lunes, 16 de febrero de 2015

Día 274: Las dos mitades de papá

      La fortuna, la buena, lo abandonó al cruzar las vías. El pobre viejo no se la esperó, la cosa venía demasiado rápida como para correrse. En su lugar trastabilló con el borde de un durmiente, dejando servido en bandeja su cuerpo al ferrocarril. 
      El tren, aparte de la máquina, tenía siete vagones comunes y dos pullman. Iba camino a una ciudad de las importantes, en un viaje de los tantos que se hacen. El promedio de velocidad de este tren era de 125 kilómetros por hora. Así de rápido el viejito fue atravesado por las ruedas a la altura de la cintura. 
      La disección fue perfecta, como si fuese hecho con una sierra sin fin para cortar carne. Cintura para abajo una mitad, cintura para arriba otra mitad. El viejo se desangró en poco tiempo. Para cuando llegó la ambulancia ya llevaba bastante tiempo muerto. 
      Las autoridades del lugar lo identificaron como Antonio Guarnieri, 72 años, viudo, dos hijos, cadáver. Muerto, esa era la mejor definición. Los hijos de Guarnieri recibieron la mala noticia a las 48 horas de ocurrido el accidente. Cuatro días después se presentaron a la morgue de la ciudad.
Fernando tenía 35 y Pedro, 39. Desde la muerte de su madre que no se veían, o sea, como 8 años, según la cuenta de Fernando. Nunca se mandaron mensajes de textos, ni mail. Tampoco solían llamarse por teléfono. Visitas tampoco, ya que ambos se aseguraron de vivir a más de quinientos kilómetros de distancia. Por cierto, se odiaban con mucho amor.
      A esa altura ya ni recordaban de dónde venía tanto odio. Algo que se acumuló. Somos diferentes, decía Pedro. Es un imbécil, pensaba Fernando. Nuestras posiciones son irreconciliables. Encima es un zurdo de mierda. Así venía la mano. 
      La muerte de Antonio los agarró por sorpresa. No porque le tuvieran mucho aprecio. En realidad lo de ellos con su padre era más una sana indiferencia. 
      El empleado de la morgue les advirtió acerca de lo que iban a ver. Gesticulaba con las manos en círculos. Es que, es que... se le ve, algunas cosas de adentro, dijo el empleado antes de levantar la sábana blanca. Era verdad, las tripas se asomaban de la parte de arriba del cadáver.
      Un silencio incómodo. El empleado de la morgue preguntó si necesitaban estar solos. Pedro dijo que no era necesario. Puede arreglarse, digo, lo podemos volver a unir, para el funeral, ya saben, agregó el empleado. No es necesario, dijo Pedro.
      El muchacho calló. Mejor no decir más nada. Están sufriendo y yo siempre con mis comentarios estúpidos. Fernando miró a su hermano por primera vez desde que llegó a su ciudad natal. ¿qué hacemos? 
      Es obvio, lo enterramos, como corresponde, dijo Pedro. Papá hubiese querido que lo cremáramos, recuerdo que una vez lo dijo. Esa noche estaba borracho, tarado, si ni siquiera dejó testamento el viejo, le reprochó Fernando. 
      La discusión continuó por unos minutos. El empleado de la morgue tomó la sabia decisión de desaparecer y hacer como que trabajaba en otro lugar lejos de ahí. Luego del cruce de palabras, los hermanos llegaron a un acuerdo.
      La moneda favoreció a Pedro, que eligió la parte de arriba. A Fernando no le quedó otra que aceptar el pedazo de abajo de lo que solía ser su padre. No podía negarlo, si después de todo había sido su idea. 
      El salomónico veredicto de los hermanos fue el siguiente: Fernando enterraría a su padre, digo a la mitad de su padre (la inferior) en el cementerio de su pueblo. Mientras tanto, Pedro llevaría la mejor parte hacia un río cercano a su casa, en donde arrojaría las cenizas. 
      Luego de transmitir el acuerdo a la morgue, cada uno de los hermanos tomaron sus autos y se fueron sin saludarse. Esa sería la última vez que se verían hasta la muerte de Pedro, unos veinticinco, veintiséis años después. 

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