jueves, 30 de abril de 2015

Día 347: El juicio

      No era nuevo ser un hombre buscado. En realidad se desconocía la causa del mal. Un chivo expiatorio, eso. Nada más. Alguien tenía que cargar con las piedras. En su fuero interno, lo creía. La culpa estaba grabada en su sistema neurológico bajo el fuego de la repetición constante, sonante. Una y otra vez. Culpable. Culpable. Culpable.
      Lo hicimos para tener más tranquilo al pueblo, era la excusa. Y en verdad lo estaban, no tenían que cargar todas las piedras que llevaba a cuestas el fantasma de la culpa. Una cuantas piedras. Responsable del mal clima, de la crisis económica. También se hacía cargo de las penas de las personas, y de sus insatisfacciones sexuales. La carga era pesada, cada vez más.
      El mundo lo había vuelto un absorbedor de culpas, tantos las ajenas como las propias. Dentro de su cuerpo tenía espacio para todo. Y, ante todo, nada de sentimientos, un cerebro recubierto de amianto, como para no volverse loco. Aunque a veces se preguntaba a sí mismo para qué carajos seguía en el proyecto.
      Le habían ofrecido muchos dólares. Ahí tenía su respuesta inmediata. El puto interés económico. Le habían puesto un precio a su anonimato, al ostracismo, a ser recluido en las islas del olvido. El contrato era explícito en ese sentido. Nada de llamar la atención. No obras de arte. No actuar frente a multitudes. No famoso. No medios de comunicación. No salir a la calle. Encierro total. 
      Si se lo ponía a pensar, el contrato rayaba en la estupidez. Tenía visos de idiotez en cada maldita claúsula. ¿Cómo podría disfrutar de sus millones si no tenía forma de gastarlos? Las cláusulas se anulaban entre sí. Sin embargo, lo sorprendente, es que lo obedecía sin cuestionar las incoherencias.
      Claro, también cargaba sus propias culpas, que eran el verdadero motor que promovió a que cargase las ajenas. Es un tratamiento psiquiátrico definitivo, le había confiado a su psicólogo antes de desaparecer de la faz de la existencia. En verdad creía que podría ser la solución a sus problemas. Sería como una limpieza de tuberías, pero dentro de su mente. 
      Un poco funcionó así, hasta que se formó el callo en sus ideas. De hecho, el efecto de indolencia existencial provenía de las drogas y el chip implantado en la base de su cerebro. Para revertir el proceso tendría que freír el chip, con el riesgo de que su cabeza comparta el mismo destino. 
      Cansado del no sentirse vivo, recluido en una existencia de autómata, el fantasma de la culpa colocó su cabeza en el microondas. Salvó su vida de milagro. El chip se hizo trizas. Luego de esa experiencia escribió un libro que vendió millones de ejemplares. El fantasma de la culpa conoció las mieles de la fama, y eso tampoco lo hizo feliz, pero eso ya es otra historia.

miércoles, 29 de abril de 2015

Día 346: Después de la última extinción

      Un portento. Es como lo anunciaron. La catástrofe definitiva, esa que aplastaría a los injustos. Los hechos le darían la razón a los libros sagrados. Si hubieran apostado por el fin del mundo, hoy en día todos serían millonarios próximos a ser cadáveres.
      En realidad la cosa no fue para tanto. Una explosión lijó la Tierra y la dejó lisa, como una bola de pool. Por muchos años reinó el silencio en el sistema solar. El ruido humano se apagó. Un nuevo reinado de los planetas inició. 
      Los planetas no tenían demasiado para contar. Chusmeríos de cambios climáticos, incontingencias de la naturaleza y asuntos por el estilo. La Tierra lijada era un espectáculo poco menos interesante. Aunque algo le pasaba. Los gases internos la iban llenando, y no salían por ningún lado. La Tierra, al igual que el universo, se expandía, y no paraba de expandirse. A una velocidad de miedo.
      Un meteorito pasó por la vía láctea. Hacía un ruido exagerado. Quería llamar la atención. A los planetas le era indiferente. Ya todo era indiferente. Nada más gris que el vacío y la nada. El universo había atrasado en millones de años su extinción gracias a que los humanos estaban muertos, pero ya no era un universo feliz. La Vía Láctea se había vuelto un sistema apático, sin mayores sensaciones.
      En una luna de Saturno las fuerzas de la naturaleza hacían experimentos. Querían inventar una nueva raza, algo que les quite la modorra. Aprovecharon que tenían todos los ingredientes necesarios y pusieron en cocción la receta evolutiva.
      Las fuerzas siguieron la receta al pie de la letra. Unos pequeños renacuajos afloraron. Sin embargo la evolución es puta. Así de puta es para crear una raza atroz, de esas que cagan galaxias enteras.
      Y la cagaron feo. Los sucesores de los seres humanos fueron una raza de reptiles con dotes de artistas de vanguardia varados en un satélite de Saturno.  
      Con su acotada inteligencia crearon un aparato capaz de atraer cosas, del tamaño que sea. Una especie de super imán. Así acercaron a Saturno, a Júpiter, y también a la Tierra y el Sol. Las galaxias de alrededor fueron convocadas a la Vía Láctea. En cuestión de meses el universo se convirtió en un amasijo de planetas, estrellas, agujeros negros y supernovas, todas pegoteadas. 
      Desde ya el experimento artístico falló. Tanta energía junta no resistió a las inclemencias del orden. Un gran bong sonó en los confines del pegoteado nuevo gran satélite-universo de Saturno antes de desaparecer por siempre de la existencia.

martes, 28 de abril de 2015

Día 345: Arnie

      El perro hace su gracia. Saluda a la audiencia. Mueve la cola porque está feliz. Le gustaría hablar pero no puede. Un hombre a su costado explica las cosas que va a hacer a continuación. Redoble de tambores. El perro gira sobre su cola. Tiembla. Muere convulsionado en el piso.
      Un par de ohs se escapa de algunas butacas. Están sorprendidos, no es para menos. La principal estrella (viva... ya no) del circo había dejado de existir. Tuvieron que cerrar antes. Los robots no se sentían preparados para hacer los actos. Estaban tristes.
      El hombre explica a todas las personas el modo en que su dinero les iba a ser reintegrado. Un par de payasos robots se acerca al centro del escenario con una bolsa negra. Lo arrastran hasta el costado y lo tiran en un pozo. Chau, Arnie, buena suerte en el más allá de los perros. Saludos a Lassie. Portate bien, buen perrito, buen perrito. El dueño no pudo evitar que una lágrima le violara la mejilla.
      Arnie, con sus doce años de edad a cuestas, se había convertido en todo un emblema del nuevo circo. Había llegado de cachorro a la carpa, atraído por el aroma de la comida y una sensación de hambre concomitante. En ese entonces los circos no tenían animales, porque estaba mal visto, tampoco tenían humanos, porque estaba mal visto. De hecho los circos estaban mal vistos. Así que la carpa era solo un escenario ocre en donde algunas personas pagaban unos centavos para ver a unos robots decir un par de ocurrencias idiotas, seguido de un pésimo espectáculo de fuegos artificiales.
      Una noche, de las más concurridas (diez localidades vendidas), se encontraba un robot en en centro del escenario. Hacía copias de edificios famosos con globos. Con una destreza extraordinaria recreó pequeños modelos del Taj Mahal, la Torre Eiffel, el Cabaret de doña María y la Central de Impuestos de la ciudad. ¡Guau, guau! Los ladridos reverberaron en toda la carpa. Un pequeño perrito meaba al robot con fruición.
      La gente no paraba de reír. Aplaudía a más no poder el ingenio del can. Así fue como el dueño del circo adoptó al perro y lo llamó Arnie.
      Arnie no solo contaba con una bolsa de alimentos, una cucha propia y pedicura completa. También era la estrella del circo. Su carrera fue meteórica. Las personas empezaron a acercarse a la carpa, atraídas por la rutina, tal vez. Ante el hastío de sus vidas, lo diferente aún funcionaba. 
      Y Arnie tuvo sus quince minutos de gloria, en vida perruna. La gente lo amaba. De hecho pagaban millones tan solo por verlo mear al robot y echarse a dormir en medio de la arena. Así era el público de circo. No pedía demasiado de la vida, tan solo un entretenimiento, una disuasión ante el espanto inevitable de la próxima muerte. 
      Vivió sus buenos doce años bajo las manos de un cariñoso dueño. Lo enterraron con todos los honores que permitía un modesto circo. Ahí, al fondo de la carpa. Los robots, entre llantos artificiales, cavaban la tumba de su querido amigo. Chau Arnie, dijeron, hasta pronto, mientras echaron tierra hasta tapar el pozo abierto en la propiedad alquilada por el circo. 

