una carta de tarot, un mensaje meado en una botella, el eco de un fantasma luego de ser revelada una foto, cualquier cosa. Un pedo divino también. El fin del mundo se acerca, y nos preocupamos por el pezón de una actriz de cuarta. Porque se le vio el pezón. Lo tomó la cámara. Y tenía buenas tetas. Eso importa.
      El fin del mundo es otro gran error de cálculos. En realidad los cálculos ya parten de la base de nuestra equivocación ontológica. En todo caso, ergo, el ser humano es un error, así como su música, sus fantasmas y sus pedos divinos. Un error de cálculos en el upite de la Creación. 
      Por eso nos aprovechamos, porque sabemos que la venta y la compra parte de una persona dispuesta a tomar en parte de pago un producto fallado. Una cosa a la venta que fabricamos con nuestras falladas manos. Una cosa errática que puede decir cu-cú y llamarse tiempo. Un elixir de la equivocación que nos sume en el sopor de la existencia y que nos pierde en esa cosa, mal llamada sentidos.
      La muerte también puede ser un error, o la contingencia final de la serie de azares que determinaron el fruto de una existencia equivocada. Del error nace la volición y las pulsiones. Así, de alguna manera, hemos sublimado las culpas respecto a nuestras vidas. Creamos fantasías de perfección y las llamamos dioses o arte. Al final no son más que emanaciones ectoplasmática de nuestra concepción errónea.
      De todos modos el precio se paga. El mercante está condenado a vender, a venderse, por una moneda o por la nada misma. Está en su sangre, en su condición de vendedor. Venderemos caro o barato nuestro final. Así lo dispondrá, o no, el mañana.

martes, 24 de febrero de 2015

Día 282: Invisible

      El guardia de seguridad oprimió el botón y así McLean conoció la luz del día. Por buena conducta le habían acortado la sentencia. Ahora era un ex-convicto, con todo lo que significaba ese apelativo. Los policías te iban a seguir mirando feo, pero no harían nada. Solo la mirada. Una advertencia. No vuelvas a meter la pata, McLean. Ese era el mensaje. 
      Buscar a mamá. Ese era el punto número uno en su lista. Mamá era el nombre clave de su proveedor de armas. Un buen calibre para abrir billeteras y el camino a la redención. La última vez lo agarraron por estúpido, pero ahora tomaría sus recaudos. Nada de robos en la misma zona. Controlar los horarios. Prestar atención a lo que se ve. No dejarse llevar por el arrebato del momento.
      Agitar el contenido. Vertir en el recipiente. Horno moderado a treinta minutos. Esas eran las instrucciones. Tan difícil no era configurar un bizcochuelo. Una torta y un arma, ¿qué podría salir mal?
      McLean volvía a ser un sujeto útil a la sociedad. Desempeñaba su papel, como un buen actor. Era lo que esperaban de él. Luego vendría el tiempo de pagar las cuentas. Para eso estaba la cárcel. Uno podía entrar o salir, siempre estaba la invitación abierta. Esa eran las ventajas del sistema. Nadie esperaba que se fuera a portar bien. De hecho alentaban su mala conducta. Las cárceles necesitaban personas. Tanto como las mismas personas.
      Pero McLean aprendió a leer y, cosa penosa, se volvió más inteligente. Entendió un poco de qué iba el asunto, de lo que esperaban de él y todo. Así que dejó todo a medias, como para tener una coartada, por si acaso. Luego, el dinero caería, de algún u otro modo. 
      ¿Debería preocuparse? ¿cuál era la excusa? No estaba haciendo nada. Todas las tardes se paraba junto al banco con una pistola en la mano. ¿Se veía peligroso? Claro que sí. Pero no hacía nada. Solo se paraba. Una amenaza silente, inconstatable. 
      Entre la nada y lo mucho, así se hallaba McLean. Daría el gran golpe y nadie se enteraría. Nadie voltearía el rosto. Todo ocurriría en un instante. A fin de cuentas, ya sabía que era invisible del vamos.

lunes, 23 de febrero de 2015

Día 281: Anti-Elvis

      La muerte está en la noche de una estrella desaparecida. Es todo una ilusión birlada al espanto, de donde caen los cielos y el ombligo mayor que convoca a las basuritas a que entren en su agujero. Allí se encuentran las galaxias perdidas, devoradas por la mugre. Es un ombligo sin fondo, atroz, a Lovecraft le daría miedo.       
      Una melodía apagada de un recinto de mala muerte flota en el aire. Dejaron las luces prendidas, se olvidaron de cerrar la puerta con llave. Es una casita del terror para iniciados. A veces los sueños reconocen que tienen un problema. A veces los sueños son solo eso. Sueños.
      Lo que cuesta entonces es ponerle el moño a la cosa. Terminamos pidiendo la hora, es como un gato que no termina de arañar el sofá, o un bebé que te muerde el pie, solo porque sí. Una vez preguntan por vos y les decís que no estás, que te fuiste. Dejás el cartelito puesto. Ese de no molestar. Pero no te fuiste.
      La habitación está cerrada. Barton Fink no escapa. Está en el edificio, como Elvis. No quiere salir. Escribe como bruja, con el sopor del que sabe lo que espera. Es la noche que cae, con su estrella desaparecida y su hedor peculiar. Es el ombligo mayor, el centro neurálgico, ese lugar en donde te gustaría clavar la aguja o el cuchillo, o la cuchara y el esperma.
      Puedes escapar, la casita sin llaves no tiene policías. Nadie quiere buscar un cadáver. Hay algo delicioso e ignorado en la muerte de un reverso. Y en la figura de una palabra su anverso, ese imposible hecho lengua. Ese constante decir en la ningunidad. 
      Y la orquesta se va alejando. Saludan al horizonte, se acercan más, aunque el horizonte se aleje, con su linea horizontal y su sol y sus nubes puestas por encima de su horizontalidad. La orquesta se aleja. El cigarrillo se apaga. La habitación está en el edificio. Barton Fink está en el edificio. El edificio está en el edificio. Todos escriben. El ombligo aplaude. Celebremos mil noches y el gato. Un sofá.

