jueves, 12 de marzo de 2015

Día 298: Exclusión

      El catéter está roto. Eso dicen. Hay que conformarse. Dejar que se escabulla el pis. Así como la vida. Terminal. ¿Cómo sería la muerte? Algo con fuego de artificios. No seguro.      Aquella mañana despertó enfermo. Al igual que las paredes del hospital, manchada con los humores de sus pacientes. Algo dentro le decía lo que iría a ocurrir. Una pequeña vocecilla, como un grillo impertinente.
      Ningún secreto de Estado. Moriría. Esa es la verdad. Ninguna otra. A veces amó y no fue suficiente. Lo fue todo. Único. Fue forzado a conjurar las palabras mágicas. Someterse al influjo del espanto. Esa es la verdad.       
      Anochecía. La enfermera se olvidó de su existencia. Habría muerto sin saberlo, quién sabe. El hombro dislocado. Cómo todo. Hay tanta enfermedad para la que el mundo no está preparado. Es una sobredosis. Una desmesura. La desestabilidad de los aparentes.
      Una estrella fugaz apagará los circuitos. Ofrecer el amor a la pira funeral. Dejar de ser una vez más. Hasta el hastío. Por que la corriente se lo lleva, hasta el río. 
      El catéter ha olvidado su función. Dejó de pertenecer al mundo de los significantes. Hizo el por si acaso pero roto. Es tan solo un instrumento de nostalgia colocado dentro de un genital a punto de olvidar su función. La muerte es olvidar la función. 
      A la larga la olvidaría. Todo. Cada cosa aprendida. Cada piel acariciada. Cada amanecer observado. La pátina se volvería gris, de a poco. En el abandono dejaría el nombre. Volver árbol. O piedra. Muerto. Quién sabe.

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