miércoles, 29 de abril de 2015

Día 346: Después de la última extinción

      Un portento. Es como lo anunciaron. La catástrofe definitiva, esa que aplastaría a los injustos. Los hechos le darían la razón a los libros sagrados. Si hubieran apostado por el fin del mundo, hoy en día todos serían millonarios próximos a ser cadáveres.
      En realidad la cosa no fue para tanto. Una explosión lijó la Tierra y la dejó lisa, como una bola de pool. Por muchos años reinó el silencio en el sistema solar. El ruido humano se apagó. Un nuevo reinado de los planetas inició. 
      Los planetas no tenían demasiado para contar. Chusmeríos de cambios climáticos, incontingencias de la naturaleza y asuntos por el estilo. La Tierra lijada era un espectáculo poco menos interesante. Aunque algo le pasaba. Los gases internos la iban llenando, y no salían por ningún lado. La Tierra, al igual que el universo, se expandía, y no paraba de expandirse. A una velocidad de miedo.
      Un meteorito pasó por la vía láctea. Hacía un ruido exagerado. Quería llamar la atención. A los planetas le era indiferente. Ya todo era indiferente. Nada más gris que el vacío y la nada. El universo había atrasado en millones de años su extinción gracias a que los humanos estaban muertos, pero ya no era un universo feliz. La Vía Láctea se había vuelto un sistema apático, sin mayores sensaciones.
      En una luna de Saturno las fuerzas de la naturaleza hacían experimentos. Querían inventar una nueva raza, algo que les quite la modorra. Aprovecharon que tenían todos los ingredientes necesarios y pusieron en cocción la receta evolutiva.
      Las fuerzas siguieron la receta al pie de la letra. Unos pequeños renacuajos afloraron. Sin embargo la evolución es puta. Así de puta es para crear una raza atroz, de esas que cagan galaxias enteras.
      Y la cagaron feo. Los sucesores de los seres humanos fueron una raza de reptiles con dotes de artistas de vanguardia varados en un satélite de Saturno.  
      Con su acotada inteligencia crearon un aparato capaz de atraer cosas, del tamaño que sea. Una especie de super imán. Así acercaron a Saturno, a Júpiter, y también a la Tierra y el Sol. Las galaxias de alrededor fueron convocadas a la Vía Láctea. En cuestión de meses el universo se convirtió en un amasijo de planetas, estrellas, agujeros negros y supernovas, todas pegoteadas. 
      Desde ya el experimento artístico falló. Tanta energía junta no resistió a las inclemencias del orden. Un gran bong sonó en los confines del pegoteado nuevo gran satélite-universo de Saturno antes de desaparecer por siempre de la existencia.

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