domingo, 22 de febrero de 2015

Día 280: Mala praxis

      Tiene pensamiento de manada, aunque es uno solo. Dicen que tal vez es una secuela de la esquizofrenia. En nuestro pueblo nos gusta creer en la magia. Decimos que el tipo es un milagro de la naturaleza capaz de representar muchos papeles, tal como lo haría un actor de cualidades prodigiosas. Es como un pulpo con muchos tentáculos, y cada uno de ellos con una personalidad.
      El hombre no imita, no se confundan. Cada uno de sus personajes tiene autonomía propia. De hecho son personas, dado que existen en la realidad de su mente. Por ahí papá le pegó de chico y así quedó, es la explicación más fácil que se da. Bueno, el hombre recibió su castigo corporal de pequeño, no vamos a negarlo, pero esa no fueron las causas verdaderas.
      En realidad nadie sabe qué fue lo que le ocurrió. Nadie del pueblo. Yo sí lo sé. Se los voy a contar si me prometen que van a mantener el secreto. ¿Lo prometen? Nada de cruzar los dedos, eh. Me voy a dar cuenta. Voy a seguirlos hasta en sus tumbas, así que se manejan con cuidado. Ahora que tengo su atención les cuento. Esta persona fue raptada por extraterrestres.
      Pasó hace muchos años. La visita de los alienígenas le dejó como recuerdo estos traumas que ya conocen y una bonita sonda a la altura de la cintura que le provocó escoliosis. Nadie le pudo quitar ese artefacto extraterrestre, es invisible. Yo sí lo puedo ver. Bueno, en realidad lo sé porque yo fui quien decidió que esta persona sea visitada por alienígenas.
      No me considero un autor malévolo. Le doy a los personajes lo que se merecen. No más. No hay que acostumbrarlos a demasiadas cosas. Por eso a veces no les doy un nombre, porque eso les daría muchos argumentos como para quejarse de su vida y así me pedirían cambios que, en mi imposibilidad técnica, sería imposible de otorgar. Así que a esta persona la llamo persona, ser humano, o dejamos de lado el sujeto, más fácil. Adónde nació también lo dejamos afuera. Digo ciudad, o pueblo, y el resto se imagina el que lo lee. 
      Unos cinco años después los alienígenas regresaron. Como la vez anterior, lo visitaron como a eso de las 2 de la tarde, para asegurarse que todo el mundo dormía la siesta. Tocaron el timbre. La persona los recibió como la vez anterior. Los invitó a pasar y les ofreció una taza de café.
      Uno de los extraterrestres aceptó. El que se encontraba a su izquierda lo codeó. Al instante rechazó la invitación. Le explicaron los motivos de su visita. Pidieron disculpas por la operación anterior. Ellos solo querían investigar como funcionaban los organismos a base de carbono. Le contaron a esta persona que sus investigaciones están teniendo mucho éxito en su planeta. De hecho es un furor. Están en condiciones de reduplicar la vida e incluso mejorarla.
      Pronto van a salir a vender sus clones por toda la galaxia, y todo gracias a él. Pero había un pequeño problema. Cuando realizaron la cirugía se les cayó un objeto muy preciado para uno de sus colegas. Sirve para medir el tiempo, dijo el extraterrestre. Acá lo llamamos reloj, respondió el humano.
      Así fue como los alienígenas volvieron a abrir a esta persona para sacarle el reloj que tenía atascado en la espalda. Es curioso, ya que la escoliosis y los conflictos de personalidad, todo era culpa del reloj. Nunca más volvió a tener un problema así y nunca más volvió a ver a los extraterrestres.

sábado, 21 de febrero de 2015

Día 279: La biblioteca de Alejandría

       Así fue como el mayor archivo de la galaxia se convirtió en el basurero más grande del mundo. Todo estaba guardado en VHS. El VHS o Video Home System era un pedazo de plástico con forma de ladrillo flaco, por lo general negro, que guardaba una cinta en el que se solían grabar videos de cosas. A falta de algo mejor, el formato prevaleció unos cuantos años antes de que se dieran cuenta que era mas bien obsoleto desde su mismo nacimiento.
       Millares de kilómetros de cinta se perdieron. Culpen a la humedad. Esa malvada se digirió cada momento emotivo grabado. La humedad fue responsable de que María se quedara sin recuerdos de su casamiento. También gracias al moho es que no quedaron rastros de la excelente colección de películas porno de Natalio. Una de esas películas tenía una escena de sexo entre un orangután y dos mujeres humanas. Se llamaba Delirios en la selva. Dicen que ganó un premio. Bueno, eso decía la caja.
       Si Borges hubiese escrito algo similar, bueno, en realidad no podría haber escrito algo similar, porque no podía ver videos en VHS, y tampoco vivió en la época del furor del formato. Reformulemos, en el hipotético caso que Borges hubiese escrito una cosa de este índole, respecto a la vida y muerte de los VHS, nos diría que la historia es una sola, que se repite una y otra vez bajo diferentes disfraces. Es la biblioteca de Alejandría, cuyo incendio nunca cesa.
       El culpable del incendio de la biblioteca de Alejandría no es la humedad, sino el fuego. No se sabe bien quién, si los romanos o los árabes. La realidad es que se perdieron miles de decenas de pergaminos, de papel y de chota de cabra y de las cosas que están hechas los pergaminos. Adentro de esos rollos había cosas escritas.
       Antes las personas no tenían fotos. Tampoco tenían televisores para ver sus VHS, porque tampoco existían esos artefactos. Tenían pergaminos, donde escribían lo que les parecía útil o digno de dejar un registro. A veces guardaban poesías o cuentos y asuntos similares. Pocas personas sabían leer. Los que no sabían leer, tenían que contentarse con aburrirse como hongos. Antes la Tierra era aburrida.
       Uno de los pocos documentos que sobrevivieron al incendio nos refiere la historia de un griego que habitaba en Delos. Su nombre era Mitómanos. Se murió de aburrimiento. Porque no sabía leer ni escribir y el aire de Grecia lo aburría. Dejó de comer porque no tenía sentido, según él. El hastío de la rutina le comprimió las vísceras.
       Ahora la gente no se muere de aburrimiento. Se muere de otras cosas, como asesinatos, enfermedades, por estupidez, por una casualidad, e incluso hay personas que mueren por que sí. Pero no por aburrimiento. Los VHS murieron también, pero no de aburrimiento. Fue la humedad maldita. Así que los científicos, que son genios con un cerebro grande, inventaron algo mejor. La misma información se podía guardar en un disco del tamaño de un CD, y le pusieron por nombre DVD, porque a los científicos les gusta los acrónimos, porque creen que hace a sus inventos algo más sofisticado. Pero en realidad es lo mismo. Un DVD es como un VHS, pero sin el problema de la humedad. El DVD tiene otros problemas. Puede morir si se lo dobla mucho o si se lo toca con los dedos. En todo caso el vaticinio del falso Borges sigue fiel. Van a construir una nueva biblioteca de Alejandría, y alguien, sea romano o árabe, la va a prender fuego. 