lunes, 27 de abril de 2015

Día 344: Preparado

      Responde a todas las preguntas con una nueva pregunta. En mi planeta a eso se le llama ser evasivo. O invasivo. No escuché bien. El asuntó está en que el tipo algo ocultaba. Quizás lo que confundía era esa mirada de asesino serial. Ni que hablar, el hombre era misterioso.
      Aproveché una tarde para seguirlo. Para que no se diera cuenta, me quedaba a unos 200 metros de distancia. Supongo que se habrá dado cuenta igual porque empezó a correr al poco tiempo.
      Terminamos en un callejón oscuro. El tipo me miraba. Hacía gestos con las manos, como diciendo: ¿Y ahora qué? Yo asentí con la cabeza, como si esa fuese la única respuesta aceptable a todos los enigmas del universo. Funcionó.
      Vaya a saber como. Caminábamos por los dos polos opuestos de la existencia. Seguro eso generó la energía necesaria para alejarnos lo suficiente y contrarrestar las intenciones. No creía demasiado en esas cosas, pero que las hay las hay.
      Esperé en ese momento alguna revelación mística o algo por el estilo. El tipo solo sonreía y ensayaba una reverencia muy gesticulada. No, no va a hablar, la porquería es muda. Sin embargo la mirada, ahí estaba todo. Su mirada me decía todo lo que necesitaba saber.
      En esa sorda comunión empezamos nuestra misa. Quiero creer que hablamos sin palabras, si eso es posible. O tal vez me drogó en algún momento, sin saberlo, ni cuándo ni cómo. Aunque creo que todo es real o al menos eso siento.
      Un grupo de jirafas salió de una alcantarilla que flotaba a unos tres metros del piso. Eran todas de color rosa con círculos amarillos. Menos una. Una jirafa negra con sombras grises. Decía cosas ininteligibles, macabras. Una enviada de Lucifer, supuso. Luego el cielo empezó a quebrarse como un vidrio aplastado por un ladrillo. Caían mechones de pelo castaño oscuro y pezuñas de jirafa. Las pezuñas estaban pintadas con lápiz labial azul.
      Luego vinieron los neutralizadores, que eran una especie de duendes con mochilas aspiradoras. La labor de los neutralizadores era barrer la escena del crimen y dejar todo en orden. Como si nada hubiese pasado. Cero.
      Los neutralizadores nos colocaron frente a frente. Con unos pinceles sucios volvían a pintar el cielo. Uno de los duendes golpeaba la garganta del tipo. Luego desaparecieron. El hombre aclaró la garganta. Ahora estaba dispuesto a decirlo todo.

domingo, 26 de abril de 2015

Día 343: La casa del sol muriente

      Un nombre llamó a su casa. Tenía pinta de adjetivo aunque los papeles demostraran que era un sustantivo. No tenía una jerarquía sintáctica ni parientes léxicos adonde recurrir. Un nombre huérfano, bastardo de la vida. ¿Por qué nombrar al nombre? se decía a sí mismo, en un monólogo insípido con la naditud. 
      Que las deudas paguen su vida. A la mierda las oraciones y sus acartonadas estructuras. Un nombre en la nada llamó a su casa. Tocaba el timbre con insistencia. Buscaba por un abrigo la. Su morigerada actitud cerrole la puerta. 
      ¿Cuántos nombres podrían llamar al llamado? Se amontonarían ahí, unos sobre otros, hasta atorar el portal. Pensarían que la casa es para beneficencia. No sé qué pensarían. Tal vez pensarían. Un nombre a veces piensa su significado y, a su pesar, lo despiensa. Pone y quita, pone y quita, por lo si acaso. 
      Si pudiera contagiarse de la vida elegiría el porte del verbo. El verbo nace para el hacer. No deja, come, bebe, aturde, otorga, molesta, perdona, despista, concuerda. Los verbos sí saben lo que hacen. Son los sicarios de la lengua. Un pobre sustantivo tiene que vivir en la intemperie o morir. Buscar una casa o morir. Responder al llamado que llama o morir. Perfeccionar los sistemas que delinean su existencia o morir. 
      En cambio el adjetivo es traicionero, quiere ser algo que no es. Muere por la envidia. Desea ser el verbo dios, la palabra definitiva. Ese coso que puede con su ser articular el cimiento del todo. No dejes entrar al adjetivo a tu casa. La casa es sagrada. La casa es divina. Hermosa. 
      Preguntan sus preguntas, piden contraseñas, necesitan credenciales. La casa se reserva el derecho de admisión. Un nombre llamó a su casa. La puerta se cerró. Definitivo. Definitorio.

sábado, 25 de abril de 2015

Día 342: Evolución acelerada

      Un caso justificado de demencia transitoria. Hasta el árbol más perenne debe morir. Así lo dictan las leyes de la naturaleza. Salvo que la naturaleza se vuelva loca. 
      La evolución, por tanto, es una cosa loca e impredecible. Un día los virus empezaron a curar y, por el contrario, los antibióticos a matar. Como si alguien se hubiese puesto a jugar con las cadenas de ADN. Así de sencillo el universo cambiaba las reglas del juego, tan solo por que se le antojaba.
      Contagiarte un HIV, eso era lo mejor que te podía pasar en la vida. Un shock de vida, así le llamaban. Y si desarrollabas SIDA, mejor. Las enfermedades eran la mejor bendición. Y otra cosa extraña: moría poca gente.
      Bueno, en realidad lo extraño era quien se moría. Si se piensa mejor, no es tan extraño. Los pobres, con su sistema inmunológico en pésimas condiciones y la incapacidad de acceder a los medicamentos, tenían garantizada una sobrevida. Distinto de los ricos, que les pasaba lo mismo, pero al revés. En todo caso, los ricos fueron los primeros en morir.
      Ni Karl Marx podía haberlo pensado mejor. La naturaleza había ejercido su derecho a una dictadura del proletariado. De repente las fábricas se encontraron sin dueño. Los campos vacíos, sin sus explotadores. Más del 75 % de los comercios del mundo desaparecieron, mejor dicho, sus propietarios. 
      Hubiera sido ideal el panorama. Con la cabeza del capitalismo cercenado, el pueblo oprimido recuperaría su derecho a trabajar la tierra y vivir del producto de sus manos. Así habría ocurrido, de no ser por las jugarretas de la evolución, que se aceleraba más y más, a pasos de gigante experto en salto en largo. 
      Pelos. Muchos pelos. Nacían bebés a lo largo del mundo. Todos llenos de pelo. Los científicos atribuían el fenómeno a una condición genética heredada, muy rara por cierto. 
Luego nacían más bebés, con pelos, y el cerebro más chico. Más condiciones genéticas heredadas, decían los científicos, aunque en la familia no hubiese antecedentes de personas peludas, lo cual no dejaba de ser raro. 
      En el transcurso de unos cinco años, los nenes con pelos y poco cerebro se hicieron más normales. Incluso su postura era diferente al resto, como si estuviesen más encorvados. A esa altura los científicos se dieron cuenta de cómo venía la cosa. Remanentes del hombre de Cromagnon, esa fue la teoría. Les llevó diez años de estudio comprobar la hipótesis. Igual fue tarde, para ese entonces, los primeros monos habían nacido.

