miércoles, 11 de marzo de 2015

Día 297: Rex impera

      Dependo de la destrucción para apagar las luces de las sombras, en distante errancia. La apariencia servil del yugo de los tiempos. Esa cosa que se prende y nunca muere, que gira en un constante desvelo de preguntas sin respuestas. Lo no apagado, una sentencia revirada. Una víbora sediciosa que inyecta su veneno sobre los cantos de una época. 
      Un llanto pálido, febril, emerge de las luces. Promete agotar el silencio que repentino opera en sus contornos de desfiguras. Promete la nulidad del contrato, el cese de la deuda. Nuevo crédito para las esperanzas de Vitruvio.
      A veces hay que ceñir las alforjas, escapar de lo que las puertas llaman, memorias del atravesando incógnito y eterno. Fluidos inmortales que caen sobre bocas cosidas con hilo sisal. En económico silencio despego del momento para construir el mausoleo. Levanten esas paredes en ofrenda de próxima muerte. Llenen los pisos con la sangre del oprimido. Cuellos cortados. Testigos de lo inacabado. La vergüenza y la piedad. Una fuerza convive. Una fuerza engulle y despide.
      En anodino presentimiento viven los hombres de la marca. Sin cuestionar eso que pasa, cuando la muerte llama. Palabras que se atragantan, que no salen del esófago. Palabras que no dañan. Palabras de mentira, un auténtico falsable. El amor a una curiosidad torno en mal y fundamento, cadáver y crecimiento. Por tales razones venden el paraíso, en módico precio. Venden lo inexistente, lo que la palabra rasguña y pervierte. ¿Dónde criaré los cielos cuando ya no exista el horizonte? ¿Adónde repetiré los cuentos, en un mundo sin profetas? Rex impera. Silentium est.


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