viernes, 20 de febrero de 2015

Día 278: Día 278

       Día 278. Las paredes se cierran cada vez más. El mundo es horrible. Debería haber empezado algo así como: "Querido diario, hoy fue el mejor día de mi vida", pero no. No es así. Por cierto, tengo un perro nuevo. Es feo. Feo como la gran puta. Ni siquiera sé para qué lo tengo.
       Anoche sentí ruidos en el fondo de mi casa. El estúpido había agarrado una rata. Esas que tienen cola larga y pueden transmitir enfermedades. Hay muchas cosas que tienen cola larga y pueden transmitir enfermedades, los políticos, por ejemplo.
       Tengo pensado iniciar una huelga de hambre. Cuando me esté por morir, voy a dejar mi cuerpo cerca del banco. Quiero hacer una última buena acción. Trataré de llevarle un buen susto a algún que otro jubilado. Quien sabe, capaz que del miedo se cagan muriendo. No estaría mal.
       A veces creo que debo internarme. Le reconozco algo al ignorante de mi abuelo. Me crió como mejor pudo después de la muerte de papá. Pero no deja de ser lo que es: un idiota ignorante. El abuelo me decía que estaba loco y que si mi padre viviera, sería una desgracia para él. Menudo imbécil resultó ser el abuelo. Por suerte está muerto. Ya no jode más.
       Igual no podría, amo demasiado la luz del día como para sentenciarme a la noche eterna del loquero. Soy feliz a mi modo. Mi manera rota de ver las cosas. No soy el mejor nadador, pero me acostumbro a vivir con estos muñones que me dejaron los años. Deforme, esa es la idea. Algo en mi cerebro no está bien.
       O quizás esté demasiado bien. Tal vez los demás están mal, y yo estoy bien. Es una posibilidad. Todavía no la debería abortar. 278 días sin accidentes. Así debería decir el cartel a la entrada de mi casa.
       278 días atrás si hubo uno. Y de los grandes. De esos que haría parecer a Chernobyl una caquita. Caminé por kilómetros y no encontré nada, salvo un poco de comida para vivir, y un cuaderno con dos lapiceras, una roja y otra verde.
       Lo que pasó no me volvió así como soy. Yo era como soy de antes que ocurriera todo. Hace 279 días era igual que hoy. Y mañana va a ser igual que ahora. Las cosas para mi no cambian. Salvo lo que encuentro a mi alrededor. Muchas personas que conocía de antaño ahora son cadáveres. Cuando extraño a las personas voy a visitar sus cuerpos. Todavía están donde los dejaron. Tirados por ahí.
       Pero no me ocurre seguido eso de extrañar. Así solo soy mejor. Siempre lo fui. Creo que si existe algo parecido a Dios, este debe de haber sido su premio para mí, por ser un buen chico. Es como una palmadita en el culo de gratificación. Estoy seguro que se debe tratar de algo así.
       Cuando estoy enojado escribo con la lapicera verde. Hoy estoy en paz, así que estas palabras las escribo con tinta roja. Como la sangre. Como la vida. Tengo un perro nuevo, no sé si ya lo dije. Es feo. Creo que alguna explosión le debe haber agarrado la cara. No entiendo cómo sobrevivió la porquería a este pequeño fin del mundo. Tampoco entiendo por qué sobreviví. Debo de ser importante para el próximo plan del Creador. Me va a tener en cuenta, seguro. Hay tanto por hacer. Ya no puedo esperar.
       De acuerdo a mis cálculos falta poco para que lleguen. Lo acepto, no soy bueno en esas cosas de sumar y restar. Con suerte terminé el primario. Igual es más un sentimiento. El radio del desastre fue amplio mas no total. Van a venir, de a poco. Se congregarán a la puerta de mi casa a pedirme ayuda. Como si fuese un rey benévolo. El día 197 escribí algo así como que el mundo iba a cambiar. Hoy, día 278, me desdigo, el mundo no cambió. Nunca cambió. De hecho siempre fue el mismo. Lo que pasa es que no nos deja conocerlo. El mundo es un bastardo anónimo de mil caras. Le salen tentáculos de la superficie, le gusta sorprendernos. Bueno, ahora le gusta sorprenderme a mí solo. Van a venir. Seguro. 

jueves, 19 de febrero de 2015

Día 277: El hombre mariposa

      Un hombre al costado del camino revisa sus porosidades y dice: "estoy poroso". Tiene un aire confidente, como de espera inevitable. Alguien le comento que se venía la noche. Se viene su noche. Es un plan secreto. Nadie tenía por qué saber lo que pasaría.
      Ese espíritu tiene un problema. Le vendieron un alma fallada, de outlet. No hay devolución. La casa gana. En las grietas, en los surcos, hay muchos poros, poros por doquier. Así es como descubrió, un día cualquiera, que podía respirar de un modo diferente.
      Luego la idea. Evolucionar. Esa es la mentira que el hombre se cuenta a sus propios oídos. El hombre ya perdió la habilidad del sustantivo propio. Es una persona despojada del nombre. Una figura con forma de humano, recortada de manera desprolija. Evolucionar, ese es el mandato. 
      El hombre toma los prismáticos para cerciorarse que no está siendo seguido. Es un fugitivo de la ley y lo sabe. En ciertos estados no toleran a lo diferente y mucho menos si eso diferente está involucrado en algo tan feo como un asesinato. Yo no lo maté, fueron los poros. A decir verdad fueron esas espinitas que salían de los poros, algo así como una aguja hipodérmica cargada de veneno como para elefantes gordos. 
      En algún momento existió la esperanza. Algún día la porosidad cedería. Volvería a ser visto como algo que no llama la atención. Anónimo. Inexistente. Superfluo. Y el tiempo se deslizó bajo una cuna negra, semilla del incierto. Los poros se agrandaron y cubrieron toda su espalda. 
      Luego creció algo pequeño. Dos algos. Tomaron forma. Crecieron. Alas violetas se desplegaban sobre sus ojos. Batieron una, dos, tres veces al viento y despegó. En su vuelo adivinó el destino de un recorrido incierto. Evolucionar. Sobre la superficie. Respirar. 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Día 276: (etc)

      El número de la suerte. Jugamos con toda la fortuna y todo el culo. Es la apuesta final, la que va a decidir el destino de la galaxia. Son dos dados y un mantel verde, infinito, colocado sobre el cielo. Los oscuros navíos se pierden en el horizonte, dicen adiós, no saben decir otra cosa.
      Son lo que deben las figuras contra el vidrio. Un taconeo último que repica sobre los verbos de las palabras. Así vivimos, en la gira eterna de la confusión y el desconche. Uno en muchos, es la verdad de una mentira. 
      Una vivisección a cielo abierto despide sus olores. En la muerte se confunden viejas sombras y los conos de un parlante destrozado. Eso es el silencio, aquello que las voces gritan sin más sonidos que el sinsentido de lo que dicen. 
      La costra que no se quita aparece, un monstruo de lo que fue. El reborde de lo que ocurre, mientras las cosas nacen y los sueños desaparecen. En una noche de brujas el juramento se hizo inevitable, maldito, adosado por las leyes de un pretérito mundo. 
      Las vueltas de una Esfinge ante su propio enigma. No ofrece las razones de ser algo de lo mismo en lo diferente. Un fósforo y las luciérnagas ofrecen sus luces en apartados rincones. Comentan sus culpas, los penares de un nuevo crimen. El ahogo voluntario de la demencia. 
      Una mujer desnuda y el sol por detrás se ofrecen a un altar. El sacrificio de lo inesperable. Así es como pagan los magos sus deudas. A través de miles de noches iluminadas algo despierta y se ciñe a lo frágil. Ya está roto, es tarde. Es un vaso destrozado, de vidrios y astillas. No hay volición. Todo cae. El perfume de las épocas se desangra sobre las alcantarillas. Es un lamento o algo más, lo que las voces callan, de lo que vuela, pide y nunca será. 

