domingo, 31 de mayo de 2015

Día 378: Una nación competitiva

      Luego de decodificar la señal el enemigo se lanzó sobre su presa como un jaguar descompuesto. Los libros especifican destrozar y no dejar restos. Esa era la directiva. Por si fuera poco, el coronel estaba loco. Se había comido toda esa idea de Vietnam y ese militar de la película hecho por Brando. Y no se dio cuenta. Las guerras habían cambiado.
      La guerra había perdido su capacidad de significar la matanza que enarbolaba en sus acciones. Tantas muertes redundaron en un período inalterable de paz. Las nuevas guerras se desarrollaban en silencio, como un acto más del amor que se pregonaban entre las naciones participantes. El Comité Olímpico Internacional  le encontró un rédito a la situación y así fue como la guerra se volvió una competición olímpica, con medallas y todo.
      Como fue de esperar, el oro, plata y bronce fue a parar a manos de Estados Unidos, China e Irak. Los campos de batalla eran pequeños modelos a escala de guerras pasadas. Las coreografías no distaban de las practicadas por los equipos de nado sincronizado. Salvo las balas, y las bombas, y todo lo demás. Así fue como, en el espíritu de la competición el Comité Olímpico Internacional cometió el gran error de extender una invitación a la nación de Antigua y Barbuda para competir en la disciplina Guerra.
      Lo que se habría de esperar no pasó. Antigua y Barbuda no fue eliminada en la primera fase. Contra todo pronóstico, el equipo de Guerra antiguano se plantó en cuarto de final. La sorpresa fue atribuida al ímpetu de su capitán, el coronel Johnson. Los especialistas describen a Johnson como un veterano de tres guerras y cuatro dormitorios. Un hombre con temple, bizarro, con la experiencia suficiente como para derribar a un delfín en el aire.
      Lo que se olvidaban de agregar los especialistas es que el coronel Johnson estaba más loco que una cabra. La locura le rezumaba por los poros. Al principio parecían bromas de trinchera. El hombre jugueteaba con la utilería y le temblaban las manos. Tomó el rifle reglamentario y disparó a la multitud. Todos aplaudían la osadía del antiguano. Nadie esperaba heridos. Las balas eran de salva.
      Bueno, lo eran, hasta que el capitán las cambió por balas de verdad. El coronel Johnson arremetió contra la multitud con la resolución de un Brando. Full metal jacket. Pelotón. El coronel Johnson se las había visto a todas a pesar de no haber ido a ninguna guerra en realidad. Bullía su mente de fantasías de guerra. Fue increíble. Lejos de ser desclasificados, a pesar de la masacre, la nación de Antigua y Barbuda obtuvo un meritorio cuarto puesto. Los primeros tres fueron los esperados.  

sábado, 30 de mayo de 2015

Día 377: Ruidos allá lejos

      Los marcianos avanzaron en círculos, conforme lo establece el protocolo de negociaciones del planeta. La reserva humana se encontraba a unos diez kilómetros de distancia. La reserva humana era todo un problema. Los marcianos apelarían al civismo, aunque con los humanos nunca se sabía.
      Ya habían pasado trece años de la colonización de Marte. Eso le hacían creer a los humanos, cuando en realidad era al revés. Al terrestre se le puede quitar todo, menos la ilusión de control, tal era el veredicto de los sabios de Marte. Déjenlos que crean. Seremos sus esclavos si así lo desean. Los humanos libres se encontraban encerrados en una reserva de 100 hectáreas, las cuales eran custodiadas por una tribu de marcianos colonizados.
      El camino trazado por los círculos se aproximaba a la órbita de la residencia terrestre. En total vivían 18 humanos en la llamada Nueva Tierra. 18 humanos bulliciosos. 18 humanos que no respetaban las horas de sueño marciana. 
      La Nueva Tierra no era un signo de opulencia. De hecho vivían en una pobreza extrema. Pero eso no importaba demasiado. Eran felices gracias al aire marciano, cortesía de las bombas de gas de sus colonizados. En la Nueva Tierra 18 humanos vivían drogados, desnudos y ponían la música a todo lo que da. 
      De haber vivido algunos siglos en la Vieja Tierra, los marcianos habrían asociado este comportamiento a los llamados hippies. Pero un marciano solo conoce el suelo de Marte, y así desea que sea por siempre. El marciano mantiene en orden lo que puede entender e ignora el resto, porque así se criaron. Es el aire marciano.
      El pedido de silencio fue antecedido por un por favor. La cortesía pareció funcionar poco o nada. Los marcianos fueron elevando el tono de sus poderosas voces a medida que avanzaba la discusión. Los humanos parecían ignorar las raíces profundas de su desacato. Estamos de vacaciones, no molesten. Esa era la respuesta. 
      El marciano no necesita vacaciones ya que, como todo en su vida, el equilibrio es lo primordial, así que el límite entre descanso y trabajo no existía. Una cosa era más importante todavía: el silencio. Los marcianos no toleraban el ruido. Sus oídos eran cien veces más desarrollados y sensibles que los de un perro terrestre. Cualquier minúsculo ruido los violentaba, aunque no sean una raza violenta. Es el aire marciano.
      Y la condena podía ser eterna, dado que el oído marciano es prácticamente indestructible. 18 seres humanos ruidosos. Eso no es el aire marciano. La comitiva colonizada abrió el círculo hasta formar una línea recta. Cabe mencionar que las armas marcianas no se andan con bromas. En un milisegundo el debate finalizó. De este modo fue como 18 humanos colonizadores se convirtieron en 18 humanos rostizados.

