lunes, 6 de abril de 2015

Día 323: Otra teoría sobre la escritura

       Es solo por el divertimento. Escribir unas cuantas frases ocurrentes. Luego estirarlas hasta el extremo de lo original. Cuestionable. Después vienen los signos de puntuación y esos resquicios de rebeldía gramatical. Es como poner toda la carne al asador. Ahí salió la comparación.
       Están todos los elementos conjugados. Aunque siempre faltan otros tantos. No hay nombres propios. O los hay y son genéricos, como Carlitos o Ricardo. O falta el pronombre y la referencia es fantasmal. También las palabras se repiten y las descripciones son pobres o inexistentes. 
       Una poética exagerada del error. Los diálogos tampoco aparecen. Es un largo monólogo. Una voz interna que se desanda como el estómago de una boa constrictora. Es un rejunte de lugares comunes, de esos mencionados hasta el hartazgo en los cuentos del siglo XIX. En realidad es literatura para divertir. Para el propio regocijo. O algo parecido.
       Seguro no es nada. Es una gripe falsa. Tampoco podrían faltar a la cita las palabras raras. Esas que surgen como parte de un léxico entreverado, o una lotería de diccionarios. Escrófula. Cacatúa de menorrea. Conato de estiercol. Y cosas semejantes. Eso que a los poetas le gusta tanto hacer. Juguetear con el lenguaje. El clítoris de una puta. Resquicio anodino. La belleza de la lengua. Ácido. 
       Así es re contra divertido. Para uno. El que lee se aburre. No entiende. No le cabe en la mente el eje masturbatorio-mental de aquel que escribe. No les cabe en la cabeza la idea del canto (masturbatorio) a mí mismo. El que lee busca algo conocido, pero a su vez diferente. Una lapicera mordida en la punta, o doblada por el calor de una hornalla, una cosa así. Eso busca. Pero, al igual que el cliente, el lector siempre tiene la razón.
       El lector siempre tiene la razón, aunque la razón sea la mayor idiotez inventada por la humanidad. Detrás del paraguas de la razón suelen esconderse aquellos que pecan de pedantería y otras estupideces anónimas y conocidas. Luego lo escriben, para que otros le digan que está en lo cierto. Para que lo alaben. Para que lo lleven en andas, como un goleador de fútbol. Quiere ser el héroe de las cinco de la tarde. Antes de la hora del té.
       En realidad el que lee no entiende nada. Está casi tan ciego como el que escribe. Como Borges pero peor. El que escribe siempre anda a tientas entre los muros de las palabras. Vomita las frases como mejor le sale, aunque deje el enchastre en el piso. Trata, aún así, de embocarle al inodoro. Nos decimos, con el mejor de los ánimos, ya va a pasar, ya va a pasar. Y el dolor sofoca la garganta luego de tanta arcada. 
       Y es mejor decirle al mundo que cuando se escribe ni nosotros mismos nos entendemos. Apelamos a esa Esfinge llamada razón tan solo para justificar, a través de las correcciones, a ese espíritu revoltoso que quiere tomar partida de aquello que mueve nuestras manos, en el teclado, o con el papel. Tratamos de limpiar el enchastre del vómito, en una suerte de decoro inapelable. Y así le mentimos al mundo, le hacemos creer que realmente sabemos lo que decimos, aunque no sea la más mínima puta verdad. El que lee no entiende nada, igual. Pero prefiere al escritor que le asegura, en nombre de su madre, que lo que está pasando en el libro o la hoja, ocurre porque no podría haber ocurrido de otra forma. O sea, es porque es, y no lo vas a cuestionar, lectorucho de mierda. Aunque el escritor es benévolo, y no quiere castigar de forma tajante a su público, al que le da de comer. Por eso le deja un par de puertas abiertas, algunos misterios de dos más dos es cuatro, para que se sienta parte de esa trama, de ese universo que el escritor le pone enfrente de la cara.
       En el fragor de la batalla que se libra entre ambas partes, el contrato entre escritor y lector se desarrolla. Y es todo un engaño. Engaño frío y calculado. Ambos mienten y, de algún modo, ambos salen victoriosos. Aunque con pérdidas. Ambos destapan la misma olla. Esa olla de Pandora que huele a salsa bolognesa. Y alguien, ajeno a los mundos narrables, es el que pone la mesa. 

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