martes, 17 de febrero de 2015

Día 275: Recetas light para extinguir un planeta

      El mar es obvio. Va y viene con su marea. Así la luna comete sus fechorías. La luna no es tan obvia, tiene un costado oscuro, en donde nadie paga la luz. Por eso está todo oscuro. En el lado brillante de la luna no necesitan pagar la luz, reciben de regalo los rayos gammas del sol y otras de las tantas porquerías que emite esa estrella metida de prepo dentro de nuestro sistema galáctico.
      Lo del sol es una casualidad. También a la Tierra le regala un poco de luz. El sol no cobra sus cuentas, no es EDELAP o EDESUR. El sol quiere ser caritativo aunque no reciba nada a cambio, a pesar de ser un viejo taimado que atraviesa la crisis de la mediana edad.
      Mientras tanto, en la Tierra, los seres humanos son obvios. No esconden debajo del tapete lo mucho que les gusta matar a lo que venga, sea escuerzo, humano o pitufo. Aprendieron a usar las manos porque la evolución quiso que tomaran cosas para agujerear, cortar o cercenar la carne ajena. Así fue como la vida se le hizo más fácil a la humanidad.
      Luego, mucho tiempo después, vinieron las cuentas. Esas que hay que pagar una vez al mes para que no te corten el servicio. Es para administrar la demanda, suelen decir los burócratas. Así les hicieron creer, a lo largo de unos cuantos años, que las personas para vivir necesitan más cosas de las que pueden imaginar, sea un baño con limpiaculos automático o un artilugio mágico para dejar la ropa sin pliegues.
      Los terremotos no son obvios. Llegan a la fiesta sin avisar y rompen todo. Son el síntoma del caos que a veces reina y en muchas ocasiones es. Una vez estuve en un terremoto, ocurrió a unos mil kilómetros de donde vivo. No sentí nada. El terremoto, cuando es fuerte, llega a ciertas áreas, y el resto del universo permanece sin enterarse. Salvo que tengas un planeta con cable, o algo parecido. 
      Los meteoritos son obvios en ciertas situaciones. De vez en cuando actúan como los terremotos, caen sobre un lugar y levantan el polvo, como para reordenar o desordenar las cosas. No le gusta competir con las fuerzas de la naturaleza, por eso aparece cada tanto. Es una cosa solitaria que le gusta volar por el universo como se le da la regalada gana. 
      Existen momentos, aunque no siempre, en que todo se reúne bajo una misma habitación (simbólica) para hacer pedazos al mismo objetivo. Cuando la intención es destrozar un planeta eso se llama extinción, porque por lo general no suele quedar nada, salvo polvo y un par de cucarachas. En el lenguaje de las cucarachas, extraño por cierto, no existe un equivalente a la palabra extinción. 

lunes, 16 de febrero de 2015

Día 274: Las dos mitades de papá

      La fortuna, la buena, lo abandonó al cruzar las vías. El pobre viejo no se la esperó, la cosa venía demasiado rápida como para correrse. En su lugar trastabilló con el borde de un durmiente, dejando servido en bandeja su cuerpo al ferrocarril. 
      El tren, aparte de la máquina, tenía siete vagones comunes y dos pullman. Iba camino a una ciudad de las importantes, en un viaje de los tantos que se hacen. El promedio de velocidad de este tren era de 125 kilómetros por hora. Así de rápido el viejito fue atravesado por las ruedas a la altura de la cintura. 
      La disección fue perfecta, como si fuese hecho con una sierra sin fin para cortar carne. Cintura para abajo una mitad, cintura para arriba otra mitad. El viejo se desangró en poco tiempo. Para cuando llegó la ambulancia ya llevaba bastante tiempo muerto. 
      Las autoridades del lugar lo identificaron como Antonio Guarnieri, 72 años, viudo, dos hijos, cadáver. Muerto, esa era la mejor definición. Los hijos de Guarnieri recibieron la mala noticia a las 48 horas de ocurrido el accidente. Cuatro días después se presentaron a la morgue de la ciudad.
Fernando tenía 35 y Pedro, 39. Desde la muerte de su madre que no se veían, o sea, como 8 años, según la cuenta de Fernando. Nunca se mandaron mensajes de textos, ni mail. Tampoco solían llamarse por teléfono. Visitas tampoco, ya que ambos se aseguraron de vivir a más de quinientos kilómetros de distancia. Por cierto, se odiaban con mucho amor.
      A esa altura ya ni recordaban de dónde venía tanto odio. Algo que se acumuló. Somos diferentes, decía Pedro. Es un imbécil, pensaba Fernando. Nuestras posiciones son irreconciliables. Encima es un zurdo de mierda. Así venía la mano. 
      La muerte de Antonio los agarró por sorpresa. No porque le tuvieran mucho aprecio. En realidad lo de ellos con su padre era más una sana indiferencia. 
      El empleado de la morgue les advirtió acerca de lo que iban a ver. Gesticulaba con las manos en círculos. Es que, es que... se le ve, algunas cosas de adentro, dijo el empleado antes de levantar la sábana blanca. Era verdad, las tripas se asomaban de la parte de arriba del cadáver.
      Un silencio incómodo. El empleado de la morgue preguntó si necesitaban estar solos. Pedro dijo que no era necesario. Puede arreglarse, digo, lo podemos volver a unir, para el funeral, ya saben, agregó el empleado. No es necesario, dijo Pedro.
      El muchacho calló. Mejor no decir más nada. Están sufriendo y yo siempre con mis comentarios estúpidos. Fernando miró a su hermano por primera vez desde que llegó a su ciudad natal. ¿qué hacemos? 
      Es obvio, lo enterramos, como corresponde, dijo Pedro. Papá hubiese querido que lo cremáramos, recuerdo que una vez lo dijo. Esa noche estaba borracho, tarado, si ni siquiera dejó testamento el viejo, le reprochó Fernando. 
      La discusión continuó por unos minutos. El empleado de la morgue tomó la sabia decisión de desaparecer y hacer como que trabajaba en otro lugar lejos de ahí. Luego del cruce de palabras, los hermanos llegaron a un acuerdo.
      La moneda favoreció a Pedro, que eligió la parte de arriba. A Fernando no le quedó otra que aceptar el pedazo de abajo de lo que solía ser su padre. No podía negarlo, si después de todo había sido su idea. 
      El salomónico veredicto de los hermanos fue el siguiente: Fernando enterraría a su padre, digo a la mitad de su padre (la inferior) en el cementerio de su pueblo. Mientras tanto, Pedro llevaría la mejor parte hacia un río cercano a su casa, en donde arrojaría las cenizas. 
      Luego de transmitir el acuerdo a la morgue, cada uno de los hermanos tomaron sus autos y se fueron sin saludarse. Esa sería la última vez que se verían hasta la muerte de Pedro, unos veinticinco, veintiséis años después. 