viernes, 29 de mayo de 2015

Día 376: Esta no es una historia de amor

      El ventrículo izquierdo comenzó a fallar. Así preparaba su golpe de estado para erigirse como un único tirano en la república tercermundista del corazón. ¡Y los estúpidos confunden un paro cardíaco con el amor! ¡No, mis queridos, el amor no mata! ¡Puede degollar, rebanar, incluso perforar, pero no matar! ¡No, eso no!
      Pero bueno, les damos el beneficio de la duda, porque en esta especial ocasión, el ventrículo izquierdo sí se nos enamoró. Tan grande era su amor que la arteria aorta reventó como un escuerzo con un atado de Marlboro encendidos todos a la misma vez. 
      Aunque, repito, hay que darle el beneficio de la duda. Los expertos nos aclaran que un corazón no puede amar ni sentir. Incluso tampoco puede hacerlo el cerebro, a pesar que sea el órgano del cuerpo que más pueda acercarse a esa función. Para amar se necesita a un ser humano completo, con orejas y ojos. Y si está incompleto, que al menos gran parte del sistema nervioso le funcione. 
      De todos modos, esta no es una historia de amor. Es más bien un obituario. Un sumiso homenaje a la muerte de una celebridad. Su apellido era Fukamura. Contrario a lo que muchos puedan pensar, Fukamura era argentino con todas las letras, a pesar de su apellido y su costumbre de vestir kimono y tomar sake a las dos de la mañana todos los días. 
      Fukamura no se destacó en nada. Eso no lo hace menos célebre. Quedó duro sobre la mesa. Quiero decir, muerto. Sin respirar. Su corazón se detuvo, gracias al golpe de estado ventricular. Era un tipo joven, no pasaba los cuarenta. En sus tiempos libres le gustaba jugar al ajedrez en el círculo de jugadores de José León Suarez. Una vez participó de un torneo y quedó quinto. 
      En cuanto a las cosas del amor, a Fukamura no se le conoció mujer. Estuvo de novio mucho tiempo con una señora doce años mayor que él, pero el asunto terminó unos dos años atrás en términos amistosos. No dejó hijos, ni deudas. Tampoco llegó a plantar un árbol, porque vivía en un monoambiente alquilado.
      Sus maestras de primario intuyeron que Fukamura debió haber tenido una infancia difícil, aunque no es tan cierto, salvo que contemos la sufrida muerte de su mascota, un topito ruso de nombre Dragón.
      Después de Dragón, Fukamura no volvió a tener mascotas, por considerarlas un bien prescindible. Prefirió meterse en el ajedrez, con todos esos alfiles y peones puestos en línea. Nunca fue demasiado bueno, aunque festejó mucho ese quinto puesto ganado, como si hubiese ganado la copa del mundo. 
      Su mayor sueño era conocer a Karpov. Las veces que vino a la Argentina no tuvo la suerte de poder saludarlo. Así que murió sin cumplir su mayor deseo. Eso lo tenía en cuenta el ventrículo izquierdo ante de tomar el control de su cuerpo y dejarlo tieso como la Venus de Milo.
      Fukamura sufría de insomnio, por eso solía tomarse una copita de sake por la noche, porque decía que lo adormilaba o, en las mejores ocasiones, le generaba una sensación de sueño similar a dormir. Sus padres murieron, al igual que él, de muy joven. Así que no dejó familiares, tampoco. 
      Solo quedó un secreto. Y se lo llevó. Fukamura, el anónimo, el desconocido. Algo tan grandioso que merece su recuerdo. Murió con un secreto en la boca, uno que definiría todo el sentido de la vida. Fukamura sabía, en verdad, para qué habíamos venido, y hacia dónde vamos.

