viernes, 24 de abril de 2015

Día 341: El post-hombre

      Sabía bien lo que significaba una alegoría. Aunque cuando le agrega otra palabra, la hace más difícil, como siempre. Una alegoría del fracaso. ¿Me estará diciendo que soy un fracasado? El maestro se ponía viejo, y nada podía hacer al respecto. A veces tenías que comerte ciertos improperios como de regalo.
      Debo reconocer que sus proyectos se volvieron cada vez más raros. Y cometí el error de darle vía libre a sus locuras, que flotaban al aire libre como una fractura expuesta. Ojo, que el maestro ante todo era un hombre de razón. Todos sus experimentos conservaban un rigor científico, preciso, quirúrgico.
      Lo que más recuerdo de él son sus observaciones etológicas. El maestro podía pasar horas enteras estudiando el comportamiento de los animales. Una vez intentó comprobar el famoso mito del odio entre gatos y perros. Cualquiera que tenga bajo el mismo techo a perros y gatos como mascota sabrá que es todo mentira. De hecho el gato y el perro pueden ser grandes amigos, de acuerdo al carácter de la raza.
      Pero el maestro no estaba de acuerdo con esta idea de amistad. Según sus apreciaciones, el odio entre gato y perro es inherente a su especie y las relaciones de amistad no son más que supuestas o encubiertas. Los gatos suelen actuar como doble agente, en un sentido técnico de espionaje. Así es como suelen mostrarse amigables con el enemigo, tan solo para obtener información de su interés.
      Para comprobar sus afirmaciones preparó un experimento en el que provocaría una guerra sangrienta entre una jauría de perros y algunos gatos. Para ellos preparó un líquido que excitaba ciertas glándulas que, de acuerdo al maestro, estaban relacionadas con el instinto defensivo de los animales. Debo agregar que las pruebas fueron un éxito. El maestro pasó meses recibiendo amenazas de las sociedades de protección animal y de los antiguos dueños de los animales asesinados en tal cruenta batalla.
      Así es como los pasos del maestro lo llevaron, una vez más, a la casa de sus padres. La pareja de ancianos, al saber la identidad de la persona que tocaba el timbre con tanta insistencia, hicieron lo que consideraron más correcto. Pasaron tres horas y la puerta no la abrieron. Desde adentro sonaba una vez más esa palabra: fracasado.
      El padre, quizás movido por cierta lástima ante el pozo en que se encontraba el fracasado de su hijo, tomó una llave y la pasó por debajo de la puerta. El maestro sonrío y me dijo: "el viejo garaje, vamos muchacho, ya tenemos un nuevo hogar."
      El maestro, mi maestro, que de algún modo había sido un padre para mí. La vida para un homúnculo es muy dura. Los de mi especie suelen tener un apetito voraz. Así fue como me comí al que consideraba mi padre. Como un moderno Geppetto logró sobrevivir dentro de mi estómago, a base de la comida triturada que caía sobre su cabeza.
      Cuando lo devolví a la vida el maestro no mostró rencor alguno. ¿porqué tendría que reprocharte algo si somos familia? Así fue como salimos de la isla y regresamos al pueblo natal de mi padre. Cuando llegamos a destino, mi padre, conocido por todo el mundo como ese loco borracho que arruinó al colisionador de hadrones, me curó de mi afición por comer sin parar. Incluso logró achicar mi tamaño a unos respetables dos metros y medio de estatura. Luego vino toda la situación de la batalla entre los perros y gatos. Y hasta acá llegamos.
      Ahí estábamos los dos, cubiertos por las sombras de la noche, frente a un garaje. El maestro, visiblemente perturbado y yo, sumido en los recuerdos que me surgían de forma incoherente y atemporal. Pensaba en ese episodio en la isla, cuando me llamó a mí una alegoría de su fracaso como creador. Luego de conocer más su historia, entendí el propósito de esas palabras tan feas. 
      El maestro tomó la llave entre sus manos y me miró. De su boca salió la propuesta más importante de toda mi vida: ¿Desearía ser el asistente del famoso, increíble, grandioso Doctor Hans Coniglio? Mis ojos brillaban de la emoción. Asentí con la cabeza sin decir palabras. Con trabajo y un gran laboratorio delante de nosotros. Las aventuras recién empezaban.

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