viernes, 6 de marzo de 2015

Día 292: Fiat lux

      En un circuito oxidado bailaban las conexiones de una vida perdida. El proyecto había sido abandonado, la fábrica cerrada y, por supuesto, la inversión monetaria, detenida.
      Ahora el robot era un pedazo de chatarra sostenida entre cadenas. Una sonrisa macabra iluminaba su rostro. Era como si supiera algo. Guarda el secreto de la bomba atómica, o tal vez por qué la tostada cae del lado de la manteca. O quizás todo.
      Detenido en el momento perpetuo. Así se hallaba el robot. Antes de que North Positronic se fundiera, comentan que llegaron a hacerlo andar. Un primer prototipo, aislado. En ese entonces la fe en la civilización era suprema. Aún no habían llegado las grandes guerras. Los desastres del siglo XX eran tan solo un juego de niños a diferencia de lo que estaba por venir. 
      Una conjunción de eventos diezmó la población. El efecto invernadero no hizo más que acelerar el proceso de las nubes nucleares y sus lluvias ácidas. Las aguas dulces empezaron a envenenarse. Las personas morían de sed. También de hambre y de otras cosas. Luego vino el silencio. Un silencio largo y duro. La tierra dejó de hacer ruido. Se quedó sin pilas. 
      Las casas eran abandonadas por el olor a muerto. El nomadismo aumentó las chances de supervivencia. Las familias quedaron destrozadas. Corrían contra el tiempo, dado que las glaciaciones se habían vuelto un fenómeno común, cada dos o tres meses. 
      Para resumir, los seres humanos se comían entre sí. Y los animales se devoraban a los humanos. Así estaban las cosas. Mientras tanto, el edificio de North Positronic seguía inhabitado. 
      Una vez anduvo una pareja de paso. Aprovechó el techo, esa noche caían gotas como sapos. El reflejo de un rayo se asomó por la ventana. Luego del refucilo vino el trueno. También el ruido de algo que se enciende. El robot giraba en círculos. La pareja no se había percatado de su presencia. Pensaban que era parte del decorado post-apocalíptico. 
      El robot tenía un trastorno en su código binario. Emitía ceros y unos como un conejo con diarrea. Y no paraba de girar. Giraba hasta marear al girador más avezado. El código binario se transmitía en lenguaje. Repetía alterado frases bíblicas entremezcladas con anuncios publicitarios de condones. Luego sonaban voces de auxilio y un locutor que anunciaba el pronóstico del tiempo. Luego se silenció. Un nuevo trueno. 
      El fin de los tiempos. Ese era su último mensaje mensaje. Sálvese quién pueda. Acto seguido, el robot tomó carrera hacia la ventana y saltó. El vidrio se hizo pedazos. La pareja se asomó para ver. El cuerpo de metal del robot hacía un zigzag extraño en el piso, chorreaba aceite por los costado. Sus últimas palabras fueron: "Fiat lux". Y la luz se hizo. 

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