sábado, 14 de febrero de 2015

Día 272: Escribir contra el tiempo

      A veces no tenemos tiempo. La soga aprieta el cuello con amor. Así corremos contra natura en una danza patética entre el cuerpo y el hacha. Ocurre. Y mucho. Sobre todo en la escritura. El escribir tiene sus propias urgencias. Suelo decirlo bastante seguido, la escritura es una especie de cadena de inodoro, cuando tirás de ella, desagotás toda la mierda que sobra en la cabeza. Estoy seguro que la creatividad tiene algo que ver con alguna especie de purga escatológica.
      Y cuando los plazos apremian, la cosa va para peor. Un diario, un cuento, un libro para una editorial, un maldito post diario de blog, lo que sea vertido a través de letras, todo exhala tiempo, bien o mal gastado. El apuro puede ir en detrimento de la calidad, salvo que guste el sentimiento que provoca la asfixia cerebral. ¿Cuántas veces miramos el reloj solo para cerciorarnos que acaban de pasar 2, 5, 8, veinticinco mil minutos desde que nos lanzamos a la odisea edílica de completar la hoja requerida? Punto para la madre de la ansiedad del rincón de los tiempos perdidos.
      El rincón de los tiempos perdidos es una de tantas clases de limbos. Su principal característica es la de absorber la energía del ser humano como si fuese una aspiradora maligna con complejos de superioridad. En este rincón los individuos quedan atontados. Quedamos. Lo extraño es que el rincón no se corresponde a un espacio físico fijo dentro del plano existencial. Puede encontrarse dentro del cerebro, o a través de una mirada perdida en un punto distante del cielo. Lo mismo da, el resultado es similar.
      Luego la ametralladora de palabras. Forzar los significados hacia su máxima expresión. O mejor, destruir los significados, minar los sentidos hasta la nada misma. El pobre bastardo, o sea yo, escribe y escribe, letras espacios y puntos. La hoja se llena, de a poco a mucho, de lejos todos los textos son iguales, todos. Más iguales incluso si te falla la vista.
      A dos metros de distancia un Poe y un yo es casi lo mismo. Nadie nota la diferencia. En papel o en pixeles, las letras se acumulan de a palabras, de a palabras a oraciones, de oraciones a párrafos, de a párrafos a una secuencia medianamente conexa de ideas interpretadas.
      Y da listo el reloj. Es el seacabose. Ya no hay más para escribir. Hay que redondear. Arrimar el bochín hasta un final digno. Clavar una eutanasia textual. Es lo más cerca al fin que se puede estar. Apagamos la luz. Ponemos la alarma. Fin. Negro.

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