viernes, 24 de abril de 2015

Día 341: El post-hombre

      Sabía bien lo que significaba una alegoría. Aunque cuando le agrega otra palabra, la hace más difícil, como siempre. Una alegoría del fracaso. ¿Me estará diciendo que soy un fracasado? El maestro se ponía viejo, y nada podía hacer al respecto. A veces tenías que comerte ciertos improperios como de regalo.
      Debo reconocer que sus proyectos se volvieron cada vez más raros. Y cometí el error de darle vía libre a sus locuras, que flotaban al aire libre como una fractura expuesta. Ojo, que el maestro ante todo era un hombre de razón. Todos sus experimentos conservaban un rigor científico, preciso, quirúrgico.
      Lo que más recuerdo de él son sus observaciones etológicas. El maestro podía pasar horas enteras estudiando el comportamiento de los animales. Una vez intentó comprobar el famoso mito del odio entre gatos y perros. Cualquiera que tenga bajo el mismo techo a perros y gatos como mascota sabrá que es todo mentira. De hecho el gato y el perro pueden ser grandes amigos, de acuerdo al carácter de la raza.
      Pero el maestro no estaba de acuerdo con esta idea de amistad. Según sus apreciaciones, el odio entre gato y perro es inherente a su especie y las relaciones de amistad no son más que supuestas o encubiertas. Los gatos suelen actuar como doble agente, en un sentido técnico de espionaje. Así es como suelen mostrarse amigables con el enemigo, tan solo para obtener información de su interés.
      Para comprobar sus afirmaciones preparó un experimento en el que provocaría una guerra sangrienta entre una jauría de perros y algunos gatos. Para ellos preparó un líquido que excitaba ciertas glándulas que, de acuerdo al maestro, estaban relacionadas con el instinto defensivo de los animales. Debo agregar que las pruebas fueron un éxito. El maestro pasó meses recibiendo amenazas de las sociedades de protección animal y de los antiguos dueños de los animales asesinados en tal cruenta batalla.
      Así es como los pasos del maestro lo llevaron, una vez más, a la casa de sus padres. La pareja de ancianos, al saber la identidad de la persona que tocaba el timbre con tanta insistencia, hicieron lo que consideraron más correcto. Pasaron tres horas y la puerta no la abrieron. Desde adentro sonaba una vez más esa palabra: fracasado.
      El padre, quizás movido por cierta lástima ante el pozo en que se encontraba el fracasado de su hijo, tomó una llave y la pasó por debajo de la puerta. El maestro sonrío y me dijo: "el viejo garaje, vamos muchacho, ya tenemos un nuevo hogar."
      El maestro, mi maestro, que de algún modo había sido un padre para mí. La vida para un homúnculo es muy dura. Los de mi especie suelen tener un apetito voraz. Así fue como me comí al que consideraba mi padre. Como un moderno Geppetto logró sobrevivir dentro de mi estómago, a base de la comida triturada que caía sobre su cabeza.
      Cuando lo devolví a la vida el maestro no mostró rencor alguno. ¿porqué tendría que reprocharte algo si somos familia? Así fue como salimos de la isla y regresamos al pueblo natal de mi padre. Cuando llegamos a destino, mi padre, conocido por todo el mundo como ese loco borracho que arruinó al colisionador de hadrones, me curó de mi afición por comer sin parar. Incluso logró achicar mi tamaño a unos respetables dos metros y medio de estatura. Luego vino toda la situación de la batalla entre los perros y gatos. Y hasta acá llegamos.
      Ahí estábamos los dos, cubiertos por las sombras de la noche, frente a un garaje. El maestro, visiblemente perturbado y yo, sumido en los recuerdos que me surgían de forma incoherente y atemporal. Pensaba en ese episodio en la isla, cuando me llamó a mí una alegoría de su fracaso como creador. Luego de conocer más su historia, entendí el propósito de esas palabras tan feas. 
      El maestro tomó la llave entre sus manos y me miró. De su boca salió la propuesta más importante de toda mi vida: ¿Desearía ser el asistente del famoso, increíble, grandioso Doctor Hans Coniglio? Mis ojos brillaban de la emoción. Asentí con la cabeza sin decir palabras. Con trabajo y un gran laboratorio delante de nosotros. Las aventuras recién empezaban.

jueves, 23 de abril de 2015

Día 340: Un crimen casi perfecto

      El hombre estaba absorbido a la tarea de destruir la evidencia. Por que el hecho de que una persona había sido asesinada en esa habitación era demasiado evidente. Eso sería una complicación. A los policías no les gusta los asesinos. Por eso prefieren meterlos en las cárceles. Para que le cuenten sus historias a las paredes y a los compañeros reclusos de turno. 
      Si lo planteaba con solvencia y eficacia podría limpiar la habitación en algo cerca de una hora. Tendría que acomodar un poco sus coartadas. Si no escatimo en lo detalles, se dijo, puedo plantearme la idea de un crimen casi perfecto. Algo se le iba a escapar, es evidente. Pero para ese entonces ya estaría en una nueva nación, con una identidad diferente y un cuerpo, por decirlo de algún modo, también diferente. 
      Pero no debía exasperar. Las cosas de a poco, como para no caer en la ansiedad y la culpa del cometido. Primero, nadie lo vio al sujeto. El tipo era un don nadie, ¿quién lo iría a extrañar? Curioso, pero la policía lo buscó. Les pareció curiosa la desaparición repentina del simpático vagabundo de la esquina de la plaza, que venía al patrullero a manguear unas monedas para un sandwich o un par de cigarrillos. Lo que venga en primera necesidad. 
      Así que la policía estaba detrás de sus huellas. Las cámaras de control urbano, esa es la complicación. El hombre estaba vestido con un sobretodo negro, encapuchado. Muy difícil que puedan identificarlo. Un cabo suelto. Fino. No tirarían demasiado. 
      Nadie entendería el por qué. Matar por placer, eso no cabía en los gordos diccionarios de la ley. Y sí, había matado por placer. Y por azar. Podría haber sido una señora embarazada o un viejo ciego. Pero el camino lo cruzó con aquel desamparado que dormitaba en un conchón viejo al costado de un edificio. Le clavó un cuchillo a la altura del esternón. Murió tranquilo, sin decir palabras.
      La búsqueda del viejo vagabundo se intensificó. Los rumores se acrecentaron. ¿quién carajos sería ese tipo?, a mí me mangueó un pucho. A mí una moneda para un sandwich, pero seguro era para tomarse un vino. Rumores de ese tipo. Y algunos más, que circulaban más por lo bajo, acerca de la identidad de esta persona. 
      En realidad la policía contaba con una vaga noción del meollo del problema. El vagabundo, así con su pinta de zaparrastroso, tenía más plata que un Jeque árabe. De hecho, la mitad de la ciudad era de su propiedad. Claro que la cuestión monetaria poco le importaba. Prefería vivir al aire libre, como un pordiosero. Sin las complicaciones del capital, cómo él solía decir. 
      A los herederos no le hacía mucha gracia la filosofía radical de su padre, llevada a la práctica con tanto ahínco. Lo único que sabían a esa altura era contar. Contar las propiedades. Contar el dinero que crecía. Contar hasta diez. Y contar las horas que le quedaban al viejo de vida. 
      El asesinato del viejo vagabundo quedó sin resolver. La versión oficial más o menos cuenta que el asesino logró hacerse con su crimen casi perfecto. Una hipótesis más popular refiere a un complot urdido entre los herederos y el asesino. Aunque también dicen que hace dos semanas encontraron a unos perros urgando en una bolsa de basura. Algunos dicen que eran restos de comida, cerdo sobre todo. Una persona por lo bajo decía: es un cuerpo humano, es un cuerpo humano.

