lunes, 16 de marzo de 2015

Día 302: Bestia acorralada

      La tiranía del espejo devolvía la imagen de una distorsión. La sangre seca dibujaba un anillo sobre el cuello. El hombre observó ese reflejo de reojo. Recelos ancestrales. Tendría que definir como hacer para volver al principio. Como si no hubiera ocurrido nada. Primero limpiar el piso. Escurrir el trapo, cuarteado, rojo. 
      Un momento de calma. Alaben al Dios de las tempestades. Bulle el espíritu por las narices del ocaso. Es el canto de incitación, morir no sería nada, al menos esta noche. Repasar las escenas. La policía encontraría alguna huella perdida, quizás un pelo. Un rastro. Todo lo llevaría a esa habitación. A ese día fatal. Un momento de calma. 
      Si los sueños logran hacerse realidad, la fuga es algo posible. Desaparecer las evidencias. Tomar un avión antes que le cierren los aeropuertos a su presencia. Y luego una nueva vida en el extranjero. Todo sería distinto. Una vez más.
      ¿Cuántas veces ya? ¿Cinco, cuatro, infinitas? Una vez más. Todo sería distinto. Así se convencía. Un momento de calma. Luego desaparecer era fácil. Permanecer fuera del radar. Cambiar las direcciones. ¿Cuántas veces ya? La última vez, o la anteúltima, quizás, se había prometido a sí mismo. Cambiaría. Dejaría atrás los malos vicios.
      Pero luego estaban las voces. Las voces golpean contra su cráneo. Sus gritos son como cuchillos contra la carne muerta de su espíritu. Decían cosas como que todo estaba justificado. El plan divino. Todo servía a un propósito mayor. Una libación en ofrenda al Dios negro. Escurrir el trapo, cuarteado, rojo. Como si no hubiera ocurrido nada. Esas voces lo volverían loco. Algún día. Es inevitable. Va a ocurrir.
      El montaje del ritual se repitió tantas veces. Indistinguible. Todo formaba parte de un ritual mayor. Continuado. Libaciones. Dios negro. Una vez más. El ruido distante de una sirena que se acerca. La puerta de un vehículo se cierra. Las luces titilaban, alargan las sombras, a través de la ventana, por debajo de la puerta. Rodeado. Así el ruido de océano, una voz que sobresale de las restantes. Regurgita un antiguo mantra que dice, exclama, que el último ritual ha empezado. 

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