domingo, 15 de febrero de 2015

Dia 273: La mujer del cardenal

      Estaba dispuesto a matar por esa mujer. Por ella abandonaría toda la parafernalia del Vaticano. Total qué importa, si es todo mentira. Todavía algunos creen, unos cuantos millones. Se van a desilusionar cuando se enteren que no existe nada parecido a Dios. El cardenal Nigrum había encontrado su propio dios entre las piernas de una mujer. Se llamaba vagina o concha para los más adeptos.
      Su musa tenía unos cabellos rojos que le caían hasta la cintura. Le faltaba algo de culo, pero lo compensaba con unas tetas prominentes como un monumento egipcio. Estaba casada, pero mucho no importaba, la moral monogámica era otro invento absurdo de esta civilización.
      Así que podría compartir tranquilo a su amor con el resto de la plebe. Así la asientan, como los autos, decía para sus adentros el cardenal. Cuando de pensamientos acerca de su amor se trataba, una oleada de sangre acudía a su cara y al resto del cuerpo. En cualquier lugar que se encontrara, era inevitable acudir a la paja o como solían decir en el Vaticano, sacudir el gallito.
      Los que vivían en el Vaticano eran expertos en sacudirse el gallito. Otra ley absurda les impedía a los clérigos hacer el amor con otras personas, a pesar de que fuese tan natural como cagar, mear o sacudirse el gallito. La ley también decía que todas esas cosas tenían que ser confesadas ante otra persona, y para absolver la pena había que rezar mucho a este Dios que ya se sabía de antemano que no existe. El pecado era dedicar el tiempo a la banalidad de la vida. Perder trascendencia, o sacudirse el gallito.
      Aparte de sacudirse el gallito, el cardenal Nigrum  pensaba en esa mujer. Una vez estaba tan perdido en sus pensamientos que casi se tropezó con un guarda suizo. En momentos así solo quería escapar. También escribir una autobiografía. Y hacerse millonario. Las autobiografías dejan mucho dinero, si son jugosas.
      Tenía tantas cosas para contar. Aparte de eso respecto a dios y los gallitos. Tantas cosas. Todas ocultas, por supuesto. Las fiestas infantiles y las drogas, por ejemplo. Algunos asesinatos que volaron por debajo del radar de la opinión pública. Los acuerdos con la mafia. El negocio ilícito organizado alrededor de la Inquisición. Todo estaba registrado. Y era prohibido. Nadie podía abrir la boca. Porque estaba mal que unas personas que dicen que hay que portarse bien se porten mal. Las sociedades cuando escuchan esas cosas suelen enojarse y piden sacrificios vaya a saber a quién. Como si con eso pudieran solucionarlo todo. A veces el cardenal extrañaba la Edad Media. Ahí si se podía vivir en paz.
      En la Edad Media no tendría que darle explicaciones a nadie. Tomaría a su musa, la cogería en el medio de una plaza frente a todo el mundo. No, mejor, la violaría en público, y nadie diría nada. Porque en la edad media las cosas eran más simples. Nadie decía nada, todos eran un poco más libres. Además su casta vivía como reyes. Podían sacudirse el gallito cuando quisieran, tomaban el mejor vino. Incluso existían unos fumaderos de opio que eran deliciosos.
      En esta época la única protección la brindaba el oro o cualquier tipo de moneda con peso en la estructura económica actual. Tener las arcas llenas te conseguía amigos, influencia y sobre todo, cumplir cualquier deseo con impunidad. Impune, ese era el sueño. Todos callarían sus bocotas. Se pasearía por la calle con su pelirroja tetona. Le contaría al carnicero lo bien que se coge. Es petisita, pero le pone unas ganas.
      Le diría a todo el mundo que su pelirroja tetona era una joya entre miles. Que no es celosa. Que no le hace problema si se quiere ensartar a un nene o tomar los servicios de una prostituta. Porque su amor es tan libre como el viento, o como la Edad Media.
      El asunto resultó mejor de lo esperado. Todo pasó de repente. El Sumo pontífice se había atragantado con un pedazo de carne. Las maniobras de reanimación no dieron resultado. En menos de lo que canta un gallito la conmoción llegó al Vaticano y a gran parte del mundo (cristiano). Al resto del mundo (no cristiano) le importó poco y nada la noticia.
      El cardenal Nigrum se hallaba ante una posición inédita. Tendrían que cerrar todas las puertas del salón de la capilla. Era su primer Cónclave. Si jugaba todas las cartas, tendría sus chances de llegar al trono dorado.
      El clima dentro del Cónclave era turbio. Múltiples acusaciones se entrecruzaban. Se crearon dos facciones. Los conspiracionistas, que creían que el Papa había sido envenenado, y los envenenadores, que si bien no negaban esa posibilidad, veían como oportuno un cambio. El cardenal Nigrum prefería evitar tomar partido en una disputa que le parecía infantil y estúpida. El hombre está muerto, ¿qué importa saber como fue? Estamos para decidir el futuro del catolicismo, y nuestro futuro, por supuesto. Anuncio a todos mi postulación a Sumo pontífice.
      Las palabras de Nigrum tocó los corazones de varios. Luego de varios días llegaron a un acuerdo. El cardenal Nigrum sería llamado Pedro III. Desde el altar de la Basílica otorgó un gran discurso a la gente que estaba agolpada en la plaza. Prometió muchos cambios. Pedro III se frotaba las manos. La pelirroja tetona será mía, oh sí. Los tiempos están cambiando.  

sábado, 14 de febrero de 2015

Día 272: Escribir contra el tiempo

      A veces no tenemos tiempo. La soga aprieta el cuello con amor. Así corremos contra natura en una danza patética entre el cuerpo y el hacha. Ocurre. Y mucho. Sobre todo en la escritura. El escribir tiene sus propias urgencias. Suelo decirlo bastante seguido, la escritura es una especie de cadena de inodoro, cuando tirás de ella, desagotás toda la mierda que sobra en la cabeza. Estoy seguro que la creatividad tiene algo que ver con alguna especie de purga escatológica.
      Y cuando los plazos apremian, la cosa va para peor. Un diario, un cuento, un libro para una editorial, un maldito post diario de blog, lo que sea vertido a través de letras, todo exhala tiempo, bien o mal gastado. El apuro puede ir en detrimento de la calidad, salvo que guste el sentimiento que provoca la asfixia cerebral. ¿Cuántas veces miramos el reloj solo para cerciorarnos que acaban de pasar 2, 5, 8, veinticinco mil minutos desde que nos lanzamos a la odisea edílica de completar la hoja requerida? Punto para la madre de la ansiedad del rincón de los tiempos perdidos.
      El rincón de los tiempos perdidos es una de tantas clases de limbos. Su principal característica es la de absorber la energía del ser humano como si fuese una aspiradora maligna con complejos de superioridad. En este rincón los individuos quedan atontados. Quedamos. Lo extraño es que el rincón no se corresponde a un espacio físico fijo dentro del plano existencial. Puede encontrarse dentro del cerebro, o a través de una mirada perdida en un punto distante del cielo. Lo mismo da, el resultado es similar.
      Luego la ametralladora de palabras. Forzar los significados hacia su máxima expresión. O mejor, destruir los significados, minar los sentidos hasta la nada misma. El pobre bastardo, o sea yo, escribe y escribe, letras espacios y puntos. La hoja se llena, de a poco a mucho, de lejos todos los textos son iguales, todos. Más iguales incluso si te falla la vista.
      A dos metros de distancia un Poe y un yo es casi lo mismo. Nadie nota la diferencia. En papel o en pixeles, las letras se acumulan de a palabras, de a palabras a oraciones, de oraciones a párrafos, de a párrafos a una secuencia medianamente conexa de ideas interpretadas.
      Y da listo el reloj. Es el seacabose. Ya no hay más para escribir. Hay que redondear. Arrimar el bochín hasta un final digno. Clavar una eutanasia textual. Es lo más cerca al fin que se puede estar. Apagamos la luz. Ponemos la alarma. Fin. Negro.