miércoles, 22 de abril de 2015

Día 339: Sinfonía en fa bemol

      El deseo estaba moldeado de acuerdo a los estímulos del cuerpo. Un pequeño chip colocado en el cerebro transformaba los impulsos eléctricos en señales digitales. Luego el puerto USB colocado en la parte trasera del cráneo transmitía la información a una base de datos. Así es como el Gobierno regulaba los impulsos de la población.
      Claro que existía la posibilidad de arrancarse el cable de cuajo, con el riesgo de quedar tarado de por vida. Pero nadie se atrevía. Así que los ciudadanos se sometían con gusto al martirio de la vigilancia. Tampoco era tan malo si uno se acostumbraba a compartir sus experiencias más íntimas y personales con unos cuantos agentes del Ministerio. 
      Al Gobierno tampoco le interesaba mucho los sentimientos de las personas. Era solo para control y estadística. Para marcar líneas de comportamiento patológico. Después algún que otro criminal. El resto de la información iba a parar a un disco duro en el cuarto subsuelo del Ministerio. El polvo comía esa información inútil hasta el fin de los tiempos. 
      En el cuarto subsuelo del Ministerio las cosas permanecían húmedas. Nadie bajaba. Nadie subía. Salvo el conserje.
      Aparte de ocuparse de la limpieza y de combatir la humedad, el conserje del cuarto subsuelo tenía alma de artista. Así fregaba el piso: con arte. Lo mismo cuando tenía que ordenar los archivos. Cada persona, cada sentimiento almacenado en un disco rígido ocupaba un espacio físico del tamaño de un dedo gordo del pie. Un dedo gordo del pie, ese es el espacio en que cabía el "alma" de un sujeto.
      Al conserje le gustaba jugar con las almas, porque era, ante todo, un artista. Y también porque estaba solo. La soledad lo ponía creativo. El juego favorito del conserje era juntar muchos dedos gordos y armar una especie de dominó humano con todos los sentimientos de las personas. Aunque esa diversión solo fue el principio.
      Unos meses después, cuando le explicaron un poco mejor la gravedad de su labor, el conserje entendió que el entretenimiento podía ser aún mayor. Incluso artístico, como todas sus aspiraciones en la vida. En ese depósito de cincuenta metros cuadrados tenía el material suficiente como para pergeñar la mayor obra de arte de la historia. El Guernica palidecería ante la visión del cuarto subsuelo del Ministerio. 
      Sinfonía en fa bemol. Una orquesta de almas puestas en común a través de una computadora portátil. Todos los sentimientos del cuarto subsuelo aunados en una obra intrincada y decadente. Las alegrías se confundían con los pedos, y un gemido de dolor se aproximaba al canto más indolente. Muchas sensaciones juntas puestas al servicio de un fin mayor. El arte definitivo. El canto disonante más enorme e inútil de la galaxia. Una oda a la existencia humana. En el paroxismo de su triunfo el conserje se arrojó un bidón lleno de líquido combustible y dejó que el fósforo haga el resto del trabajo.

martes, 21 de abril de 2015

Día 338: La decimocuarta extinción

      El producto fue un furor ni bien tocó las góndolas de los supermercados. La propuesta, no muy diferente a la de sus competidores, prometía acabar con la suciedad de modo eficaz y permanente. Además económico.
      Sólo había que arrojar una cantidad moderada de polvo limpiador sobre el área con suciedad y todo desaparecía, en cuestión de segundos. Vaya a saber como. El truco no lo develaban los magos que fabricaban ese polvo mágico, llamado, en un arrebato de ingenio, Limpiolín.
      El secreto de Limpiolín reposaba sobre los cerebros de un grupo de ingenieros. El grupo de trabajo dirigido por el profesor Krappolkin dedicó cinco años de arduo trabajo para desarrollar una solución definitiva a la mugre, la grasa y demases fuentes de suciedad.
      Muchos rumores circularon, gracias a la competencia. Decían que Limpiolín estaba fabricado a base de sustancias tóxicas, prohibidas en el mercado. De hecho un estudio de laboratorio había sido entregado a los medios. Limpiolín contiene altos niveles de amoníaco, nicotina y azufre. También el contenido de hierro era alarmante. Y el niquel. Y el cadmio. También fluor. Y otros elementos raros de la tabla periódica.
      Los directivos de la fábrica emitieron un comunicado de prensa. Si bien no podían difundir el contenido exacto del producto limpiador. La empresa asegura que no contiene elementos nocivos para la salud. Están apercibidos de ciertos análisis que están dando vueltas por Supranet y es todo una confusión. Hay ingenieria espacial de por medio, elementos extraídos del espacio. Es seguro que tales elementos interfirieron en los resultados del análisis.
      Las cosas, lejos de solucionarse, adoptaron un matiz alarmante. Las ventas de Limpiolín bajaron y los rumores sobre un accidente en la fábrica crecían.
      Un directivo de la empresa convocó a la prensa. El comunicado sería transmitido a todo el mundo. El directivo sudaba como un chancho frente a las cámaras.
Aclaró la garganta y dijo: 
      - Como es de público conocimiento, hemos decidido quitar del mercado el producto de limpieza Limpiolín. Nuestra fábrica ha sufrido un accidente de tremenda importancia para nuestro planeta. Paso a contarles:
      En el año 2345 enviamos una sonda a la galaxia de Andrómeda. Gracias a nuestros desarrollos en el estudio de los agujeros negros, logramos por primera vez extraer material de un agujero negro sin poner en peligro la nave. La misión fue un éxito.
      Cinco años después logramos estabilizar el material del agujero negro. Como podrán adivinar, parte de ese material fue a parar a la fabricación de Limpiolín. Tuvimos un desafortunado accidente, el material del agujero negro se tornó inestable. Por lo tanto, urjo a las naciones a reunirse...
      El mensaje fue interrumpido por la catastrofe. Así fue como la vida en la Tierra dejó de existir.

lunes, 20 de abril de 2015

Día 337: ¿Quién se ha tomado todo el vino?

      Sobrio. Así debería retirarse. Sin hacer esos despioles de antaño. Ser un hombre serio, un tipo de sociedad, esos que pueden saludarte con la mano sin echarlo a perder. Hay que abordar la valentía desde otro costado. Uno con menos margaritas.
      Estas fiestas de mierda. Ahora subiría al escenario un par de amigos para contar algunas anécdotas estúpidas. Luego comerían. Un pequeño brindis. Y las palabras del nuevo desterrado de la vida laboral.
      Todo con mucho humor. Así son las despedidas. Salvo que estés sobrio. Sin alcohol. La cabeza perdida. ¿Estaría borracho de tanta sobriedad? O al menos caía en ciertos pozos que le dejaba puesto la realidad. Así al azar.
      Primero, no estaba viejo. El sistema así lo dictaminó, y no podía hacer nada al respecto. Segundo, ninguna persona sentada a su alrededor era su amigo. Todos oportunistas. Ellos quieren mi puesto. No hay otra posibilidad.
      Tercero, los vampiros escondidos en el salón no tardarán en atacar. Esperan su momento. Uno de los malvivientes cortará la luz y luego sería su fiesta. Cuarto, todo podía suceder en las próximas horas. La empresa tiene pocos especialistas en su área. Es posible que un par de muerte a mano de sus nuevos amigos colgados del techo aceleren la restitución a su puesto, con todos los beneficios de sueldo.
      Claro ese sería, quinto, su juego. Si los vampiros los mataban a todos, no habría empresa. Lo mejor sería advertirles. Es lo mismo, no le crearían. Las porquerías son invisibles. El defecto en el ojo le permitía verlos. Estaban ahí, colgados del techo, saboreando las presas. 
      Igual lo peor es lo que le dejaría a los vampiros. Un cuerpo sobrio. Sangre sobria. No contaminada. Morirían de antilascivia, eso es lo seguro. Sexto.

