sábado, 14 de marzo de 2015

Día 300: Debajo del tablero

      El aire desolador de la muerte anunciaba que todo importa. O mejor dicho nada. Nada importa. El movimiento del alfil. Está en el medio, entre el enroque y la muerte. Quiere avanzar en su militante diagonal, arrasar, profanar los templos.
      En el ajedrez la partida puede llevarte a la locura. No a cualquier tipo de locura. Una de las perceptibles. Y los peones caen, ajenos a las cosas que pasan a sus espaldas. La vida en juego. Piezas negras. Piezas blanca. Un tablero. Y un sinfín de interrogantes.
      No existe una mejor estrategia. Es el improviso y el descontrol. Aunque puede ser algo deliberado. Una maniobra maestra, hacer creer. Dejar montada la trampa.
      Un par de piezas menos y el juego recién empieza. Un arrinconamiento progresivo. Luego las miradas. Los jugadores saben lo que hacen. Se dejan llevar por las manos. Por el reloj que aprisiona cada movida.
      Luego el abismo. El borde del jaque mate. Una acción evasiva. Rescate de campana. El abismo llama, convoca. El alfil solitario se adentra en terreno enemigo, se planta frente al rey.
      Quiere acabar con la tiranía negra. El blanco sobrevive. Una pieza menos. La última. La definitiva.

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