viernes, 20 de marzo de 2015

Día 306: Una sobre el amor

      Hay un desapego mortal que a veces lo llamamos amor. Es como el sexo pero sin estrías. Es algo liso, desprovisto de la sorpresa de un orgasmo involuntario. Mejor dicho, rutinario. En la tesitura del amante existe un más de lo mismo que acogota la gallina de la certidumbre.
      Sin embargo la sensación es parecida. El idiotismo de la especie lo confunde. Y también le decimos amor. Pero en realidad es otra cosa. Es la sensación de un genital mojado o de la cartera que afloja la carne. Por el interés o el despropósito, lo mismo da.
      Por los valles de la intriga se conducen los destinos de las personas que se cruzan. Al amor lo aplaca la vida. Con el tiempo se disipa, se ralentiza. Al final desaparece, no es que se transforma como dicen de la energía.
      También lo confunden con odio. Pero no. Eso no se nutre de los extremos. Es algo gris. Sin matices. Nació muerto, como un fin de semana lluvioso. Luego puede ofrecerse a un ritual cualquiera.
      Y la demostración es lo evidente. Ahí está, como un dinosaurio rosa proclive a la extinción. Es un mortal suspiro de una noche que desaparece. El miedo asciende hasta los picos y duele.
      Duele lo que se dice amor y no lo es. Pero más lo hace el engaño de las etiquetas. Las sensaciones cualificables se amontonan sobre la pared. Amor no sido, no se permite dejar que lo de adentro impere. Un gusano se posa en las entrañas. Y no suelta la carne.

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