domingo, 8 de febrero de 2015

Día 266: Pan y circo

      "Fue todo un malentendido, ¡un malentendido!" gritaba Domesticus mientras era arrastrado a los leones. Los animales se miraban entre ellos, ya saboreaban con los ojos su próxima cena. Así es la vida en el circo, hermano, dijo el legionario. Hacé alguna pirueta o tratá de escapar. Agregale dramatismo, eso le gusta a la gente.      
      A Domesticus no le gustaba para nada. Total nadie se iba a preocupar por su vida. Hoy era la atracción principal del coliseo, un insignificante vándalo que había osado profanar una estatua del César con un mensaje cómico. El antepasado lejano del graffitti de estos tiempos decía algo así como: "La suerte está echada en el río. Vayan a buscarla"
      El públicó aplaudió el ingreso del león. Una magnífica criatura con melena y ruido de gatito grande en celo. Quizás quiera ser mi pareja, pensó Domesticus. No, está enojado, quiere comerme. Recuerda, recuerda ese mármol, ¿qué hacer en caso de cruzarse con un león? Claves para sobrevivir un ataque de un león, ¡Eso!
      Primero, no moverse. Domesticus sudó cinco maratones. Le temblaba cada rincón del cuerpo. El león mostraba los dientes. Para desgracia del condenado, tenía un aliento más feroz que su aspecto. El público abucheaba. No querían demasiado a los geniecillos que tratan de sobrevivir. ¡Pagué dos mil sestercios por un domador de leones! ¡Este circo es una mierda! El hombre enojado arrojó una piedra hacia el palco preferencial del César. Por fortuna solo le hizo caer su corona de laureles.
      El César se paró. Estaba cabreadísimo. Su grito se sintió en todo el anfiteatro. ¡QUE ENTREN LOS GLADIADORES! Los gladiadores no tenían agendado presentación para el dia de hoy. Su función era los martes y los miércoles de 20 a 22 hs. Por suerte había un par dando vueltas por ahí. Entraron a la arena a medio vestir, con temor a perder la cabeza por negarse a las órdenes del César. 
      El público reía a más no poder. Uno de los gladiadores tenía el pantalón sin precintos, y cada tanto se le veía los calzones. El león estaba confundido, no sabía a quién atacar. Domesticus estaba sentado en una esquina con los ojos tapados. Resignado a la muerte, cantó una tonada típica de su pueblo para sí.
      Luego de mirarlo un largo rato, el león se apiadó del pobre Domesticus. Poca carne, muchos nervios, seguro le daría una indigestión, o peor, un ataque al hígado. Los gladiadores blandían unas espadas, era lo único que les quedaba de la función de ayer. Las espadas eran de mentira, por supuesto, como todo en el circo. Todo es un acting, solían decir, aunque desconocían qué significaría esa palabra. Acting. Alguien la había dicho en algún momento, ahora no recordaban. Los gladiadores también temían la furia del león. Era lo único real en ese circo. El león. También la ira del César. Y también el mal aliento del león. Bueno, el vendedor de refrigerios también era bastante real, y el pan con queso que vendía era un manjar.
      Los gladiadores no duraron un solo round. El león los bajó a ambos de un manotazo. Ahora se los comería, de acuerdo a lo que tenía pactado en su contrato con el circo. Lo que sobra en la arena, alimento del león. Así estaba escrito. Eso era por lo que había firmado, y el César no está en condiciones de rescindirle el contrato en estos momentos de hambruna colectiva. A lo sumo le compartiría un bocado, si es que gusta.
      Domesticus seguía negado a abrir los ojos. Sentía los abucheos, y las voces de las personas que abandonaban el recinto poco a poco. Venderé cara mi muerte. Lucharé, eso. ¡Lucharé por Roma! ¡Hala, Domesticus!
      Duró poco la valentía del condenado. El circo estaba vacío. Un legionario a su lado lo llevó a la cárcel. El César se encuentra muy decepcionado, Domesticus, esta no es la clase de espectáculo por la cual ha pagado el pueblo romano. Ha decidido liberarte. Incluso quizo dejarle un trabajo en una de sus provincias. Domesticus le preguntó al legionario de qué se trataba este indulto, y adónde lo llevarían. 
      El legionario explicó que el Imperio siempre necesita mano de obra subcontratada, para mantener los costos. Tomaría esta tarde una galera hacia su nuevo destino. Allí le darían alojamiento, alimento y la visa de trabajo. Usted se dedicará a la construcción. ¿Adonde parte la galera? Preguntó Domesticus. El legionario esbozó una sonrisa cómplice. Lo dijo con voz clara. Egipto.

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...