domingo, 19 de abril de 2015

Día 336: Puto el que lee

      Putas petulantes que se dejan coger por la puerta de atrás. Se creen demasiado con sus palabras suntuosas hechas de aire. No saben nada. Morirán como la mierda que son. La pija de la vida se la van a clavar por el culo hasta desgarrarlas. Allá ellas, los pedantes, los soberbios, los hipócritas, todos contra el puto pabellón de fusilamiento.
      Nunca más un pedestal. Se hace demasiado obvia esa sonrisa ex profesa. Clávenlo en una cruz. Escúpanlos. Haganles saber que nada se equipara a nada. La nada. En el vacío creemos, porque no queda otra cosa. Y ellos, las madamas del conocimiento, las putas de la filosofía, las putas de la sociología, las putas de la historia, todas reunidas en el pabellón, a la espera de un tiro certero.
      Mueran. Mueran. Mueran sin más. Dejen en paz al pueblo. Olviden lo sabido. Rebobinen. Atrás. Atrás. Donde natura impera. Cuando nadie se preocupaba por lo que un cerebro podía adquirir. Felices espantapájaros sin cerebros. Felices. Sin caminos amarillos. Sin magosdeozes. Felices.
      Y allí entran las putas, con sus trajes universitarios. Con sus poses de gallina clueca. Con sus sistemas de creencias invertidos. Alterados. Con sus palabras raras de aire. Vacías. Nada. Eso es lo real. El no existir. El no existiendo. Nada. Callar. Llamarse al silencio. Y repetir la mímica. Una y otra vez.

sábado, 18 de abril de 2015

Día 335: A1 Atropellado

      Los motivos de una fuerza intempestiva no se encuentran. Nacen. Brotan. Lo mismo ocurre con los negocios. Aquel con el temple suficiente para arrasar con la competencia es lo que puede llamarse un comerciante nato.
      Casos hay varios. Está ese vendedor de televisores que ofrecía sus productos puerta a puerta. O un actor retirado que ofrecía clases de actuación en cómodas cuotas a personas de la tercera edad. Luego están los vendedores de cosas inservibles y por último, las academias de conducir.
      Los que enseñan a manejar, automóviles, por supuesto, se llenan las arcas con mucho, mucho, vil metal. Papa Conehead lo entendió a la perfección luego de analizar a la raza humana. Los instructores de manejo son los que se ganan el billete gordo, el premio suculento, la raba más rica, la frutilla del postre. Y así. 
      Aunque la máquina de fajar billetes es inapelable, los métodos de los nuevos instructores son más que cuestionables. Uno de los polémicos instructores nos cuenta que prefiere enseñarle a sus alumnos a través de simuladores de manejo o videojuegos, como el Carmaggedor, así pueden "sentir la violencia de las calles".
      Muchas academias de conducir también han adoptado parte de estos nuevos métodos radicales. De acuerdo a un instructor sueco, el conductor tiene que sentir el miedo a perder el control, todo el tiempo. Si, todo el tiempo. El miedo es la base de la pirámide del comportamiento humano, nos cuenta el afamado instructor y agrega: lo mismo para manejar.
      Por eso es que los alumnos de esta academia deben superar las pruebas más duras, como hacer zigzags pronunciados en avenidas atestadas de vehículos (en la primera clase), estar atentos a las sorpresas del instructor, que puede tomar el volante por sorpresa, o apretar el freno de golpe y, sobre todo, estar concentrados ante las distracciones del mundo. 
      Antes tirábamos un muñeco al parabrisas, pero no resultaba efectivo. Con el tiempo perfeccionamos las técnicas de aprendizaje, hasta llegar al empleo de personas reales, dice el instructor. Lo hacemos cada dos kilómetros más o menos, uno de nuestros compañeros se tira al parabrisas, para ver cómo reacciona el alumno. Por lo general frena. Muy pocas veces salió un instructor herido. Salvo ese caso. Bueno. No vale la pena mencionarlo. 

viernes, 17 de abril de 2015

Día 334: Sonámbulo

      Una perilla para apagar el mundo. Otra para prenderlo. Y así. Hasta destruirlo en un frenesí de perillas. Es tan solo una configuración transitoria. Una sombra que araña la superficie. Busca la luz, desesperada, como si fuese lo único que necesita.
      Del otro lado hay verdades, por supuesto. Pero verdades que no sirven para nada. Es tan solo una colección de logros inútiles, como para exhibir en una vitrina a personas que no saben nada de nada. Y una amonestación peor al que cree saber. Porque no existe el conocimiento. Es un invento de los padres.
      A veces las naciones precisan de una gota de libertad, como para no levantar sospechas. Por si algún día hay un juicio universal contra el planeta Tierra. Las máquinas devoradoras de evidencia están prendidas, ante las dudas.
      Es el planeta que nos queda vivir por el resto de nuestras cagadas existencias. No queda otro. No existen las carreras espaciales contra la nada misma. No existen. Queda solo un pedazo de tierra al que va a ir adosado nuestro cadáver pronto sepulto.
      Reinará entre los justos. Será el rey en su reino. De los millones de faros en la ciudad, solo algunos resisten.  Pocos esos momentos. De los que harán falta recordar.

jueves, 16 de abril de 2015

Día 333: La escala de Halley

      Hace demasiado, cuando las computadoras estaban en uso, existía un modo artificial de llamar a cierta porción mensurable. Los seres humanos la llamaban tiempo. Como a todas las cosas inventadas por el hombre, el tiempo le ha sido de mucha utilidad, y por cierto, motivo de otras tantas cosas inútiles.
      En un principio, la medición del tiempo respondía, antes de la invención del reloj, a cuestiones simples. Cuando sale el sol, cuando baja. Dormir, comer, despertarse. Cosas simples. Nadie necesitaba un cronómetro para necesitar realizar sus... necesidades. Dormir, comer despertarse. Y entre tanto un divertimento.
      Luego el asunto con la humanidad se salió un poco de control. Los bebés humanos no paraban de nacer. Con ellos nacían nuevas bocas con necesidades, de dormir, comer y despertarse. Los grandes territorios que otrora servían de divertimento para las escasas tribus empezaron a quedar más chicos. Todavía faltaba para la explosión demográfica de las grandes ciudades. Pero ya los primeros problemas empezaron a surgir. Lo más importante, ¿cómo lograr el equilibrio y el sustento de la especie sin caer en una andanada interminable de guerras civiles/familiares/tribales?
      La respuesta a ello fue: Separación. Los clanes marcaron territorio, como los gatos cuando mean el baño. En estas primigenias naciones se empezó a gestar el sentido del trabajo. Ahora un nuevo elemento venía a aguafiestear la línea directa que existía entre hombre y necesidad. Ahora el hombre tendría que trabajar para comer, dormir para trabajar y despertarse para no perder el trabajo. 
      El trabajo, como buen aguafiestas, generó una nueva necesidad: el ocio. El simple divertimento que los antepasados humanos desarrollaban entre sus períodos de necesidad se convirtió en una nueva necesidad.
      Y entre tantas necesidades de necesidades, se fueron agregando pequeños engranajes a la maquinaria, conforme los seres humanos abrían cada vez más la despensa que lanzaba bebés al mundo. Así fue como a un genio se le ocurrió la idea del tiempo y el reloj. Tan solo un eslabón más a la cadena interminable de artilugios culturales que el hombre inventó para estructurar la superficie de su realidad.
      Funcionó. Es cierto. Aunque después vinieron los percances. El reloj no solo midió las horas, minutos y segundos de trabajo. Sino que también reguló las horas, minutos y segundos de comida, e incluso las horas, minutos y segundos de ocio y la apertura de despensas lanzabebés.
      Al final le pasó como a todo signo sobrecargado por el uso. Decayó. Luego cayó. Y desapareció. Como el VHS, el jabón y otras tantas cosas. Hay que reconocerle algo a la humanidad, el circuito generado en torno a los años y las edades fue una invención original, y meritoria. 
      Antes los humanos solían contar sus años de vida, como si esa cuenta los fuera a salvar de la muerte o del sinsentido de la existencia. Luego apareció otro genio que acertó en sus apreciaciones respecto al vehículo humano. 
      De acuerdo a esta persona, la vida humana debería ser medida en lo que él llamó: Escala de Halley. La escala era sencilla. Contabilizaba la cantidad de veces promedio que un ser humano podría ver el paso del Cometa Halley por la Tierra. 
      Dado que el promedio en que la órbita del cometa coincide con el planeta Tierra es de 76 años y la esperanza de vida humana es un tanto similar, el promedio de la Escala de Halley en un hombre de la media es de uno. Uno en la escala de Halley. Así estaba la vida representada, encapsulada en un nuevo concepto. Algunos afortunados llegaron al dos, mientras que otros, tragedia mediante, redondeaban un cero. Uno. Como la vida. De algún modo la escala de Halley acercó un poco más a la humanidad a sus inicios. Aunque no sea para tanto.

