jueves, 30 de abril de 2015

Día 347: El juicio

      No era nuevo ser un hombre buscado. En realidad se desconocía la causa del mal. Un chivo expiatorio, eso. Nada más. Alguien tenía que cargar con las piedras. En su fuero interno, lo creía. La culpa estaba grabada en su sistema neurológico bajo el fuego de la repetición constante, sonante. Una y otra vez. Culpable. Culpable. Culpable.
      Lo hicimos para tener más tranquilo al pueblo, era la excusa. Y en verdad lo estaban, no tenían que cargar todas las piedras que llevaba a cuestas el fantasma de la culpa. Una cuantas piedras. Responsable del mal clima, de la crisis económica. También se hacía cargo de las penas de las personas, y de sus insatisfacciones sexuales. La carga era pesada, cada vez más.
      El mundo lo había vuelto un absorbedor de culpas, tantos las ajenas como las propias. Dentro de su cuerpo tenía espacio para todo. Y, ante todo, nada de sentimientos, un cerebro recubierto de amianto, como para no volverse loco. Aunque a veces se preguntaba a sí mismo para qué carajos seguía en el proyecto.
      Le habían ofrecido muchos dólares. Ahí tenía su respuesta inmediata. El puto interés económico. Le habían puesto un precio a su anonimato, al ostracismo, a ser recluido en las islas del olvido. El contrato era explícito en ese sentido. Nada de llamar la atención. No obras de arte. No actuar frente a multitudes. No famoso. No medios de comunicación. No salir a la calle. Encierro total. 
      Si se lo ponía a pensar, el contrato rayaba en la estupidez. Tenía visos de idiotez en cada maldita claúsula. ¿Cómo podría disfrutar de sus millones si no tenía forma de gastarlos? Las cláusulas se anulaban entre sí. Sin embargo, lo sorprendente, es que lo obedecía sin cuestionar las incoherencias.
      Claro, también cargaba sus propias culpas, que eran el verdadero motor que promovió a que cargase las ajenas. Es un tratamiento psiquiátrico definitivo, le había confiado a su psicólogo antes de desaparecer de la faz de la existencia. En verdad creía que podría ser la solución a sus problemas. Sería como una limpieza de tuberías, pero dentro de su mente. 
      Un poco funcionó así, hasta que se formó el callo en sus ideas. De hecho, el efecto de indolencia existencial provenía de las drogas y el chip implantado en la base de su cerebro. Para revertir el proceso tendría que freír el chip, con el riesgo de que su cabeza comparta el mismo destino. 
      Cansado del no sentirse vivo, recluido en una existencia de autómata, el fantasma de la culpa colocó su cabeza en el microondas. Salvó su vida de milagro. El chip se hizo trizas. Luego de esa experiencia escribió un libro que vendió millones de ejemplares. El fantasma de la culpa conoció las mieles de la fama, y eso tampoco lo hizo feliz, pero eso ya es otra historia.

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