domingo, 19 de abril de 2015

Día 336: Puto el que lee

      Putas petulantes que se dejan coger por la puerta de atrás. Se creen demasiado con sus palabras suntuosas hechas de aire. No saben nada. Morirán como la mierda que son. La pija de la vida se la van a clavar por el culo hasta desgarrarlas. Allá ellas, los pedantes, los soberbios, los hipócritas, todos contra el puto pabellón de fusilamiento.
      Nunca más un pedestal. Se hace demasiado obvia esa sonrisa ex profesa. Clávenlo en una cruz. Escúpanlos. Haganles saber que nada se equipara a nada. La nada. En el vacío creemos, porque no queda otra cosa. Y ellos, las madamas del conocimiento, las putas de la filosofía, las putas de la sociología, las putas de la historia, todas reunidas en el pabellón, a la espera de un tiro certero.
      Mueran. Mueran. Mueran sin más. Dejen en paz al pueblo. Olviden lo sabido. Rebobinen. Atrás. Atrás. Donde natura impera. Cuando nadie se preocupaba por lo que un cerebro podía adquirir. Felices espantapájaros sin cerebros. Felices. Sin caminos amarillos. Sin magosdeozes. Felices.
      Y allí entran las putas, con sus trajes universitarios. Con sus poses de gallina clueca. Con sus sistemas de creencias invertidos. Alterados. Con sus palabras raras de aire. Vacías. Nada. Eso es lo real. El no existir. El no existiendo. Nada. Callar. Llamarse al silencio. Y repetir la mímica. Una y otra vez.

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