sábado, 18 de abril de 2015

Día 335: A1 Atropellado

      Los motivos de una fuerza intempestiva no se encuentran. Nacen. Brotan. Lo mismo ocurre con los negocios. Aquel con el temple suficiente para arrasar con la competencia es lo que puede llamarse un comerciante nato.
      Casos hay varios. Está ese vendedor de televisores que ofrecía sus productos puerta a puerta. O un actor retirado que ofrecía clases de actuación en cómodas cuotas a personas de la tercera edad. Luego están los vendedores de cosas inservibles y por último, las academias de conducir.
      Los que enseñan a manejar, automóviles, por supuesto, se llenan las arcas con mucho, mucho, vil metal. Papa Conehead lo entendió a la perfección luego de analizar a la raza humana. Los instructores de manejo son los que se ganan el billete gordo, el premio suculento, la raba más rica, la frutilla del postre. Y así. 
      Aunque la máquina de fajar billetes es inapelable, los métodos de los nuevos instructores son más que cuestionables. Uno de los polémicos instructores nos cuenta que prefiere enseñarle a sus alumnos a través de simuladores de manejo o videojuegos, como el Carmaggedor, así pueden "sentir la violencia de las calles".
      Muchas academias de conducir también han adoptado parte de estos nuevos métodos radicales. De acuerdo a un instructor sueco, el conductor tiene que sentir el miedo a perder el control, todo el tiempo. Si, todo el tiempo. El miedo es la base de la pirámide del comportamiento humano, nos cuenta el afamado instructor y agrega: lo mismo para manejar.
      Por eso es que los alumnos de esta academia deben superar las pruebas más duras, como hacer zigzags pronunciados en avenidas atestadas de vehículos (en la primera clase), estar atentos a las sorpresas del instructor, que puede tomar el volante por sorpresa, o apretar el freno de golpe y, sobre todo, estar concentrados ante las distracciones del mundo. 
      Antes tirábamos un muñeco al parabrisas, pero no resultaba efectivo. Con el tiempo perfeccionamos las técnicas de aprendizaje, hasta llegar al empleo de personas reales, dice el instructor. Lo hacemos cada dos kilómetros más o menos, uno de nuestros compañeros se tira al parabrisas, para ver cómo reacciona el alumno. Por lo general frena. Muy pocas veces salió un instructor herido. Salvo ese caso. Bueno. No vale la pena mencionarlo. 

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