jueves, 28 de mayo de 2015

Día 375: Fantasías animadas de ayer y hoy

      Las ventajas de inhalar dióxido de carbono. Lo leí en una revista. Dicen que te rejuvenece como dos meses. Todo comprobado de modo científico, como se debe, claro. El artículo menciona que hace casi tan bien como la religión, aunque no aclare que esta última hace más mal que bien.
      A veces cuando me preguntan sobre la religión suelo callarme, no por que no tenga nada que decir, si no más bien lo contrario. Me brotan los argumentos, pero no son de los bonitos, y eso a la gente no le gusta oir. Digamos que la religión es como una especie de intermediario inútil entre el hombre y su frontera.
      Nacemos del desequilibrio y tendemos a buscar un orden en nuestras vidas, esa paz interna que merece ser llamada espiritual es pasto de religión. Pero nadie cuenta la verdad, que esa paz llega, tarde o temprano, sola. Sea con la experiencia de los años o con el alivio final de la muerte.
      Pero volvamos al dióxido de carbono. Hay una fábrica en Japón que produce las 24 horas del día el 30 % del total de emisiones de dióxido de carbono de la Tierra. Lo curioso es que esta fábrica se encuentra a 15 minutos de viaje de Kyoto, aquella famosa ciudad en donde se firmó ese protocolo de la ONU. Todo sea por la belleza de muchos rostros.
      Eso del efecto invernadero es un engaño articulado por ciertos estratos secretos de la sociedad, ya lo saben, esos que siempre confabulan juntos causas extraordinarias, esas que le dan argumentos a los documentales de Alex Jones. En esta revista, que vende tanto como Caras o Times, el artículo nos explica como hacer un rico consomé de dióxido de carbono. Porque si, el dióxido de carbono también se come. 
      Y me dicen que no tengo que creer tantas mentiras, que tengo que preocuparme por la ecología y toda esa sarasa. Me hablan de los hielos que se descongelan y la mar en coche. Pobres ilusos. Mi planeta es el mejor. Los que no esten de acuerdo que vayan a vivir a Marte, y luego me cuentan, ¡JA!.
      Por supuesto que estoy a favor de la exploración del espacio. Espero que puedan traer mucho dióxido de carbono de otros planetas. Para que demuestren las grandes mentiras que nos siguen contando los medios de comunicación. Y si no traen nada, que se lleven algunas cosas de acá que no usamos, como la ropa de los años setenta, a los políticos, a los viejos y a los VHS. No tengo más para decir, gracias. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

Día 374: El dios cojo (o coge)

