martes, 28 de abril de 2015

Día 345: Arnie

      El perro hace su gracia. Saluda a la audiencia. Mueve la cola porque está feliz. Le gustaría hablar pero no puede. Un hombre a su costado explica las cosas que va a hacer a continuación. Redoble de tambores. El perro gira sobre su cola. Tiembla. Muere convulsionado en el piso.
      Un par de ohs se escapa de algunas butacas. Están sorprendidos, no es para menos. La principal estrella (viva... ya no) del circo había dejado de existir. Tuvieron que cerrar antes. Los robots no se sentían preparados para hacer los actos. Estaban tristes.
      El hombre explica a todas las personas el modo en que su dinero les iba a ser reintegrado. Un par de payasos robots se acerca al centro del escenario con una bolsa negra. Lo arrastran hasta el costado y lo tiran en un pozo. Chau, Arnie, buena suerte en el más allá de los perros. Saludos a Lassie. Portate bien, buen perrito, buen perrito. El dueño no pudo evitar que una lágrima le violara la mejilla.
      Arnie, con sus doce años de edad a cuestas, se había convertido en todo un emblema del nuevo circo. Había llegado de cachorro a la carpa, atraído por el aroma de la comida y una sensación de hambre concomitante. En ese entonces los circos no tenían animales, porque estaba mal visto, tampoco tenían humanos, porque estaba mal visto. De hecho los circos estaban mal vistos. Así que la carpa era solo un escenario ocre en donde algunas personas pagaban unos centavos para ver a unos robots decir un par de ocurrencias idiotas, seguido de un pésimo espectáculo de fuegos artificiales.
      Una noche, de las más concurridas (diez localidades vendidas), se encontraba un robot en en centro del escenario. Hacía copias de edificios famosos con globos. Con una destreza extraordinaria recreó pequeños modelos del Taj Mahal, la Torre Eiffel, el Cabaret de doña María y la Central de Impuestos de la ciudad. ¡Guau, guau! Los ladridos reverberaron en toda la carpa. Un pequeño perrito meaba al robot con fruición.
      La gente no paraba de reír. Aplaudía a más no poder el ingenio del can. Así fue como el dueño del circo adoptó al perro y lo llamó Arnie.
      Arnie no solo contaba con una bolsa de alimentos, una cucha propia y pedicura completa. También era la estrella del circo. Su carrera fue meteórica. Las personas empezaron a acercarse a la carpa, atraídas por la rutina, tal vez. Ante el hastío de sus vidas, lo diferente aún funcionaba. 
      Y Arnie tuvo sus quince minutos de gloria, en vida perruna. La gente lo amaba. De hecho pagaban millones tan solo por verlo mear al robot y echarse a dormir en medio de la arena. Así era el público de circo. No pedía demasiado de la vida, tan solo un entretenimiento, una disuasión ante el espanto inevitable de la próxima muerte. 
      Vivió sus buenos doce años bajo las manos de un cariñoso dueño. Lo enterraron con todos los honores que permitía un modesto circo. Ahí, al fondo de la carpa. Los robots, entre llantos artificiales, cavaban la tumba de su querido amigo. Chau Arnie, dijeron, hasta pronto, mientras echaron tierra hasta tapar el pozo abierto en la propiedad alquilada por el circo. 

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...