domingo, 12 de abril de 2015

Día 329: El 48

      Un ensayo a prueba y error. A veces despertar podía ser una caída de las grandes. Una gran conmoción acogota la esperanza de los ídolos de piedra. Decían que era más que un festival. Las personas dormitaban en carpas con olor a orina y cerveza. Todo por su genio de la lámpara.
      Ese ídolo se pararía frente a las masas y ensayaría un par de acordes que engatusaría a cada mujerzuela de la sala. Nadie hablaría de sus problemas de impotencia o calvicie. De hecho nadie se atrevería a mencionar de manera tan abierta cuántos años tiene. Así hay que tratar a las estrellas de rock. Pero si mi abuelo lo vio en vivo. Y todavía tiene el pelo negro.
      Cuando se hace la biaba, miran para otro lado. Por eso se los llama fans incondicionales, porque están dispuestos a realizar los actos más heroicos y estúpidos. Todo por su ídolo de pelo negro que en realidad ya no es negro. En realidad le quedan algunos pelos de ese color, pero en su mayoría son grises o blancos. La calvicie y el encanecimiento son procesos que ocurren conforme el ser humano avanza en edad, o se hace viejo.
      Luego de tanta espera volvía el héroe de las frases urticantes. Ese hombre capaz de destrozar a un sistema con sus canciones. De hacer temblar un estado con un solo acorde (y veinte torres de sonido, y cuarenta y ocho amplificadores de 120 watts, y ciento veinticuatro cabezales y potenciómetros, preamplificadores, doscientos veinticuatro pedales de efecto). Una gran verdad. El estadio temblaba con el peso de un solo acorde. Tan significante.
      Con las canciones más conocidas se iniciaban los coros del público. Las personas se aleccionaban entre ellos, como para buscar un lugar más cercano al escenario. En realidad se pisoteaban. No dudaban en pasarse por arriba, conforme avanza la estampida.
      Al final llegaron los éxitos. El cantemos todos a rojo pulmón vivo. Una vecina que vivía a un par de cuadras sintió el temblor y temió por la vida de su gatito. Creyó que ocurría un terremoto y se escondió debajo de la mesa, junto a Charles Manson, por supuesto. Charles Manson, aparte de ser un famoso asesino en masa, era el nombre del gato de esta señora. Murió de un paro cardíaco. Fue el susto. Charles Manson, mientras tanto, lamía a su dueña. Y no sabemos cómo, pero abrió la heladera y se comió todo lo que había dentro.
      El último esfuerzo. Dejaría que el público cante los bises, para arengar, para disimular la falta de aire. Aprovecharía un largo solo de guitarra de ese joven muchacho que contrató hace un par de años para salir y fumarse un cigarrillo y tomar alguna que otra copa de jerez. Volvería a agradecer a esas personas que lo siguen de modo incondicional. Les diría las mismas barbaridades que repite de modo aleatorio en los quinientos costados del universo y volvería, por la noche, a la comodidad de su ataúd.

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