miércoles, 15 de abril de 2015

Día 332: Bastardo

      Antes era más fácil ser hijo de nadie. Solo bastaba con nacer, ser tirado a un tacho y que nadie te reconozca. Después los tiempos cambiaron y con ello, también las tecnologías para medir la forma en que se reproduce la raza humana. 
      Hace unos cuatro siglos atrás, sobre todo a mediados del siglo XX, las personas solían reproducirse al ritmo de los conejos. La crisis reproductiva redundó en una crisis económica, social y política. Ya para el año 2125 se habían emitido las primeras leyes mundiales de control de natalidad. Leyes que distaban de los consejos de cuidarse durante las relaciones sexuales con un método contraceptivo. La ley no era una sugerencia, de hecho tener un hijo en ese entonces sin los permisos requeridos equivalía a una pena de muerte.
      Sendas jornadas de esterilización masiva pasaron. Y la reducción del 20 % de la población, pactado entre las naciones para principios del siglo XXII fue todo una realidad. Aunque muchos historiadores acotan que las muertes causadas por la Tercera guerra mundial no fueron tenidas en cuenta a efecto de las estadísticas. Y vaya que habían muerto bastantes. Bombardeos intercontinentales, guerras de guerrillas, entre militares, civiles y cada tanto alguna que otra bomba de hidrógeno. En total fueron 17, de las cuales 8 por lo menos cayeron sobre territorio chino. 
      Gracias a los nuevos controles de natalidad y las técnicas modernas de recolección de ADN, en poco tiempo se conformó en una pequeña isla del Océano Pacífico el primer banco mundial de ADN. Nadie sabía de la existencia del banco, solo algunos pescados gordos del Gobierno. Incluso los rumores hablaban de experimentos y cosas sacadas de libros de ciencia ficción. 
      Por supuesto que gran parte de los rumores eran infundados. El archivo de ADN servía a fines de identificar a las personas. El proyecto genoma humano había acelerado los pasos. No faltaría mucho para hacer los cambios de tecnología pactados por las naciones. 
      Así fue como durante el siglo XXIII se derogaron, junto con las fronteras nacionales, las leyes referidas a la identidad y su documentación. Solo bastaba con una gotita de sangre. Un pequeño aparado conectado a la Supranet enviaba la información al bunker del Océano pacífico, y en cuestión de segundos se dibujaba frente a la pantalla el árbol genealógico del sujeto en cuestión. A veces las ramas se remontaban a más de 1000 años.
      En resumen, nada escapa a las garras del Gobierno mundial. Salvo yo, claro. Soy lo que solía llamarse en otros tiempos un hijo bastardo. La palabra ha caído en desuso desde la implementación de los bancos de ADN. En realidad, lo mío es un caso raro. Hijo de nadie. El sistema en el banco de data nos identifica con una equis y un número colocado al azar. X265, así me denominaron. Son casos raros, dicen. Por lo general está asociado a una mano poderosa que borra con el codo forrado en oro la historia de sus hazañas sexuales. Ese es mi padre. El que no conozco. Y nací artificialmente, sin madre, así que eso me hace en los papeles lo que llaman un hijo de nadie. Un bastardo.
      Me gusta creer que soy un hijo de mundo. Una descendencia testimonial del paso de la humanidad por la Tierra. Puede sonar un tanto grandilocuente, pero es la teoría que mejor me cierra. Aunque quizás no quiera darme cuenta que las cosas que pasaron hace más de cuatro siglos, de hecho pasaron, pasan y seguro pasarán. 