viernes, 13 de febrero de 2015

Día 271: Muerte y vida de Ricardo

       A veces ciertas ideas salen del cerebro con forceps. El aparato las rasguña, es común que a veces salgan malheridas, en forma de cuestionamientos poco creibles o parecido a un divague. Es natural tener muchas ideas, así es el cerebro. Sino miren a tipos como Edison, que no pueden estar un segundo en el baño sin tener una idea para algo nuevo.
      
Todo hombre, aunque sea el ser más insignificante de la galaxia, tiene aunque sea una idea durante su paso por la Tierra. Salvo a Ricardo. A Ricardo nunca le pasó nada en la vida. Es un cero a la izquierda de otro cero, que a su vez está sumergido en un océano de ceros repletos de cero. Su vida equivale a la misma nada.

      
Las personas que se tropiezan con Ricardo suelen colocarle un espejo frente a su cara. Es para comprobar si respira. Dicen que una vez estuvieron a punto de enterrarlo vivo. Nadie notaba la diferencia entre un muerto y Ricardo. Bueno, sí, existía. A veces los muertos suelen despedir gases o generar movimientos involuntarios antes de esbozar el famoso rigor mortis. Ricardo no hacía nada.
       Por conveniencia dejó de vivir con su madre. Quiso volar lejos del nido, pero sus alas tropezaron con un monoambiente decorado de cucarachas a un par de cuadras de la casa de mamá. Así es Ricardo. En su vida no existen las casualidades. Todo es una secuencia cronológica de hechos ordenados de menor a mayor conforme los granos del reloj de arena van cayendo, uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro, y así hasta que todos los granos de arena quedan en la parte de abajo. La parte de arriba del reloj de arena queda vacía. Algo parecido a Ricardo. Ricardo era la parte de arriba del reloj de arena.
       Cuando estaba por cumplir los cincuenta años Ricardo tuvo algo parecido a una idea. Fue como un impulso eléctrico. Pequeño. Como la patadita que dan las baterías de 9V cuando se lamen los polos con la lengua. Pensó que sería agradable organizar una fiesta para su cumpleaños. Algo íntimo. Pero después desistió. Era demasiado trabajo. Además nada iba a cambiar. Todo igual. Foja cero.
       Ya de viejo dejó de hablar. Ricardo opinaba que las palabras no servían para nada, así como el resto de las cosas. Un día, a unos meses de su cumpleaños numero 72, Ricardo recibió un regalo por anticipado de parte de su corazón. Quedó duro sobre la mesa.
       Lo llevaron a la morgue. Dicen que nunca habían visto un cadáver tan tranquilo. Incluso parece vivo. Ricardo estaba más muerto que el rock sinfónico. Pero los de la morgue estaban convencidos. Ese hombre está vivo.
       Así fue como devolvieron al cuerpo de Ricardo a su casa. Lo colocaron sobre la misma silla en la que murió. Los empleados de la morgue lo despidieron y creyeron que el muerto les devolvió el saludo. Esa noche ocurrió una gran fiesta en casa de Ricardo. Nadie sabe quién la organizó. Dicen que el cadáver hizo el amor con dos chicas a la vez. Una de ella estaría embarazada.

jueves, 12 de febrero de 2015

Día 270: Valhalla

      Ocurrió hace muchas lunas y varios soles. La historia de un niño que nació cien veces. La criatura del milagro la llamaban. Por cuestiones de misterio había sobrevivido, pese a su deformidad. En realidad no era muy diferente al resto, lo raro iba por dentro. El niño se lo consideró como deforme mental. 
      Su destino fue signado por las luces del hospital psiquiátrico. Su cuerpo pequeño e incompleto acariciaba las paredes blancas sin saber cómo ni por qué. Esto debe ser la ceguera, dijo el niño. Esas fueron sus primeras palabras. Tenía en ese entonces unos seis años.
      Luego comenzaron los prodigios. Cosas simples. El pequeño tenía el talento de un prestidigitador, lo que pasaba por sus manos desaparecía. Gnomos fantasmas, esa fue la respuesta de Taupin, el desquiciado.
      Taupin, el desquiciado era uno de los pacientes más antiguos de la institución. Algo en su mente estaba mal. De acuerdo a Taupin, su apodo lo ganó hace muchos siglos atrás. Taupin era inmortal gracias a una maldición de los dioses del Valhalla. Un castigo merecido por haber hundido la nave vikinga en la transportaba a sus compañeros de guerra. El hundimiento del barco también fue culpa de los gnomos fantasmas.
      El pequeño sin nombre tenía también sus apodos. Algunos, más respetuosos, lo trataban de usted. Pero la mayoría estaba muy encariñado, así que le decían Vos. Taupin, el desquiciado y Vos tenían una relación semejante a una amistad. Ambos respetaban sus locuras aun creyendo que lo que decía el otro era una locura. Además de compartir la mesa del almuerzo y salir a jugar cuando se lo permitían, Vos y Taupin, el desquiciado albergaban la esperanza de escapar del loquero.
      Afuera hay un mundo a la espera de ser descubierto, el venturoso mar y las tierras de Odin. Vos serás un gran vikingo, sé reconocer la buena madera. Taupin pensaba derribar a los guardias con su fuerza extraordinaria y su intimidante presencia.
      Vos sabía que Taupin no lo lograría. No mide más de un metro cincuenta. Es un alfeñique que se cree Thor. Lo que necesitaban era una salida más desapercibida. Una idea cruzaba por su cerebro hace meses. Es una posibilidad. Aunque incierta. Le haría falta mucho polvo.
      Es conocido por cualquier asociación decente de magos e ilusionistas que el producto por excelencia para hacer desaparecer cosas es el hummus, polvo, o lo que llamamos tierra. Vos arrojaba terrones de tierra negra sobre lapiceras y manzanas. Así desaparecían en el acto. Un cajón de madera lleno de tierra. Como los que había en el fondo del patio
      La idea no convenció demasiado a Taupin, el desquiciado, que aún seguía fiel a su compromiso de derribar a la armada nuclear del loquero a las trompadas. Luego de varias semanas de discusiones y argumentos, Taupin cedió. 
      Aprovecharon la tarde del viernes. Una guardia liviana en el patio. Jugaban con una pelota roja que hacían rebotar contra la pared. Un fuerte rebote calculado acercó a la pelota adonde estaban los cajones. En cuestión de quince minutos, Taupin y Vos se hallaban enterrados.
      Ambos cerraron los ojos. Repetían el mantra de Vos. Aparece. Desaparece. Aparece. Desapare. PAM. La cosa tardó en funcionar. Vaya a saber cuántas eternidades pasaron hasta que sintieron que se movían. 
      Como ya no podía respirar ninguno de los dos asomaron la cabeza. Un descampado lleno de cajones con tierra les dio la bienvenida. Estaban afuera. El plan de Vos había funcionado.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Día 269: La cuarta noche

