jueves, 9 de abril de 2015

Día 326: Observatorio

      El niño mira al cielo repleto de estrellas y se pregunta: ¿cual de todas ellas serán mías? Tal vez todas, es la respuesta silente de un espectro que pasaba por ahí. Una casualidad confundió sus caminos. El niño no sabe nada de males, nada de precios. Solo quiere poseer un intangible, como cualquier pequeño.
      Luego crece. A veces olvida. El corazón se endurece como piedra. Evoca catástrofes de un porvenir aún distante. Olvida. Y el pasado queda atrás, atrás, muy atrás. Da para sentarse en una posición complaciente. Esperar a que las estrellas caigan sobre nuestros talones.
      Para el niño el mundo es enorme. En realidad lo es. Algo más que se olvidan: las cosas obvias. Y no recordar que ciertas situaciones a veces ocurren por que sí, sin razones aparentes. Para las nuevas realidades mayores galaxias.
      En las esperanzas de un pequeño reposa todo el destino del universo. Podría explotar o expandirse. Dar vueltas al revés. El niño todo lo ve. Absorbe el sentido y lo reconfigura hacia la nada misma. Nadie conoce mejor los artilugios de la creación. Tan simple y complejo. 
      Los electrones bullen entre los recovecos de la insignificancia. Un gran dibujo de color rojo. Es una estrella que nace. Es para divertirse. El sueño de algo diferente.
      El niño vuelve a mirar al cielo. Reclama su parcela de estrellas. No cede a su berrinche. Porque sabe que un día el mundo va a estar a sus pies. Ese mundo le dará un racimo repleto de astros para jugar y jugar, y así dirimir las claves de su momento.

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