miércoles, 18 de febrero de 2015

Día 276: (etc)

      El número de la suerte. Jugamos con toda la fortuna y todo el culo. Es la apuesta final, la que va a decidir el destino de la galaxia. Son dos dados y un mantel verde, infinito, colocado sobre el cielo. Los oscuros navíos se pierden en el horizonte, dicen adiós, no saben decir otra cosa.
      Son lo que deben las figuras contra el vidrio. Un taconeo último que repica sobre los verbos de las palabras. Así vivimos, en la gira eterna de la confusión y el desconche. Uno en muchos, es la verdad de una mentira. 
      Una vivisección a cielo abierto despide sus olores. En la muerte se confunden viejas sombras y los conos de un parlante destrozado. Eso es el silencio, aquello que las voces gritan sin más sonidos que el sinsentido de lo que dicen. 
      La costra que no se quita aparece, un monstruo de lo que fue. El reborde de lo que ocurre, mientras las cosas nacen y los sueños desaparecen. En una noche de brujas el juramento se hizo inevitable, maldito, adosado por las leyes de un pretérito mundo. 
      Las vueltas de una Esfinge ante su propio enigma. No ofrece las razones de ser algo de lo mismo en lo diferente. Un fósforo y las luciérnagas ofrecen sus luces en apartados rincones. Comentan sus culpas, los penares de un nuevo crimen. El ahogo voluntario de la demencia. 
      Una mujer desnuda y el sol por detrás se ofrecen a un altar. El sacrificio de lo inesperable. Así es como pagan los magos sus deudas. A través de miles de noches iluminadas algo despierta y se ciñe a lo frágil. Ya está roto, es tarde. Es un vaso destrozado, de vidrios y astillas. No hay volición. Todo cae. El perfume de las épocas se desangra sobre las alcantarillas. Es un lamento o algo más, lo que las voces callan, de lo que vuela, pide y nunca será. 

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