      Hefesto era tan feo que asustaba hasta a su madre. Para desquitarse ante tanta fealdad procreada es que lo tiró del Olimpo. Así en caída libre. Hefesto cayó y cayó, por nueve días, con sus nueve noches incluidas. Hasta que su cuerpo dio de bruces contra el mar.
      Cayó en Lemnos, donde aprendió a valerse por sí mismo, gracias al patrocinio de Tetis y Eurínome. Hefesto dominó pronto la forja y el hierro. Se sentía tan seguro de sus dotes que decidió darle un regalo a su madre, en recuerdo de aquella memorable caída. Un hermoso trono embrujado.
      Hera maldijo (una vez más) a su hijo. Sus nalgas estaban atoradas y el trono se cerraba a medida. Zeus se encontraba de viaje. En realidad siempre fue una fachada. Por ese entonces, las fechorías amatorias de Zeus se mantenían en alza.
      Así que todo quedó en manos de los principales dioses del Olimpo, que enviaron a Hermes con un mensaje para el feo orfebre de Lemnos. Una disculpa oficial. Y un pedido de auxilio. Hefesto se rió en la cara del mensajero. ¿Tan gorda está Hera que no puede sacar el culo del trono que le fabriqué? No volvería al Olimpo ni de broma.
      Hefesto siguió sacándole lustre a su yunque. El dios se sumió de nuevo en su proyecto ultra secreto: una cadera mágica. Dejaría de ser cojo. Así puedo tirar este bastón de mierda y dejar de lado las pastillas de Vicodin.
      Desde el Olimpo llovían los mensajes, como spam en un e-mail virgen. Como Hefesto hacía oídos sordos a las súplicas de sus hermanos, los dioses optaron por una estrategia más ruda. El vino de Dioniso, el tentador vino. Una gran orgía se montó en la herrería de Hefesto. Tanto Dioniso como Hefesto terminaron borrachos como una cuba. Claro que la resistencia alcohólica de Dioniso no tiene comparación. Así que todavía quedaba un rastro de sobriedad que le permitió llevar al dios de la forja de retorno a su hogar.
      Hefesto, enojado por la treta, pidió unas cuantos requisitos para pactar la liberación de su gorda madre y su vuelta al Olimpo. Primero, le tendrían que otorgar la licitación para manufacturar productos de metal en el Olimpo. Obtendría así el 70 % de las regalías menos el impuesto al rayo de Zeus. Segundo, Hefesto se reserva los derechos de tirar del Olimpo a quien se le antojase en el momento que quiera. Tercero, el Olimpo tiene que asegurar la contratación de mano de obra para su forja y cuarto, y no menos importante, Hera tiene que asegurarle la mano de Afrodita. El casamiento sería dentro de dos semanas, y así acallarían los rumores acerca del amorío entre Hefesto y Prometeo.
      Desde entonces la forja de Hefesto no detiene su producción. Dicen que la mayor afición del dios cojo es forjar penes de Bronces. Por día puede llegar a fraguar entre cien y ciento veinte penes de bronce, de unos treinta centímetros cada uno. Luego fraguó otros elementos mágicos de gran importancia, pero esa es otra historia menos interesante.

martes, 26 de mayo de 2015

Día 373: La bestia letrada o Una extinción encubierta

      El tipo era un ensayo deforme. Un bebé muerto le colgaba en donde debería haber un brazo. Un testículo gigante reemplaza la pierna izquierda. Y así en lo sucesivo. Para que se hagan una idea.
      Una vez salió a la calle. Por suerte no lo apretaron. Es que llevaba un sobretodo. A las personas no les gusta que se les recuerden que tan deformes pueden ser los cuerpos humanos. Por eso prefieren que horrores como el sexo, la homosexualidad y las partidas de TEG se hagan a puertas cerradas. A las personas tampoco les gusta que se les recuerden qué tan intolerantes pueden llegar a ser.
      Este horror de la naturaleza salió a la calle y compró una pizza en la rotisería de la esquina.
      El tipo perdió a su padre hace cinco años. Vive con su abuela por parte de madre, que fue la que lo crió y le enseñó todo lo que sabía. Por cierto, una enseñanza más completa que cualquier secundario de la actualidad. Así que ante todo el tipo era una bestia letrada.
      Fue una salida extraordinaria. No volvió a repetirse hasta que su abuela enfermó. Por ese entonces, el mundo externo invitó al tipo a descubrirlo, con todos sus matices. La suerte evitaba que lo lincharan. Son salidas controladas. Algún medicamento por acá. Comida por allá.
      Luego el mundo tienta. Con sus luces. Con la luz tentadora de un mundo que tienta. Y no para de tentar. El tipo, claro, se tienta. Y deja caer el ropaje. Y aparece el bebé muerto colgado del brazo. Y el testículo gigante. Y el resto de las deformidades. Como ese ojo verde que cuelga de la nuca. Y a las personas eso no le gusta. Porque la intolerancia no les deja respirar otro aire diferente. 
      Así que lo persiguen, como en los viejos tiempos. Hacen galas de las mejores persecuciones. Esas de película. O de libro, para el público lector. El tipo lo entiende ya que es, ante todo, una bestia letrada. Es iluso y trata de convencer a la turba con palabras razonables. Muy difícil que pueda encontrar un vestigio de razón que nazca desde lo más profundo de las pasiones humanas. En cada persona nace un pequeño monstruo con hambre, que quiere devorar lo que sea, al precio que sea. 
      El tipo descubrió que tenía cosas que las personas deseaban. A saber: deformidades y poderes fuera de lo común. Los nativos suelen llamarlo magia. Para este horror de la naturaleza es tan solo una forma más de consumir una venganza por fuera de la razón.
      Y podría haber aprovechado y comérselos a todos, o algo similar Pero prefirió hacerlos inteligentes, a la turba, a la ciudad y a la nación entera. Hasta ahí llegó su poder. No sé si fue mucho, o poco. El asunto es que todos comenzaron a sentirse como líderes idóneos del país, sean niños, locos o borrachos. Los criminales, y los no tanto, fabricaron bombas atómicas en sus garages. La ridícula carrera armamentista terminó con un agujero en la Tierra del tamaño de la India. 
      La fuerza nuclear de cientos de bombas caseras destruyó la atmósfera en cuestión de semanas. Por mala suerte, las personas más inteligentes de la Tierra, aquellas que podrían haber solucionado este inconveniente, estaban ya rostizadas por el efecto de sus propias bombas. El resto no dio en la tecla.

