miércoles, 22 de abril de 2015

Día 339: Sinfonía en fa bemol

      El deseo estaba moldeado de acuerdo a los estímulos del cuerpo. Un pequeño chip colocado en el cerebro transformaba los impulsos eléctricos en señales digitales. Luego el puerto USB colocado en la parte trasera del cráneo transmitía la información a una base de datos. Así es como el Gobierno regulaba los impulsos de la población.
      Claro que existía la posibilidad de arrancarse el cable de cuajo, con el riesgo de quedar tarado de por vida. Pero nadie se atrevía. Así que los ciudadanos se sometían con gusto al martirio de la vigilancia. Tampoco era tan malo si uno se acostumbraba a compartir sus experiencias más íntimas y personales con unos cuantos agentes del Ministerio. 
      Al Gobierno tampoco le interesaba mucho los sentimientos de las personas. Era solo para control y estadística. Para marcar líneas de comportamiento patológico. Después algún que otro criminal. El resto de la información iba a parar a un disco duro en el cuarto subsuelo del Ministerio. El polvo comía esa información inútil hasta el fin de los tiempos. 
      En el cuarto subsuelo del Ministerio las cosas permanecían húmedas. Nadie bajaba. Nadie subía. Salvo el conserje.
      Aparte de ocuparse de la limpieza y de combatir la humedad, el conserje del cuarto subsuelo tenía alma de artista. Así fregaba el piso: con arte. Lo mismo cuando tenía que ordenar los archivos. Cada persona, cada sentimiento almacenado en un disco rígido ocupaba un espacio físico del tamaño de un dedo gordo del pie. Un dedo gordo del pie, ese es el espacio en que cabía el "alma" de un sujeto.
      Al conserje le gustaba jugar con las almas, porque era, ante todo, un artista. Y también porque estaba solo. La soledad lo ponía creativo. El juego favorito del conserje era juntar muchos dedos gordos y armar una especie de dominó humano con todos los sentimientos de las personas. Aunque esa diversión solo fue el principio.
      Unos meses después, cuando le explicaron un poco mejor la gravedad de su labor, el conserje entendió que el entretenimiento podía ser aún mayor. Incluso artístico, como todas sus aspiraciones en la vida. En ese depósito de cincuenta metros cuadrados tenía el material suficiente como para pergeñar la mayor obra de arte de la historia. El Guernica palidecería ante la visión del cuarto subsuelo del Ministerio. 
      Sinfonía en fa bemol. Una orquesta de almas puestas en común a través de una computadora portátil. Todos los sentimientos del cuarto subsuelo aunados en una obra intrincada y decadente. Las alegrías se confundían con los pedos, y un gemido de dolor se aproximaba al canto más indolente. Muchas sensaciones juntas puestas al servicio de un fin mayor. El arte definitivo. El canto disonante más enorme e inútil de la galaxia. Una oda a la existencia humana. En el paroxismo de su triunfo el conserje se arrojó un bidón lleno de líquido combustible y dejó que el fósforo haga el resto del trabajo.

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