domingo, 26 de abril de 2015

Día 343: La casa del sol muriente

      Un nombre llamó a su casa. Tenía pinta de adjetivo aunque los papeles demostraran que era un sustantivo. No tenía una jerarquía sintáctica ni parientes léxicos adonde recurrir. Un nombre huérfano, bastardo de la vida. ¿Por qué nombrar al nombre? se decía a sí mismo, en un monólogo insípido con la naditud. 
      Que las deudas paguen su vida. A la mierda las oraciones y sus acartonadas estructuras. Un nombre en la nada llamó a su casa. Tocaba el timbre con insistencia. Buscaba por un abrigo la. Su morigerada actitud cerrole la puerta. 
      ¿Cuántos nombres podrían llamar al llamado? Se amontonarían ahí, unos sobre otros, hasta atorar el portal. Pensarían que la casa es para beneficencia. No sé qué pensarían. Tal vez pensarían. Un nombre a veces piensa su significado y, a su pesar, lo despiensa. Pone y quita, pone y quita, por lo si acaso. 
      Si pudiera contagiarse de la vida elegiría el porte del verbo. El verbo nace para el hacer. No deja, come, bebe, aturde, otorga, molesta, perdona, despista, concuerda. Los verbos sí saben lo que hacen. Son los sicarios de la lengua. Un pobre sustantivo tiene que vivir en la intemperie o morir. Buscar una casa o morir. Responder al llamado que llama o morir. Perfeccionar los sistemas que delinean su existencia o morir. 
      En cambio el adjetivo es traicionero, quiere ser algo que no es. Muere por la envidia. Desea ser el verbo dios, la palabra definitiva. Ese coso que puede con su ser articular el cimiento del todo. No dejes entrar al adjetivo a tu casa. La casa es sagrada. La casa es divina. Hermosa. 
      Preguntan sus preguntas, piden contraseñas, necesitan credenciales. La casa se reserva el derecho de admisión. Un nombre llamó a su casa. La puerta se cerró. Definitivo. Definitorio.

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