lunes, 25 de mayo de 2015

Día 372: Sin saberlo todo

      Los almacenaron en un espacio no mayor a un cuadrado de cinco metros cuadrados. Ciento veinte personas. Apretados. Van a tenerlos así por unos días. Hasta que el hambre asfixie. Hasta que la sed aparezca.
      El castigo fue efectivo. La mugre los vuelve un todo brillante y gracioso. La caca se pegaba entre las caderas de las personas. Ciento veinte personas. Todos inocentes. Seleccionados al azar. Pueden proferir los improperios más obscenos y nadie los va a escuchar. Están a doscientos metros bajo tierra.
      Saben que les queda poco aire. Los minutos hacia la inevitable muerte se acercan. Por lo que cuentan es poco importante, porque nadie tiene la más mínima idea. Todos inocentes. De a poco los cercenan hasta que desaparece la voluntad de creer.
      Arrastran las volutas del piso, son señores antiguos, resortes de una desmesura. Ellos no lo saben. No son tan inocentes después del todo. El problema es que no recuerdan. Algo sin forma les borró las mentes. Así reciben el castigo sin chistar. Nuevos inocentes de pasado oscuro.

domingo, 24 de mayo de 2015

Día 371: Declaración de amor

      Dale, tengamos un amor de novela. Cojamos al sol naciente, hasta que nos destripe la luna el esqueleto de tanto meta y ponga. No seas tímida, pebeta, dejate querer la entrepierna. Una cogida también es una caricia al alma. Es lo que el poeta no ve porque te lo tapa la bombacha.
      Dale, una oportunidad. Puedo ser insistente. Hasta que te pudras. Hasta que me des el premio. Ese triángulo de las Bermudas que no se deja encontrar. Caminás con tantos modales de dama. Eso me pervierte. Me excita hasta el tuétano, sabelo.
      Sos como esa musa lejana que no se deja tocar. Histérica. Pero hermosa. La de las tetas preciosas. Y un culito que se come con el mejor caviar. Musa de los dioses cogedores. Esos de arriba del Olimpo que solo piensan en ponerla. Una y otra vez, una y otra vez. Entra. Saca. Entra. Saca.
      De tanta incitación marcamos el rumbo de una acabada monumental. Las estrellas testigas del mayor polvo de la historia. Van a titilar todas juntas de tanta obscenidad. Le vamos a hacer el show. Si te dejás. Si me abrís el camino intransitado. Caminito. Derecho hasta el fondo. Sin parar.
      Hagamos una noche húmeda con el rocío de nuestros cuerpos. Digamos aleluya aunque no creamos en un choto. Por saborearte toda me haría budista. Podría matar si me lo pedís. Quiero el premio. Ese postre gordo que nace debajo del ombligo.
      Alineemos los planetas. Conjugemos nuestros fluidos en una sola oración. Mi modesta alma busca yacer y retozar, gritar, inventar nuevos dioses, destrozar mucosas, atravesar ese estrecho pasillo carnal. Si me dejás, pebeta. Soy un caballero. Pido permiso antes de mostrar la bestia copuladora de Indochina. Copulemos. Una sola fornicación. El polvo de tu vida. Eso lo vas a conocer y lo vas a llamar como corresponde.

