domingo, 29 de marzo de 2015

Día 315: Ojos

      Solo pensaba en córneas. Y no es porque fuera oftalmólogo. Es solo por lo que se ve. O lo que deja ver. Tampoco tenía porqué ser una obsesión. En realidad era un gusto adquirido. Un pequeño placer.
      La disección era posterior al orgasmo. El verdadero clímax ocurría cuando arrancaba el ojo. Metía la cuchara con precisión. Luego hacía un par de movimientos precisos como para cortar el nervio óptico. Después de eso, el ojo salía fácil de la cuenca.
      Las personas pensaban que se trataba de un juego. En realidad a nadie le decía del vamos lo que iba a hacer. Jugueteaba con la cuchara, como si fuese un heladero maníaco. Un juego sexual. De los depravaditos. Así los convencía.
      Por lo general tenía que sedarlos un poco. El sexo entre hombres suele ser más duro y violento. Ante cualquier cosa extraña, tendría más resistencia de lo esperado con una mujer. En algunas ocasiones la persona se lo pedía. Eran los más raros. Pequeños masoquistas. De los de verdad.
      Cuando iba a mayores el asunto podía permitirse una tajada más importante. Tal vez un riñón, ¿quién sabe? Lo que importa es la sangre, que pueda correr bien a través de la piel. 
Estaba esa necesidad de cortarlo todo en pedacitos. Sobre todo las córneas. El ojo. El ojo. Todo lo ve. Hay que permanecer oculto. Cegar a Polifemo. Infinidad de veces. En las sombras ser nadie para quien quisiera. 
      En la esquina de la habitación tiene una cajita color rubí. Allí guarda los tesoros. Cada vez que la cuchara escarba. Cada hombre cegado. Momentos que reposan en un pequeño arcón pintado. Una montaña de ojos aguarda encerrada. Millones de miradas extraviadas, alejadas de su naturaleza. Ver para lo que siente. Y siente para lo que ve.  

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