martes, 14 de abril de 2015

Día 331: La conquista del desierto

      Te concedo el beneficio de la duda, querido lector. Si vas a arrojar esta historia al fuego para que crepite este es el momento. No comenzaré a narrar hasta que aquellas personas que no deseen continuar hayan abandonado el recinto/computadora. ¿Listo? ¿Cuántos quedamos? ¿Uno, dos? Bueno, no importa. Me voy a contar este pequeño cuento para mí mismo.
      Adolfo tenía un Renault 12, modelo 81. Verde claro metalizado de color. El auto estaba impecable. Pocos kilómetros encima. Primera mano. Una joya de mecánica. Con esa maravilla de la ingeniería moderna conducía por la Ruta 20 de La Pampa. Luego tendría que hacer el empalme con la 143, seguir hasta que se convirtiera en la 152, y de ahí a la Ruta 35 para terminar el recorrido en Santa Rosa. En resumen, tenía unos 400 y pico de kilómetros de viaje por delante.
      El autito se la bancaba. Tenía jodido el burro de arranque, pero no echaba una sola gota de humo. El Renault 12 era un auto fiel, nunca lo había dejado a pata. Aunque, siempre hay una primera vez para todo. Comenzó con un zumbido. Luego un grotesco ruido, como si acabase de arrollar a un rinoceronte enfermo. Y el auto no arrancó más.
      Giró la llave para poner el auto en contacto. En vano apretó el acelerador. Adolfo miró a sus alrededores. La ruta 20 tiene unos 200 kilómetros de extensión y cuenta con la peculiaridad de atravesar una grandísima cantidad de nada. La nada misma. El desierto y solo desierto. 
      Ese día hacía un calor de cagarse. El termómetro estaba clavado en los 43 grados centígrados. Adolfo sudaba como un chancho, mientras miraba con su cara de cordero las inexistentes lineas de señal de su celular. 
      ¿Siguen leyendo? Todavía están a tiempo de cambiar la página o cortar el pasto. Les advierto que las cosas van a ponerse muy feas, sobre todo para el pobre Adolfo.
      Así que la situación lo tenía atrapado en una ruta desértica, con el pueblo más cercano a unos cien kilómetros y el calor, que en verdad era de cagarse. El solo recuerdo del calor de cagarse le revolvía las tripas a Adolfo. Había comido hace unas cinco horas atrás en una estación de servicio. Y gracias a la genética, su sistema digestivo funcionaba con la precisión de un cronómetro suizo. 
      El asunto del auto roto disminuyó en importancia. Ya olvidó hasta que tenía un Renault 12. Los retorcijones en el estómago crecían. Es poco relevante mencionar que el desierto pampeano, que otrora devanó los sesos de personajes como Julio Argentino Roca, era un gran inodoro a disposición del universo.
      Aún así, a la naturaleza se le había olvidado de plantar el papel higiénico. Adolfo tendría que caminar unos penosos 7 kilómetros hasta el próximo poste de SOS y esperar. Esperar. Esperar. Y sobre todo, aguantar. Aguantar. Retener. Pensar en otra cosa. Pero la cosa quería salir. Como un alien. Esos no piden permiso, destruyen el abdomen de sus huéspedes y ese es el fin de la historia.
      El alien de Adolfo pedía pista. No podría esperar más, la cosa le desgarraría el culo. Y no estuvo lejos. Fue una cuestión dolorosa. Y dura, como un granito marrón oscuro. El desierto se reía a sus espaldas. No, mejor, se le reía en la cara. Una viento fuerte pasó por entre sus piernas, junto al polvo que se le pegaba entre los genitales y el ano.
      A esa hora de la tarde no pasaba un alma. No se limpiaría en el auto. En su querido auto. El Renault 12 tendría que permanecer inmaculado, al menos por unos cuantos años más, hasta que lo vendiera como chatarra, o se lo deje de recuerdo a su sobrino. 
      El termómetro golpeaba los 45 grados. Nadie se preocuparía mucho si caminaba un par de kilómetros sin pantalones. No podía ensuciarse. No debía. Aprovecharía el agua del poste de SOS. Un mal momento para Adolfo, sin duda, y su trastorno obsesivo compulsivo a cuestas. Estar sucio era lo más cercano a la agonía que había vivido en su mediana vida.
      Caminaba por el medio de la ruta. El viento corría en contra. Por suerte la polvareda había aflojado. Adolfo daba pasos de pingüino, para evitar ensuciarse más. El culo le quedaría paspado, por cierto.
      El poste de SOS lo esperaba. Un oasis, pensó. Adolfo corría hacia la canilla. Posicionó las nalgas contra la llave de agua. En su mejor imitación del perro de Pavlov, Adolfo cerró los ojos con indisimulado placer. Al igual que el perro de Pavlov, solo fue una respuesta ante el estímulo. La canilla permanecía tan seca como todo lo que la rodeaba. Complotada con el desierto.
      Una llamada oportuna prometía servicio de grúa en el transcurso de las próximas 3 horas. Tendría que sentarse a esperar, mejor dicho, quedarse parado, abierto de piernas, a esperar. No podría resistir más, el TOC lo mataría. Adolfo abrió las manos. Sus palmas se mantenían bastante limpias, dentro de todo. Recordó los juegos de niños, cuando un nene trataba de adivinarte el futuro y te hacía una pileta de garzo en la palma de la mano. Es como un parto, pensó, solo lo incomodará unos segundos. Escupió en sus manos hasta llenarlas de saliva y así empezó a trabajar allá abajo.  

lunes, 13 de abril de 2015

Día 330: Cinematografía

      El odio en la piedra caliza. Es una herida marcada, que no se borra. Puede conducir a los recovecos de la fe, a los callejones sin salida de una esperanza agotada. Es un concurso de estrellas que piden vivir una noche más antes de desaparecer. 
      En las confrontaciones de otros tiempos, recuerdos que se confunden, episodios que se alternan. Los días pasan rápido hasta la muerte. Sin alivios entre medio. El ritmo es lacerante. Óptimo. El ruido de una fábrica que no deja de bombear, una y otra vez, los fluidos hacia el circuito indicado. La máquina de vida no se detiene. 
      Puedes preguntarle al mundo cuántos colores tiene el televisor. Y cuántos televisores se necesitan para retratar al mundo. Un momento grande. Único. Detenido. Iluminar esa foto en movimiento. Un fantasma tras otro, diferente al anterior. Un truco de cámara. El reflejo de miles de lentes posando sobre una mariposa inquieta.
      Nacimos por aquellas preguntas. Enigmas sin resolver. Cartas de tarot arrojadas al tacho de basura. Somos el intento más acabado del azar y sus posibilidades de anticiparlo. La forma más depurada de la galaxia. Un tronco con universos dentro de sí. Una catarata de luces y sombras que alternan paisajes desolados, derruidos y los confines de un nuevo lugar, virgen a los sentidos, apenas creado para el bien de lo que vendrá. 

domingo, 12 de abril de 2015

Día 329: El 48

      Un ensayo a prueba y error. A veces despertar podía ser una caída de las grandes. Una gran conmoción acogota la esperanza de los ídolos de piedra. Decían que era más que un festival. Las personas dormitaban en carpas con olor a orina y cerveza. Todo por su genio de la lámpara.
      Ese ídolo se pararía frente a las masas y ensayaría un par de acordes que engatusaría a cada mujerzuela de la sala. Nadie hablaría de sus problemas de impotencia o calvicie. De hecho nadie se atrevería a mencionar de manera tan abierta cuántos años tiene. Así hay que tratar a las estrellas de rock. Pero si mi abuelo lo vio en vivo. Y todavía tiene el pelo negro.
      Cuando se hace la biaba, miran para otro lado. Por eso se los llama fans incondicionales, porque están dispuestos a realizar los actos más heroicos y estúpidos. Todo por su ídolo de pelo negro que en realidad ya no es negro. En realidad le quedan algunos pelos de ese color, pero en su mayoría son grises o blancos. La calvicie y el encanecimiento son procesos que ocurren conforme el ser humano avanza en edad, o se hace viejo.
      Luego de tanta espera volvía el héroe de las frases urticantes. Ese hombre capaz de destrozar a un sistema con sus canciones. De hacer temblar un estado con un solo acorde (y veinte torres de sonido, y cuarenta y ocho amplificadores de 120 watts, y ciento veinticuatro cabezales y potenciómetros, preamplificadores, doscientos veinticuatro pedales de efecto). Una gran verdad. El estadio temblaba con el peso de un solo acorde. Tan significante.
      Con las canciones más conocidas se iniciaban los coros del público. Las personas se aleccionaban entre ellos, como para buscar un lugar más cercano al escenario. En realidad se pisoteaban. No dudaban en pasarse por arriba, conforme avanza la estampida.
      Al final llegaron los éxitos. El cantemos todos a rojo pulmón vivo. Una vecina que vivía a un par de cuadras sintió el temblor y temió por la vida de su gatito. Creyó que ocurría un terremoto y se escondió debajo de la mesa, junto a Charles Manson, por supuesto. Charles Manson, aparte de ser un famoso asesino en masa, era el nombre del gato de esta señora. Murió de un paro cardíaco. Fue el susto. Charles Manson, mientras tanto, lamía a su dueña. Y no sabemos cómo, pero abrió la heladera y se comió todo lo que había dentro.
      El último esfuerzo. Dejaría que el público cante los bises, para arengar, para disimular la falta de aire. Aprovecharía un largo solo de guitarra de ese joven muchacho que contrató hace un par de años para salir y fumarse un cigarrillo y tomar alguna que otra copa de jerez. Volvería a agradecer a esas personas que lo siguen de modo incondicional. Les diría las mismas barbaridades que repite de modo aleatorio en los quinientos costados del universo y volvería, por la noche, a la comodidad de su ataúd.

