lunes, 23 de marzo de 2015

Día 309: Bolsillos flacos

      Vivir por la moneda de un ojo despierto. Un mar de sangre hierve en las lunas de las sales. El sueño de un muerto despierto, la avaricia del pobre que atenaza el centavo y lo tira al vacío. En un rincón oscuro del mundo las luces no dejan de apagarse.
      En las conspiraciones los mandamases dirigen, alteran, confunden. Aspiran las pesadillas del mundo en sus máquinas de miedo. Chupan la cosa hasta dejarla seca. Por momentos es la nada misma. Aunque digan que es todo. Aunque el encierro de un viejo disco ocre amenace con destrozar el cielo.
      La memoria olvida y da refugio a las esperanzas de los sin techo. Mueren todas las mañanas con el gusano en la boca y la botella colgada de la mano. Debajo de las sábanas de papel esconden los cuerpos. Por temor a la intemperie de la realidad.
      Tienen sus boletos en la mano. La estación próxima. O la caricia del indigente. Un vuelo de ultratumba. Al ras. Las hojas vuelan. Sin techo. Sin sábanas. Una mañana fría y amarilla.
      Una ciudad se erige mientras otra cae. Siempre en algún lugar un cuerpo muere. Sus huesos quedan duros. La carne putrefacta y su olor de despedida.
      Los muertos dicen adiós. Saludan por la ventana. Despiden a sus familiares. Nos vemos en la próxima parada. No se bajen del andén. Saluden a papá. Saludan por la ventana. Es una mañana fría y amarilla. Dicen que van a esperar que terminen las remodelaciones.
      La locomotora y sus humos. Avanza al ritmo de los corazones que sangran. Atraviesa pueblos sin perder velocidad. Una música suena, algo de otra época. Un sonido como de muchas voces gritando cosas. Improperios. Recetas de conquistas. Elixires de dioses. Una normativa sesgada. Vuelan los techos. Cae el refugio.

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