jueves, 12 de febrero de 2015

Día 270: Valhalla

      Ocurrió hace muchas lunas y varios soles. La historia de un niño que nació cien veces. La criatura del milagro la llamaban. Por cuestiones de misterio había sobrevivido, pese a su deformidad. En realidad no era muy diferente al resto, lo raro iba por dentro. El niño se lo consideró como deforme mental. 
      Su destino fue signado por las luces del hospital psiquiátrico. Su cuerpo pequeño e incompleto acariciaba las paredes blancas sin saber cómo ni por qué. Esto debe ser la ceguera, dijo el niño. Esas fueron sus primeras palabras. Tenía en ese entonces unos seis años.
      Luego comenzaron los prodigios. Cosas simples. El pequeño tenía el talento de un prestidigitador, lo que pasaba por sus manos desaparecía. Gnomos fantasmas, esa fue la respuesta de Taupin, el desquiciado.
      Taupin, el desquiciado era uno de los pacientes más antiguos de la institución. Algo en su mente estaba mal. De acuerdo a Taupin, su apodo lo ganó hace muchos siglos atrás. Taupin era inmortal gracias a una maldición de los dioses del Valhalla. Un castigo merecido por haber hundido la nave vikinga en la transportaba a sus compañeros de guerra. El hundimiento del barco también fue culpa de los gnomos fantasmas.
      El pequeño sin nombre tenía también sus apodos. Algunos, más respetuosos, lo trataban de usted. Pero la mayoría estaba muy encariñado, así que le decían Vos. Taupin, el desquiciado y Vos tenían una relación semejante a una amistad. Ambos respetaban sus locuras aun creyendo que lo que decía el otro era una locura. Además de compartir la mesa del almuerzo y salir a jugar cuando se lo permitían, Vos y Taupin, el desquiciado albergaban la esperanza de escapar del loquero.
      Afuera hay un mundo a la espera de ser descubierto, el venturoso mar y las tierras de Odin. Vos serás un gran vikingo, sé reconocer la buena madera. Taupin pensaba derribar a los guardias con su fuerza extraordinaria y su intimidante presencia.
      Vos sabía que Taupin no lo lograría. No mide más de un metro cincuenta. Es un alfeñique que se cree Thor. Lo que necesitaban era una salida más desapercibida. Una idea cruzaba por su cerebro hace meses. Es una posibilidad. Aunque incierta. Le haría falta mucho polvo.
      Es conocido por cualquier asociación decente de magos e ilusionistas que el producto por excelencia para hacer desaparecer cosas es el hummus, polvo, o lo que llamamos tierra. Vos arrojaba terrones de tierra negra sobre lapiceras y manzanas. Así desaparecían en el acto. Un cajón de madera lleno de tierra. Como los que había en el fondo del patio
      La idea no convenció demasiado a Taupin, el desquiciado, que aún seguía fiel a su compromiso de derribar a la armada nuclear del loquero a las trompadas. Luego de varias semanas de discusiones y argumentos, Taupin cedió. 
      Aprovecharon la tarde del viernes. Una guardia liviana en el patio. Jugaban con una pelota roja que hacían rebotar contra la pared. Un fuerte rebote calculado acercó a la pelota adonde estaban los cajones. En cuestión de quince minutos, Taupin y Vos se hallaban enterrados.
      Ambos cerraron los ojos. Repetían el mantra de Vos. Aparece. Desaparece. Aparece. Desapare. PAM. La cosa tardó en funcionar. Vaya a saber cuántas eternidades pasaron hasta que sintieron que se movían. 
      Como ya no podía respirar ninguno de los dos asomaron la cabeza. Un descampado lleno de cajones con tierra les dio la bienvenida. Estaban afuera. El plan de Vos había funcionado.

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