sábado, 11 de abril de 2015

Día 328: Romería

      Veinte mil kilómetros, quinientos veintiocho metros. Y dos pasos. Esa era la distancia exacta. Ni un centímetro más. Ni un centímetro menos. Nada más fácil, tan solo caminar. Paso, paso, paso. Despojado. Nada de medias. Sin calzoncillos. Tampoco pantalones. Así la romería se hace. Desnudez. 
      Es como en los sueños. Esa pudor iniciático. Nadie sabe a ciencia cierta lo que depara el camino. Tan solo la verguenza y el estupor. Y aún así, la certeza del camino correcto. Asoman los genitales al mundo, saludan en su idioma. Ondulan las bolas al son del viento. 
      En un recodo de las emociones los sueños se apagan. Aparece esa realidad. En todo su esplendor. Un momento de agujas y espinas. En ese duelo de musgo y serpiente, el hombre advierte su carne. Se sabe sin ropas en un largo trecho.
      No recordaba el origen de la situación. Quizás una apuesta. Eso sería. Una serie de juegos para demostrar quién de todos ellos la tenía más larga. Así es como funcionaban las cosas en el barrio. Luego, a la mitad de los kilómetros recorridos, el arrepentimiento. 
      Es una necesidad. Casi patológica. Hay que pedir perdón. Por el aire. Por el viento. Por ser humano. Por nuestra existencia. Por el escroto que acaricia el polen de una planta. Hay que pedir perdón. Por los pecados que no existen. Los pies a través de esos veinte kilómetros, quinientos veintiocho metros, dos pasos. Una romería del abismo y la desnudez. 

viernes, 10 de abril de 2015

Día 327: Problemas de la vida: uno mismo

      De la boca cerrada que no entran moscas. A la boca cerrada que no entra nada. Una simple sutura, unos cuantos puntos. El flujo del aire salía por un pequeño orificio triangular situado en el medio de la garganta. La boca estaba, de hecho, cosida con hilo sisal. 
      Una sonrisa grotesca, eterna, imposible de desdibujar calaba su rostro. Alimentarse no era muy divertido. A sus padres todavía le hacían gracia los enemas. Posdata: no son graciosos los enemas. Más cuando el líquido se calienta de más. Aclaración: el enema pasa por el culo. 
      El portento de una lucha. Así era preferible. Moriría con la paz de un silencio adecuado. Todo moriría bajo el placer de sus elecciones. Así todo callado y cosido. Al principio dolió, claro. Nadie le dijo que iba a dolerle tanto. Muchos le preguntaron el porqué. Y porque sí.
      No hay muchas alternativas. Es ser algo en la vida o caminar por el costado. El costado es más gracioso que un enema. Incluso puede ser más iluminado de lo que parece, a pesar de que los reflectores no lleguen con la potencia a dar luz. 
      Ha tenido tentaciones. Es cierto. Por las mañanas le nacen las ganas de lavarse los dientes o pegar un grito Pero después se le pasa. El precio de la penitencia. Algo que con gusto paga. Y ahora obtenía lo que nadie: paz. Mucha paz. Había descubierto algo en el silencio: a sí mismo. Pensó que ese lugar estaba perdido. Pero ahí se encontraba, no se había ido a ningún lugar.
      Todo condensado, era como una pequeña nebulosa posada sobre su cerebro. Y los problemas de la vida: uno mismo. El intríngulis. Lo había descubierto todo, cada pequeño recoveco pintado de manera grosera. Una mano de pintura que tapaba un hoyo evidente. 
      Así descubrió la posibilidad de muchos universos conviviendo en un sin fin de realidades. Como un mecanismo de relojería fino articulado por una ley invisible y caótica. Un reloj desquiciado, algo así era la vida. Con el tiempo las personas lo descubrirían. Él ya estaba inmerso.

jueves, 9 de abril de 2015

Día 326: Observatorio

      El niño mira al cielo repleto de estrellas y se pregunta: ¿cual de todas ellas serán mías? Tal vez todas, es la respuesta silente de un espectro que pasaba por ahí. Una casualidad confundió sus caminos. El niño no sabe nada de males, nada de precios. Solo quiere poseer un intangible, como cualquier pequeño.
      Luego crece. A veces olvida. El corazón se endurece como piedra. Evoca catástrofes de un porvenir aún distante. Olvida. Y el pasado queda atrás, atrás, muy atrás. Da para sentarse en una posición complaciente. Esperar a que las estrellas caigan sobre nuestros talones.
      Para el niño el mundo es enorme. En realidad lo es. Algo más que se olvidan: las cosas obvias. Y no recordar que ciertas situaciones a veces ocurren por que sí, sin razones aparentes. Para las nuevas realidades mayores galaxias.
      En las esperanzas de un pequeño reposa todo el destino del universo. Podría explotar o expandirse. Dar vueltas al revés. El niño todo lo ve. Absorbe el sentido y lo reconfigura hacia la nada misma. Nadie conoce mejor los artilugios de la creación. Tan simple y complejo. 
      Los electrones bullen entre los recovecos de la insignificancia. Un gran dibujo de color rojo. Es una estrella que nace. Es para divertirse. El sueño de algo diferente.
      El niño vuelve a mirar al cielo. Reclama su parcela de estrellas. No cede a su berrinche. Porque sabe que un día el mundo va a estar a sus pies. Ese mundo le dará un racimo repleto de astros para jugar y jugar, y así dirimir las claves de su momento.

miércoles, 8 de abril de 2015

Día 325: ¿Viven?

      Atravesaron la montaña con sus sacos llenos de mierda. Por supuesto sobrevivirían. A la historia le gustan los héroes. Así fácil olvidan todos los pequeños detalles oscuros. Uno de esos hombres gloriosos se comió la pierna de otro hombre glorioso. Pero todos lo olvidaron. Es más fácil dejar pasar un minúsculo evento de antropofagia.
      De todos modos fueron héroes. Así los retrataron en los principales medios de comunicación. Luego los invitaron a algunos programas de televisión. Eran la sensación. Aunque nadie mencionaba los detalles oscuros, como comerse gente y esas cosas.
      Aunque lo peor de todo era lo que ocultaban. En realidad sí tuvieron que comerse entre ellos. Era una situación de vida o muerte. Necesitaban alimento. Allá en la montaña no pasaba ni una mísera cabra. Así que el hecho de rebanarse una pierna y cocinarla al asador se hacía una opción cada vez más factible. No, ese en realidad no era el mayor problema.
      Lo peor de todo era que lo seguían haciendo. Como un pecado culposo o vaya a saber por qué. Pero sí, todavía comían personas, aunque ya no lo necesitaran. De hecho preferían masticar un muslo humano a pedir una hamburguesa en Mc Donald's. Nadie decía lo obvio. La carne humana era muy rica. Deliciosa. Manjar de dioses. Comida gourmet. Por decoro, para no herir susceptibilidades, tenían que callarlo. Y claro, comer en silencio.
      Los psicólogos no lo entenderían. Fue un hecho traumático, es cierto. Que requiere atención profesional, eso también es cierto. Pero un profesional de la salud mental no lo sabría manejar, por cierto muy cierto, más que cierto. Un psicólogo con suerte los mandarían a encerrar. Cinco sobrevivientes de una catástrofe aérea confinados al loquero.
      Y no sería tanto problema si fuese un asunto de drogas o maltrato familiar. Las personas resisten los golpes o que cada tanto aspiren una línea de cocaína. Así es como los cría la televisión. Pero cuando una persona decide comerse a otra persona, ahí es cuando ponen el grito en el cielo. Ni que hablar si esa persona llegara a confesar que le gustó. Así es la moral en los tiempos de crisis.
      También es una suerte. A estas personas que tanto se les pudo haber negado las cosas simples de la existencia se les ha dado una oportunidad. Es una forma de salvaguardar el hambre, quizás no es la más lícita, pero sirve al propósito. Preferirán evadir las grandes cadenas gastronómicas. Se reunirán a comer con asiduidad. Y tal vez, cada tanto, se los vea frecuentar algún que otro restaurante de comida china.

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