      Libre del problema. Lo mejor ya pasó. Solo resta una pátina gris que empaña cada recuerdo, cada memoria. Es en parte una especie de desahogo. Un grito apagado por la oscuridad. Antes había botones. Muchos botones. Debían ser presionados para que las cosas funcionasen. 
      Luego sobrevino la debacle y los botones, como el resto de las cosas, dejaron de funcionar. Ahora la humanidad era una tábula rasa que brega por un nuevo inicio. El guiño invisible de alguna clase de divinidad había favorecido a unos pocos afortunados. La mayor parte de los supervivientes estaban viejos o enfermos. Luego quedaron unos pocos niños y un acotado grupo de gente con capacidad de procrear o dejarse procrear. 
      Para ser exactos, eran ocho jóvenes atiborrados de esperma en sus testículos y tres mujeres con el útero sano, en apariencia. Bueno, dos. La tercera mujer era la incógnita. El recuerdo de una sociedad diferente, luego de años de lucha, que había logrado sacar a esta persona del lugar maldito del paria, estaba acabado. Acabado. Ahora había que sobrevivir.
      Los hombres murmuraban cosas entre sí. Necesitaban la cópula cuanto antes. Ya no había tecnología para rescatar, solo cables y circuitos chamuscados. Es esa chica, es diferente. Los hombres hacían gestos obscenos con sus manos. ¿Le gustan otras chicas, verdad? Verdad.
      Ya no vivimos del civismo, si no quiere replantearse su lugar en este nuevo mundo, va a tener que cooperar a la fuerza. Así rodearon a la chica, que no cedía a las razones de los hombres. La cosa tiene que acabar. No, no tiene por qué acabar, tenemos el poder en nuestras manos. Ese era el argumento. 
      La forzaron, cada uno de los hombres le introdujo su cosa entre las piernas. Aquella noche la chica no durmió. Y la noche que siguió tampoco. A la tercera noche durmió veinte horas seguidas. Cuando despertó ya asomaba una nueva noche. La cuarta.
      Todos dormían. Dicen las películas que los hechos más asombrosos casi siempre están mermados por las dificultades. A veces la realidad es distinta. En muchas ocasiones la cosa es mucho más fácil de lo que uno puede esperar. Sencillo aunque complejo. Así fue como degolló a cada uno de los hombres, uno tras otro. El vidrio atravesaba la carótida con facilidad. Fue en el silencio de la noche, un silencio cómplice. 
      Luego las tres mujeres vagaron por el desierto. Encontraron más personas. La sociedad estaba lejos, lejos, ya desaparecida en lontananza. Nada borra el recuerdo de una mala noche. A veces piensan que todo puede ser diferente, mas otros momentos puede ser lo mismo. La secuencia del Creador está velada a los designios de la especie.

martes, 10 de febrero de 2015

Día 268: El misántropo honesto

      La vieja conchuda voló por la ventana del micro. La ecuación era fácil, para desactivar una bomba de dos componentes hay que erradicar o inutilizar una de las partes, y así es como el efecto del explosivo queda anulado. Si hacemos esa trasposición a lo que podemos llamar cotorreo, parloteo o charla de ocasión sin sentido aparente, la fórmula se aplicaría cuando la cabeza de la vieja conchuda atraviesa la ventana y cae conta el pavimento. Ese silencio era mejor.
      Así es Charlie. Charlie odia muchas cosas, pero más que nada, odia a los seres humanos. Detesta la hipocresía del género humano. Tampoco le gusta demasiado que seamos soberbios ególatras iconoclastas contradictorios narcisistas pedantes idiotas molestas extrañas cancheras resueltas superficiales personas. A diferencia del común misántropo, que en algún momento de su existencia hace las paces con la humanidad, Charlie prefiere odiar sin filtro y así lo expresa, de modo tan abierto como puede.
      No le importa mucho que lo tilden de criminal neonazi hijo de puta resentido trolo vendepatria misógino comegatos grosero obsceno. En verdad no le importa nada que pueda venir de una persona. Respeta más a los animales porque no hablan. Lo único que quiere en esta vida es morir en su sinceridad. Así fue como cansado de una charla agobiante entre dos personas de cierta edad, Charlie arremetió contra una anciana y la estampó contra la ventana como si fuese un mosquito. 
      Charlie maldice, porque tuvo que salir a la calle. Tiene que vivir en la ciudad aunque no quiera. A veces hace lo que necesita todo ser vivo: conseguir alimento y esas cosas. Después de salir a la calle y putear a medio mundo como loco, Charlie se recluye en su casa, en donde vive con su madre.
      La mamá de Charlie ya no oye tanto. Está vieja, Charlie le tiene lástima, a veces desearía matarla, pero no se anima. Es una falta de carácter, se dice Charlie. Sabe que un día va a estar preparado para sacarle todo el sufrimiento. La voy a exprimir, como una naranja, eso se merece. 
      De acuerdo a Charlie el mundo se divide en gente hija de puta y gente muy hija de puta. La gente hija de puta a veces es hija de puta sin querer y aunque merezca la compasión de algunos, a Charlie no le hacen la menor gracia. En cambio, la gente muy hija de puta le saca de las casillas. Sabe que tiene que andar con cuidado, porque a la policía no le gustan los asesinos. Los encierran y los tratan mal. Como si matar fuese algo malo, se rie Charlie. 
      Por las noches Charlie sueña. En sus sueños existe un mundo vacío, sin personas. Solo Charlie y la nada. Es un campo tan amplio como un desierto. El pasto es verde fluorescente. Está lleno de vacas que rumian su comida, mientras algunas ovejas también pastan. En ese mundo Charlie es feliz. No hay madres, no hay gente muy hija de puta, no hay viejas conchudas, no hay policías, ni siquiera niños. Ese mundo es todo pasto verde fluorescente. Charlie sabe que en sus sueños tampoco importan las opiniones ajenas, nadie se inmiscuye en sus asuntos, porque están todos muertos, todos desvanecidos de la faz de la existencia. Un agujero negro cómplice de su odio los tragó a todos por siempre.

