miércoles, 15 de abril de 2015

Día 332: Bastardo

      Antes era más fácil ser hijo de nadie. Solo bastaba con nacer, ser tirado a un tacho y que nadie te reconozca. Después los tiempos cambiaron y con ello, también las tecnologías para medir la forma en que se reproduce la raza humana. 
      Hace unos cuatro siglos atrás, sobre todo a mediados del siglo XX, las personas solían reproducirse al ritmo de los conejos. La crisis reproductiva redundó en una crisis económica, social y política. Ya para el año 2125 se habían emitido las primeras leyes mundiales de control de natalidad. Leyes que distaban de los consejos de cuidarse durante las relaciones sexuales con un método contraceptivo. La ley no era una sugerencia, de hecho tener un hijo en ese entonces sin los permisos requeridos equivalía a una pena de muerte.
      Sendas jornadas de esterilización masiva pasaron. Y la reducción del 20 % de la población, pactado entre las naciones para principios del siglo XXII fue todo una realidad. Aunque muchos historiadores acotan que las muertes causadas por la Tercera guerra mundial no fueron tenidas en cuenta a efecto de las estadísticas. Y vaya que habían muerto bastantes. Bombardeos intercontinentales, guerras de guerrillas, entre militares, civiles y cada tanto alguna que otra bomba de hidrógeno. En total fueron 17, de las cuales 8 por lo menos cayeron sobre territorio chino. 
      Gracias a los nuevos controles de natalidad y las técnicas modernas de recolección de ADN, en poco tiempo se conformó en una pequeña isla del Océano Pacífico el primer banco mundial de ADN. Nadie sabía de la existencia del banco, solo algunos pescados gordos del Gobierno. Incluso los rumores hablaban de experimentos y cosas sacadas de libros de ciencia ficción. 
      Por supuesto que gran parte de los rumores eran infundados. El archivo de ADN servía a fines de identificar a las personas. El proyecto genoma humano había acelerado los pasos. No faltaría mucho para hacer los cambios de tecnología pactados por las naciones. 
      Así fue como durante el siglo XXIII se derogaron, junto con las fronteras nacionales, las leyes referidas a la identidad y su documentación. Solo bastaba con una gotita de sangre. Un pequeño aparado conectado a la Supranet enviaba la información al bunker del Océano pacífico, y en cuestión de segundos se dibujaba frente a la pantalla el árbol genealógico del sujeto en cuestión. A veces las ramas se remontaban a más de 1000 años.
      En resumen, nada escapa a las garras del Gobierno mundial. Salvo yo, claro. Soy lo que solía llamarse en otros tiempos un hijo bastardo. La palabra ha caído en desuso desde la implementación de los bancos de ADN. En realidad, lo mío es un caso raro. Hijo de nadie. El sistema en el banco de data nos identifica con una equis y un número colocado al azar. X265, así me denominaron. Son casos raros, dicen. Por lo general está asociado a una mano poderosa que borra con el codo forrado en oro la historia de sus hazañas sexuales. Ese es mi padre. El que no conozco. Y nací artificialmente, sin madre, así que eso me hace en los papeles lo que llaman un hijo de nadie. Un bastardo.
      Me gusta creer que soy un hijo de mundo. Una descendencia testimonial del paso de la humanidad por la Tierra. Puede sonar un tanto grandilocuente, pero es la teoría que mejor me cierra. Aunque quizás no quiera darme cuenta que las cosas que pasaron hace más de cuatro siglos, de hecho pasaron, pasan y seguro pasarán. 

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