martes, 17 de marzo de 2015

Día 303: Seremos parecidos

      Poner el nombre a la diferencia. Una mañana ocurre como lo que pasa y muere. Arde y vive en los vestigios de la sangre. El momento soñado despierta.
      Si de casualidades trata el ogro cree. El cielo munido en las vueltas de una espiral. 
      Añade un color al circuito. Compra la parcela de lo universal, en un instante fijado, un brillo añiñado. Su majestad agita el bastón y espera que el reino preceda a su fuego. Un ardid distinto. El revés de un sofisma. El hombre contento. Despierto.
      Cansado de lo que dejan. Sobras. Migas tiradas al piso. Carne para el abismo. El tiento afloja. Cae el pantalón. El rey conduce con pie férreo entre las moscas. El crimen. El homicidio de la verdad.
      Lo han dejado, por si acaso. La puerta entreabierta, para que llegue la luz. El miedo no se va. Ese cagazo a la oscuridad que no deja estirar la pata. 
      Su voluble figura se extiende entre las calles. Es un miedo que atenaza, con las uñas, con los dientes. 
      Espera que el tiempo sea el indicado. Un héroe con amplificación. Las noches en Somalía. Los sueños despiertan. En la realidad de un letargo. Presiones lisérgicas. Madre videograbadora. Dios surreal. En un viaje color añil la vileza endurece y confina.
Verás los coros del abismo cantar sobre los huesos del futuro. Una vieja insolente recibe el golpe de su majestad. La corte inicia el movimiento fúnebre. Los reyes deben morir. Larga vida a la revolución. El rey está muerto. Que viva el rey.

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