lunes, 9 de febrero de 2015

Día 267: Parirás horrores

      Es un parto muy normal, le dijeron. Así venía el bebé, hasta que salió el primer tentáculo. Sus padres lo criaron como un ser humano hasta donde pudieron. A esa altura de la vida, el pequeño Colin parecía más un calamar gigante que un niño proporcionado.
      Cuando el niño empezó a hablar surgieron los problemas. Las cuentas de teléfono venían cada vez más abultadas. Colin no podía evitar llamar al primero que se cruzara por sus dedos. Decía cosas incoherentes, como de bebé, y algunos locos le creían. 
      Luego los dibujos. De sus tentáculos, digo manitas, salían trazos extraordinarios. Respondían a otra clase de orden. Es geometría no euclidiana, aclaraba Colin, mientras continuaba absorto en sus garabatos. Otra vez con ese lenguaje de bebé, respondía papá. Colin, ya tenés ocho años, tendrías que hablar como un nene de tu edad.  
      Pero Colin no hablaba como un nene de su edad. Ni siquiera parecía un nene de su edad. Salvo que los nenes de su edad tengan esa misma coloración verdosa en la piel. Tampoco era muy común esa cosa de los tentáculos, que sus padres se empecinaban en llamar manitos (aunque el lector sepa más que bien que son tentáculos).
      Aunque como a todo nene de su edad, a Colin le gustaba jugar. Tenía un juego que se llamaba "controlar a las personas con la mente", en el que solía usar el teléfono. El juego consistía en llamar a una persona y decirle que tenía que ir a una ciudad llamada R'Lyeh. Tendría que reunirse con otras personas y rendirle culto. Juntos dominarían la Tierra. Solo quiere que le presten un poco más de atención, mis colegas le llaman a eso "síndrome de dictador tercermundista", dijo el psicólogo. Es lo más normal del mundo.
      Luego Colin creció, como hasta el techo. Eso no es muy humano que digamos, decían los padres. Ya de adulto comenzó a pasar mucho tiempo en la playa. En ese entonces todavía vivía en casa de los padres. Mamá se preocupaba por su hijo, pensó que su comportamiento era raro. Está metido en las drogas. Señora, quédese tranquilo, es normal, busca independizarse, tal vez conocer alguna chica, respete sus momentos. Esas fueron las palabras del psicólogo de la familia
      Una noche Colin desapareció. Nadie lo volvió a ver. Cuentan algunos testigos que un calamar como de tres metros de alto fue visto en una playa (ese es Colin). Se metió en el mar, y no salió más. Al día siguiente los papás recibieron un llamado telefónico. Era Colin. Dijo que no se alarmen, que estaba bien, necesitaba un lugar donde crecer y poder jugar tranquilo. R'Lyeh es una gran ciudad, algún día los invitaría a su nueva morada.

domingo, 8 de febrero de 2015

Día 266: Pan y circo

      "Fue todo un malentendido, ¡un malentendido!" gritaba Domesticus mientras era arrastrado a los leones. Los animales se miraban entre ellos, ya saboreaban con los ojos su próxima cena. Así es la vida en el circo, hermano, dijo el legionario. Hacé alguna pirueta o tratá de escapar. Agregale dramatismo, eso le gusta a la gente.      
      A Domesticus no le gustaba para nada. Total nadie se iba a preocupar por su vida. Hoy era la atracción principal del coliseo, un insignificante vándalo que había osado profanar una estatua del César con un mensaje cómico. El antepasado lejano del graffitti de estos tiempos decía algo así como: "La suerte está echada en el río. Vayan a buscarla"
      El públicó aplaudió el ingreso del león. Una magnífica criatura con melena y ruido de gatito grande en celo. Quizás quiera ser mi pareja, pensó Domesticus. No, está enojado, quiere comerme. Recuerda, recuerda ese mármol, ¿qué hacer en caso de cruzarse con un león? Claves para sobrevivir un ataque de un león, ¡Eso!
      Primero, no moverse. Domesticus sudó cinco maratones. Le temblaba cada rincón del cuerpo. El león mostraba los dientes. Para desgracia del condenado, tenía un aliento más feroz que su aspecto. El público abucheaba. No querían demasiado a los geniecillos que tratan de sobrevivir. ¡Pagué dos mil sestercios por un domador de leones! ¡Este circo es una mierda! El hombre enojado arrojó una piedra hacia el palco preferencial del César. Por fortuna solo le hizo caer su corona de laureles.
      El César se paró. Estaba cabreadísimo. Su grito se sintió en todo el anfiteatro. ¡QUE ENTREN LOS GLADIADORES! Los gladiadores no tenían agendado presentación para el dia de hoy. Su función era los martes y los miércoles de 20 a 22 hs. Por suerte había un par dando vueltas por ahí. Entraron a la arena a medio vestir, con temor a perder la cabeza por negarse a las órdenes del César. 
      El público reía a más no poder. Uno de los gladiadores tenía el pantalón sin precintos, y cada tanto se le veía los calzones. El león estaba confundido, no sabía a quién atacar. Domesticus estaba sentado en una esquina con los ojos tapados. Resignado a la muerte, cantó una tonada típica de su pueblo para sí.
      Luego de mirarlo un largo rato, el león se apiadó del pobre Domesticus. Poca carne, muchos nervios, seguro le daría una indigestión, o peor, un ataque al hígado. Los gladiadores blandían unas espadas, era lo único que les quedaba de la función de ayer. Las espadas eran de mentira, por supuesto, como todo en el circo. Todo es un acting, solían decir, aunque desconocían qué significaría esa palabra. Acting. Alguien la había dicho en algún momento, ahora no recordaban. Los gladiadores también temían la furia del león. Era lo único real en ese circo. El león. También la ira del César. Y también el mal aliento del león. Bueno, el vendedor de refrigerios también era bastante real, y el pan con queso que vendía era un manjar.
      Los gladiadores no duraron un solo round. El león los bajó a ambos de un manotazo. Ahora se los comería, de acuerdo a lo que tenía pactado en su contrato con el circo. Lo que sobra en la arena, alimento del león. Así estaba escrito. Eso era por lo que había firmado, y el César no está en condiciones de rescindirle el contrato en estos momentos de hambruna colectiva. A lo sumo le compartiría un bocado, si es que gusta.
      Domesticus seguía negado a abrir los ojos. Sentía los abucheos, y las voces de las personas que abandonaban el recinto poco a poco. Venderé cara mi muerte. Lucharé, eso. ¡Lucharé por Roma! ¡Hala, Domesticus!
      Duró poco la valentía del condenado. El circo estaba vacío. Un legionario a su lado lo llevó a la cárcel. El César se encuentra muy decepcionado, Domesticus, esta no es la clase de espectáculo por la cual ha pagado el pueblo romano. Ha decidido liberarte. Incluso quizo dejarle un trabajo en una de sus provincias. Domesticus le preguntó al legionario de qué se trataba este indulto, y adónde lo llevarían. 
      El legionario explicó que el Imperio siempre necesita mano de obra subcontratada, para mantener los costos. Tomaría esta tarde una galera hacia su nuevo destino. Allí le darían alojamiento, alimento y la visa de trabajo. Usted se dedicará a la construcción. ¿Adonde parte la galera? Preguntó Domesticus. El legionario esbozó una sonrisa cómplice. Lo dijo con voz clara. Egipto.

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