sábado, 25 de abril de 2015

Día 342: Evolución acelerada

      Un caso justificado de demencia transitoria. Hasta el árbol más perenne debe morir. Así lo dictan las leyes de la naturaleza. Salvo que la naturaleza se vuelva loca. 
      La evolución, por tanto, es una cosa loca e impredecible. Un día los virus empezaron a curar y, por el contrario, los antibióticos a matar. Como si alguien se hubiese puesto a jugar con las cadenas de ADN. Así de sencillo el universo cambiaba las reglas del juego, tan solo por que se le antojaba.
      Contagiarte un HIV, eso era lo mejor que te podía pasar en la vida. Un shock de vida, así le llamaban. Y si desarrollabas SIDA, mejor. Las enfermedades eran la mejor bendición. Y otra cosa extraña: moría poca gente.
      Bueno, en realidad lo extraño era quien se moría. Si se piensa mejor, no es tan extraño. Los pobres, con su sistema inmunológico en pésimas condiciones y la incapacidad de acceder a los medicamentos, tenían garantizada una sobrevida. Distinto de los ricos, que les pasaba lo mismo, pero al revés. En todo caso, los ricos fueron los primeros en morir.
      Ni Karl Marx podía haberlo pensado mejor. La naturaleza había ejercido su derecho a una dictadura del proletariado. De repente las fábricas se encontraron sin dueño. Los campos vacíos, sin sus explotadores. Más del 75 % de los comercios del mundo desaparecieron, mejor dicho, sus propietarios. 
      Hubiera sido ideal el panorama. Con la cabeza del capitalismo cercenado, el pueblo oprimido recuperaría su derecho a trabajar la tierra y vivir del producto de sus manos. Así habría ocurrido, de no ser por las jugarretas de la evolución, que se aceleraba más y más, a pasos de gigante experto en salto en largo. 
      Pelos. Muchos pelos. Nacían bebés a lo largo del mundo. Todos llenos de pelo. Los científicos atribuían el fenómeno a una condición genética heredada, muy rara por cierto. 
Luego nacían más bebés, con pelos, y el cerebro más chico. Más condiciones genéticas heredadas, decían los científicos, aunque en la familia no hubiese antecedentes de personas peludas, lo cual no dejaba de ser raro. 
      En el transcurso de unos cinco años, los nenes con pelos y poco cerebro se hicieron más normales. Incluso su postura era diferente al resto, como si estuviesen más encorvados. A esa altura los científicos se dieron cuenta de cómo venía la cosa. Remanentes del hombre de Cromagnon, esa fue la teoría. Les llevó diez años de estudio comprobar la hipótesis. Igual fue tarde, para ese entonces, los primeros monos habían nacido.

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