sábado, 11 de abril de 2015

Día 328: Romería

      Veinte mil kilómetros, quinientos veintiocho metros. Y dos pasos. Esa era la distancia exacta. Ni un centímetro más. Ni un centímetro menos. Nada más fácil, tan solo caminar. Paso, paso, paso. Despojado. Nada de medias. Sin calzoncillos. Tampoco pantalones. Así la romería se hace. Desnudez. 
      Es como en los sueños. Esa pudor iniciático. Nadie sabe a ciencia cierta lo que depara el camino. Tan solo la verguenza y el estupor. Y aún así, la certeza del camino correcto. Asoman los genitales al mundo, saludan en su idioma. Ondulan las bolas al son del viento. 
      En un recodo de las emociones los sueños se apagan. Aparece esa realidad. En todo su esplendor. Un momento de agujas y espinas. En ese duelo de musgo y serpiente, el hombre advierte su carne. Se sabe sin ropas en un largo trecho.
      No recordaba el origen de la situación. Quizás una apuesta. Eso sería. Una serie de juegos para demostrar quién de todos ellos la tenía más larga. Así es como funcionaban las cosas en el barrio. Luego, a la mitad de los kilómetros recorridos, el arrepentimiento. 
      Es una necesidad. Casi patológica. Hay que pedir perdón. Por el aire. Por el viento. Por ser humano. Por nuestra existencia. Por el escroto que acaricia el polen de una planta. Hay que pedir perdón. Por los pecados que no existen. Los pies a través de esos veinte kilómetros, quinientos veintiocho metros, dos pasos. Una romería del abismo y la desnudez. 

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