miércoles, 25 de febrero de 2015

Día 283: La pifiada

      A veces la música puede ser un error. De los aberrantes. Ocurre cuando la melodía tritura las neuronas, cada nota escuchada es un cuchillazo en la ingle. A veces ese ruido blanco que llamamos muerte puede ser mejor.
      Sin embargo del error se aprende y así lo han hecho. Los seres humanos han construido una industria próspera del error. El rédito a partir de una diferencia en el cálculo, por más pequeña que sea, ha convertido en millonarios a muchos pescados que pululan por la superficie.
      Por lo bajo, la pobre población, que desea convertirse en un individuo anómalo, acaso maniqueo. La idea de disturbio teledirigido se siente bien, se vende bien. En realidad todo se vende. El ser humano fue hecho para ser vendido y comprado. Dice la biblia que cuando Dios creó al hombre y vio al hombre tan solo, le creó una mujer, para poder hacer un mejor negocio, y venderlo en subasta por una oferta similar a nuestro actual 2 x 1.
      Luego está el fin del mundo. Otro error mensurado y aprovechado con fines comerciales. El temor vende. Más sobre todo si es un temor existencial mundial interplanetario. Todo ayuda al propósito. Una carta de tarot, un mensaje meado en una botella, el eco de un fantasma luego de ser revelada una foto, cualquier cosa. Un pedo divino también. El fin del mundo se acerca, y nos preocupamos por el pezón de una actriz de cuarta. Porque se le vio el pezón. Lo tomó la cámara. Y tenía buenas tetas. Eso importa.
      El fin del mundo es otro gran error de cálculos. En realidad los cálculos ya parten de la base de nuestra equivocación ontológica. En todo caso, ergo, el ser humano es un error, así como su música, sus fantasmas y sus pedos divinos. Un error de cálculos en el upite de la Creación. 
      Por eso nos aprovechamos, porque sabemos que la venta y la compra parte de una persona dispuesta a tomar en parte de pago un producto fallado. Una cosa a la venta que fabricamos con nuestras falladas manos. Una cosa errática que puede decir cu-cú y llamarse tiempo. Un elixir de la equivocación que nos sume en el sopor de la existencia y que nos pierde en esa cosa, mal llamada sentidos.
      La muerte también puede ser un error, o la contingencia final de la serie de azares que determinaron el fruto de una existencia equivocada. Del error nace la volición y las pulsiones. Así, de alguna manera, hemos sublimado las culpas respecto a nuestras vidas. Creamos fantasías de perfección y las llamamos dioses o arte. Al final no son más que emanaciones ectoplasmática de nuestra concepción errónea.
      De todos modos el precio se paga. El mercante está condenado a vender, a venderse, por una moneda o por la nada misma. Está en su sangre, en su condición de vendedor. Venderemos caro o barato nuestro final. Así lo dispondrá, o no, el mañana.

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