domingo, 15 de febrero de 2015

Dia 273: La mujer del cardenal

      Estaba dispuesto a matar por esa mujer. Por ella abandonaría toda la parafernalia del Vaticano. Total qué importa, si es todo mentira. Todavía algunos creen, unos cuantos millones. Se van a desilusionar cuando se enteren que no existe nada parecido a Dios. El cardenal Nigrum había encontrado su propio dios entre las piernas de una mujer. Se llamaba vagina o concha para los más adeptos.
      Su musa tenía unos cabellos rojos que le caían hasta la cintura. Le faltaba algo de culo, pero lo compensaba con unas tetas prominentes como un monumento egipcio. Estaba casada, pero mucho no importaba, la moral monogámica era otro invento absurdo de esta civilización.
      Así que podría compartir tranquilo a su amor con el resto de la plebe. Así la asientan, como los autos, decía para sus adentros el cardenal. Cuando de pensamientos acerca de su amor se trataba, una oleada de sangre acudía a su cara y al resto del cuerpo. En cualquier lugar que se encontrara, era inevitable acudir a la paja o como solían decir en el Vaticano, sacudir el gallito.
      Los que vivían en el Vaticano eran expertos en sacudirse el gallito. Otra ley absurda les impedía a los clérigos hacer el amor con otras personas, a pesar de que fuese tan natural como cagar, mear o sacudirse el gallito. La ley también decía que todas esas cosas tenían que ser confesadas ante otra persona, y para absolver la pena había que rezar mucho a este Dios que ya se sabía de antemano que no existe. El pecado era dedicar el tiempo a la banalidad de la vida. Perder trascendencia, o sacudirse el gallito.
      Aparte de sacudirse el gallito, el cardenal Nigrum  pensaba en esa mujer. Una vez estaba tan perdido en sus pensamientos que casi se tropezó con un guarda suizo. En momentos así solo quería escapar. También escribir una autobiografía. Y hacerse millonario. Las autobiografías dejan mucho dinero, si son jugosas.
      Tenía tantas cosas para contar. Aparte de eso respecto a dios y los gallitos. Tantas cosas. Todas ocultas, por supuesto. Las fiestas infantiles y las drogas, por ejemplo. Algunos asesinatos que volaron por debajo del radar de la opinión pública. Los acuerdos con la mafia. El negocio ilícito organizado alrededor de la Inquisición. Todo estaba registrado. Y era prohibido. Nadie podía abrir la boca. Porque estaba mal que unas personas que dicen que hay que portarse bien se porten mal. Las sociedades cuando escuchan esas cosas suelen enojarse y piden sacrificios vaya a saber a quién. Como si con eso pudieran solucionarlo todo. A veces el cardenal extrañaba la Edad Media. Ahí si se podía vivir en paz.
      En la Edad Media no tendría que darle explicaciones a nadie. Tomaría a su musa, la cogería en el medio de una plaza frente a todo el mundo. No, mejor, la violaría en público, y nadie diría nada. Porque en la edad media las cosas eran más simples. Nadie decía nada, todos eran un poco más libres. Además su casta vivía como reyes. Podían sacudirse el gallito cuando quisieran, tomaban el mejor vino. Incluso existían unos fumaderos de opio que eran deliciosos.
      En esta época la única protección la brindaba el oro o cualquier tipo de moneda con peso en la estructura económica actual. Tener las arcas llenas te conseguía amigos, influencia y sobre todo, cumplir cualquier deseo con impunidad. Impune, ese era el sueño. Todos callarían sus bocotas. Se pasearía por la calle con su pelirroja tetona. Le contaría al carnicero lo bien que se coge. Es petisita, pero le pone unas ganas.
      Le diría a todo el mundo que su pelirroja tetona era una joya entre miles. Que no es celosa. Que no le hace problema si se quiere ensartar a un nene o tomar los servicios de una prostituta. Porque su amor es tan libre como el viento, o como la Edad Media.
      El asunto resultó mejor de lo esperado. Todo pasó de repente. El Sumo pontífice se había atragantado con un pedazo de carne. Las maniobras de reanimación no dieron resultado. En menos de lo que canta un gallito la conmoción llegó al Vaticano y a gran parte del mundo (cristiano). Al resto del mundo (no cristiano) le importó poco y nada la noticia.
      El cardenal Nigrum se hallaba ante una posición inédita. Tendrían que cerrar todas las puertas del salón de la capilla. Era su primer Cónclave. Si jugaba todas las cartas, tendría sus chances de llegar al trono dorado.
      El clima dentro del Cónclave era turbio. Múltiples acusaciones se entrecruzaban. Se crearon dos facciones. Los conspiracionistas, que creían que el Papa había sido envenenado, y los envenenadores, que si bien no negaban esa posibilidad, veían como oportuno un cambio. El cardenal Nigrum prefería evitar tomar partido en una disputa que le parecía infantil y estúpida. El hombre está muerto, ¿qué importa saber como fue? Estamos para decidir el futuro del catolicismo, y nuestro futuro, por supuesto. Anuncio a todos mi postulación a Sumo pontífice.
      Las palabras de Nigrum tocó los corazones de varios. Luego de varios días llegaron a un acuerdo. El cardenal Nigrum sería llamado Pedro III. Desde el altar de la Basílica otorgó un gran discurso a la gente que estaba agolpada en la plaza. Prometió muchos cambios. Pedro III se frotaba las manos. La pelirroja tetona será mía, oh sí. Los tiempos están cambiando.  

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