sábado, 7 de febrero de 2015

Día 265: Abulia II

      El hombre nace desprovisto de los artefactos que a priori condicionan y complican su existencia. Luego arruina su vida porque no le queda otra. Es por cierto una historia real, una de otras tantas. Al final, cuando tiene plena conciencia de lo idiota que fue, el ser humano tiende a olvidar y al rato muere.
      Abrimos el portal del hastío con asiduidad. Es un constante recordatorio de situaciones que se repiten, así, y de este modo, así y de aquel modo. Más de lo mismo, las cuentas rendidas a un estúpido contador que al final solo sabe decirnos cuándo estamos en verdad quebrados.
      Hay ciertos placeres en la vida que son indoloros. Son muchas palabras agradables sopladas al oído. La ilusión desaparece, aunque nos queda el cadáver maloliente. La rutina suele ser un monstruo de muchas cabezas. Los minutos, al igual que las horas, a veces se parecen. Vivimos en una simetría empinada.
      Una sombra diminuta se asombra. Es el eco de todas las incertidumbres nacidas. Algo adentro dice: "me gusta, ¡péguenme acá, y acá! ¡y acá también!" El organismo se resiente, recae en el limbo.
      En alguna parte del camino perdimos el amor. Los males se perpetúan a la ligera. No existe ningún plan que los organice bajo un mismo atributo. A decir del monstruo maloliente, es lo distinto lo que atenta contra las mismas cosas. Giran por sobre sus propias cabezas un instante que se repite, bajo distintas sombras. ¿Acaso la luz pregunta el nombre de aquello que se apaga? 

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