martes, 14 de abril de 2015

Día 331: La conquista del desierto

      Te concedo el beneficio de la duda, querido lector. Si vas a arrojar esta historia al fuego para que crepite este es el momento. No comenzaré a narrar hasta que aquellas personas que no deseen continuar hayan abandonado el recinto/computadora. ¿Listo? ¿Cuántos quedamos? ¿Uno, dos? Bueno, no importa. Me voy a contar este pequeño cuento para mí mismo.
      Adolfo tenía un Renault 12, modelo 81. Verde claro metalizado de color. El auto estaba impecable. Pocos kilómetros encima. Primera mano. Una joya de mecánica. Con esa maravilla de la ingeniería moderna conducía por la Ruta 20 de La Pampa. Luego tendría que hacer el empalme con la 143, seguir hasta que se convirtiera en la 152, y de ahí a la Ruta 35 para terminar el recorrido en Santa Rosa. En resumen, tenía unos 400 y pico de kilómetros de viaje por delante.
      El autito se la bancaba. Tenía jodido el burro de arranque, pero no echaba una sola gota de humo. El Renault 12 era un auto fiel, nunca lo había dejado a pata. Aunque, siempre hay una primera vez para todo. Comenzó con un zumbido. Luego un grotesco ruido, como si acabase de arrollar a un rinoceronte enfermo. Y el auto no arrancó más.
      Giró la llave para poner el auto en contacto. En vano apretó el acelerador. Adolfo miró a sus alrededores. La ruta 20 tiene unos 200 kilómetros de extensión y cuenta con la peculiaridad de atravesar una grandísima cantidad de nada. La nada misma. El desierto y solo desierto. 
      Ese día hacía un calor de cagarse. El termómetro estaba clavado en los 43 grados centígrados. Adolfo sudaba como un chancho, mientras miraba con su cara de cordero las inexistentes lineas de señal de su celular. 
      ¿Siguen leyendo? Todavía están a tiempo de cambiar la página o cortar el pasto. Les advierto que las cosas van a ponerse muy feas, sobre todo para el pobre Adolfo.
      Así que la situación lo tenía atrapado en una ruta desértica, con el pueblo más cercano a unos cien kilómetros y el calor, que en verdad era de cagarse. El solo recuerdo del calor de cagarse le revolvía las tripas a Adolfo. Había comido hace unas cinco horas atrás en una estación de servicio. Y gracias a la genética, su sistema digestivo funcionaba con la precisión de un cronómetro suizo. 
      El asunto del auto roto disminuyó en importancia. Ya olvidó hasta que tenía un Renault 12. Los retorcijones en el estómago crecían. Es poco relevante mencionar que el desierto pampeano, que otrora devanó los sesos de personajes como Julio Argentino Roca, era un gran inodoro a disposición del universo.
      Aún así, a la naturaleza se le había olvidado de plantar el papel higiénico. Adolfo tendría que caminar unos penosos 7 kilómetros hasta el próximo poste de SOS y esperar. Esperar. Esperar. Y sobre todo, aguantar. Aguantar. Retener. Pensar en otra cosa. Pero la cosa quería salir. Como un alien. Esos no piden permiso, destruyen el abdomen de sus huéspedes y ese es el fin de la historia.
      El alien de Adolfo pedía pista. No podría esperar más, la cosa le desgarraría el culo. Y no estuvo lejos. Fue una cuestión dolorosa. Y dura, como un granito marrón oscuro. El desierto se reía a sus espaldas. No, mejor, se le reía en la cara. Una viento fuerte pasó por entre sus piernas, junto al polvo que se le pegaba entre los genitales y el ano.
      A esa hora de la tarde no pasaba un alma. No se limpiaría en el auto. En su querido auto. El Renault 12 tendría que permanecer inmaculado, al menos por unos cuantos años más, hasta que lo vendiera como chatarra, o se lo deje de recuerdo a su sobrino. 
      El termómetro golpeaba los 45 grados. Nadie se preocuparía mucho si caminaba un par de kilómetros sin pantalones. No podía ensuciarse. No debía. Aprovecharía el agua del poste de SOS. Un mal momento para Adolfo, sin duda, y su trastorno obsesivo compulsivo a cuestas. Estar sucio era lo más cercano a la agonía que había vivido en su mediana vida.
      Caminaba por el medio de la ruta. El viento corría en contra. Por suerte la polvareda había aflojado. Adolfo daba pasos de pingüino, para evitar ensuciarse más. El culo le quedaría paspado, por cierto.
      El poste de SOS lo esperaba. Un oasis, pensó. Adolfo corría hacia la canilla. Posicionó las nalgas contra la llave de agua. En su mejor imitación del perro de Pavlov, Adolfo cerró los ojos con indisimulado placer. Al igual que el perro de Pavlov, solo fue una respuesta ante el estímulo. La canilla permanecía tan seca como todo lo que la rodeaba. Complotada con el desierto.
      Una llamada oportuna prometía servicio de grúa en el transcurso de las próximas 3 horas. Tendría que sentarse a esperar, mejor dicho, quedarse parado, abierto de piernas, a esperar. No podría resistir más, el TOC lo mataría. Adolfo abrió las manos. Sus palmas se mantenían bastante limpias, dentro de todo. Recordó los juegos de niños, cuando un nene trataba de adivinarte el futuro y te hacía una pileta de garzo en la palma de la mano. Es como un parto, pensó, solo lo incomodará unos segundos. Escupió en sus manos hasta llenarlas de saliva y así empezó a trabajar allá abajo.  

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