martes, 3 de febrero de 2015

Día 261: La decimotercera extinción

      Un comienzo novedoso, frenético, intempestivo. Son esas personas que quiebran las guitarras y no se sabe el por qué. Un segundo sol alumbraba la Tierra, algo más pequeño que su hermano. Las personas comenzaron a recordar los días en Tattoine. Las temperaturas sufrieron un incremento y se temió un aceleramiento inevitable del efecto invernadero. Venus, allá vamos.
      Nada de eso ocurrió, por suerte. Primó el ingenio humano. En esa época se generaron cantidades exorbitantes de hielo para bajar la temperatura de la Tierra. Suena estúpido pero así fue. El planeta se convirtió en una cubetera gigante y, así como las cosas extrañas ocurren en el mundo, el plan funcionó. Por esos años ya se habían erradicado las fuentes promotoras de dióxido de carbono. Todas las energías se producían a partir de recursos renovables, sin explotar la capacidad de reabsorción terrestre para reconstruirse. 
      El segundo sol producía ciertos efectos curiosos sobre los días terrestres. El calendario gregoriano ya no servía para nada. La gente, mientras tanto, no sabía como distinguir los días. Incluso en determinadas ciudades del mundo, las noches habían dejado de existir.
      A un genio se le ocurrió un plan de grandes proporciones. Enviarían una sonda al espacio con una carga importante de explosivos y detonarían el nuevo astro. Pero no era tan fácil el asunto. Tamaño espectáculo de fuegos artificiales arrastraría de las narices a Mercurio, Venus e incluso Marte y la Tierra.
      El dispositivo tendría que conducir la onda expansiva de la detonación hacia el agujero negro del que surgió el pequeño sol. Los cálculos no eran muy prometedores que digamos. Las chances de freír la Tierra como un huevo frito eran muy altas. Tampoco quedaban muchas opciones. La producción de hielo menguaba y la temperatura continuaba en ascenso. 
      Por fortuna para la indecisión humana, el pequeño sol tomó una resolución propia. Sus billones de años sobre el universo habían debilitado su núcleo, ahora del tamaño de una manzana. La inestabilidad del astro sumada a la gravedad ejercida por el gran sol redundaron en una explosión masiva. Ocho minutos después la tierra no dejó rastros de su existencia.

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