jueves, 16 de abril de 2015

Día 333: La escala de Halley

      Hace demasiado, cuando las computadoras estaban en uso, existía un modo artificial de llamar a cierta porción mensurable. Los seres humanos la llamaban tiempo. Como a todas las cosas inventadas por el hombre, el tiempo le ha sido de mucha utilidad, y por cierto, motivo de otras tantas cosas inútiles.
      En un principio, la medición del tiempo respondía, antes de la invención del reloj, a cuestiones simples. Cuando sale el sol, cuando baja. Dormir, comer, despertarse. Cosas simples. Nadie necesitaba un cronómetro para necesitar realizar sus... necesidades. Dormir, comer despertarse. Y entre tanto un divertimento.
      Luego el asunto con la humanidad se salió un poco de control. Los bebés humanos no paraban de nacer. Con ellos nacían nuevas bocas con necesidades, de dormir, comer y despertarse. Los grandes territorios que otrora servían de divertimento para las escasas tribus empezaron a quedar más chicos. Todavía faltaba para la explosión demográfica de las grandes ciudades. Pero ya los primeros problemas empezaron a surgir. Lo más importante, ¿cómo lograr el equilibrio y el sustento de la especie sin caer en una andanada interminable de guerras civiles/familiares/tribales?
      La respuesta a ello fue: Separación. Los clanes marcaron territorio, como los gatos cuando mean el baño. En estas primigenias naciones se empezó a gestar el sentido del trabajo. Ahora un nuevo elemento venía a aguafiestear la línea directa que existía entre hombre y necesidad. Ahora el hombre tendría que trabajar para comer, dormir para trabajar y despertarse para no perder el trabajo. 
      El trabajo, como buen aguafiestas, generó una nueva necesidad: el ocio. El simple divertimento que los antepasados humanos desarrollaban entre sus períodos de necesidad se convirtió en una nueva necesidad.
      Y entre tantas necesidades de necesidades, se fueron agregando pequeños engranajes a la maquinaria, conforme los seres humanos abrían cada vez más la despensa que lanzaba bebés al mundo. Así fue como a un genio se le ocurrió la idea del tiempo y el reloj. Tan solo un eslabón más a la cadena interminable de artilugios culturales que el hombre inventó para estructurar la superficie de su realidad.
      Funcionó. Es cierto. Aunque después vinieron los percances. El reloj no solo midió las horas, minutos y segundos de trabajo. Sino que también reguló las horas, minutos y segundos de comida, e incluso las horas, minutos y segundos de ocio y la apertura de despensas lanzabebés.
      Al final le pasó como a todo signo sobrecargado por el uso. Decayó. Luego cayó. Y desapareció. Como el VHS, el jabón y otras tantas cosas. Hay que reconocerle algo a la humanidad, el circuito generado en torno a los años y las edades fue una invención original, y meritoria. 
      Antes los humanos solían contar sus años de vida, como si esa cuenta los fuera a salvar de la muerte o del sinsentido de la existencia. Luego apareció otro genio que acertó en sus apreciaciones respecto al vehículo humano. 
      De acuerdo a esta persona, la vida humana debería ser medida en lo que él llamó: Escala de Halley. La escala era sencilla. Contabilizaba la cantidad de veces promedio que un ser humano podría ver el paso del Cometa Halley por la Tierra. 
      Dado que el promedio en que la órbita del cometa coincide con el planeta Tierra es de 76 años y la esperanza de vida humana es un tanto similar, el promedio de la Escala de Halley en un hombre de la media es de uno. Uno en la escala de Halley. Así estaba la vida representada, encapsulada en un nuevo concepto. Algunos afortunados llegaron al dos, mientras que otros, tragedia mediante, redondeaban un cero. Uno. Como la vida. De algún modo la escala de Halley acercó un poco más a la humanidad a sus inicios. Aunque no sea para tanto.

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...