sábado, 23 de mayo de 2015

Día 370: Anomalías

      Un falso estímulo. Se equivocó de persona. La otra era pelirroja y ésta es morocha. La cara es diferente. Es otra mujer, pero a su vez es la misma. Pero algo se generó dentro suyo. Peláez lo sabía. No era pero era ella. ¿Cómo sería posible? Si lleva ya, ¿cinco, seis años? Si estuvo ahí cuando pasó todo. Una bala en el sitio indicado no se equivoca. 
      La siguió unas cuadras, como para sacarse la duda. Era ella. Camina igual. ¿Para qué habría montado un circo semejante? Durante esa semana que duró la porquería la vio unas siete veces y en todas la encontró del mismo modo. Rígida como los de su especie. 
      Peláez le gritó. ¡Marian. Marian! La mujer se dio vuelta. Tenía la misma expresión de un muerto. Reconocía el nombre. Pero estaba asustada, pálida como un témpano pintado de blanco mate. Señor, usted me confunde con otra persona, pero en realidad su apreciación no es del todo errada. Soy lo que voy a ser. Seré Marian. 
      Ahora el hombre palideció. Medio por la sorpresa, medio porque no entendió. La versión extendida duró horas. En resumen, la mujer le brindó a Peláez una visión diferente acerca del sentido de la humanidad. Piezas recambiables. Todos lo somos. El universo es como una habitación gigante en el que fuerzas invisibles ponen y disponen el lugar de las cosas.
      Para dar un ejemplo, nosotros somos como foquitos de luz. Cuando uno se rompe, se reemplaza. Y así. Aunque un ser humano no siempre se comporta de ese modo. Algunos duran más, otro menos. Y después están los factores meta que trascienden al capullo físico. Es algo así como un alma, pero en realidad es algo más complicado. Digamos que es una partecita importante para que la habitación esté en orden, y da la casualidad que a veces se encuentra en el cuerpo de ciertas personas o animales. 
      Usted es descartable, Peláez. Podrá amarme hasta su muerte, y se lo voy a permitir. Pero una vez que la naturaleza acabe con su cuerpo, ese será el final de la cosa. No se aflija, vivir por toda una eternidad no es tan divertido como parece. 
      El hombre, asustado, dio media vuelta y siguió su camino. Tenía la seguridad de que le habían transmitido una información importante, pero no entendió ni medio lo que le dijeron. Marian. Está cambiada, muerta pero cambiada. Ahora sonreía, lo mejor va a ser olvidar que esto pasó.

viernes, 22 de mayo de 2015

Día 369: Ataraxia

      No supo definir el significado de la palabra ataraxia. Por eso tuvo que correr hacia un diccionario, víctima de su diarrea mental. Pensó que se trataba de esas personas que no comen nada porque quieren estar flacas como un esqueleto. No. El significado es diferente. Y más complicado. Lo único que entendió es que los griegos estaban metidos en eso. Cuando los griegos están en el medio, nada bueno puede salir.
      Claro, Svansson recuerda a la perfección al último griego que se cruzó por su vida. Un ladrón de bicicletas. Se llevó su mochila. Su cámara de fotos. Y una cartera con 550 euros. Svansson no quería demasiado a los griegos. De hecho tenía una organización que emepezaba sus reuniones tirando al fuego obras de Platón y Aristóteles. 
      A la mañana, la actividad favorita de Svansson era romper discos de Vangelis con los dientes. Todas las mujeres griegas que conoció lo engañaron de algún modo, a su corazón, a su billetera, o a su creencia de la vida. Una vez estaba sentado en el banco de la plaza y un niño griego se acercó a patearle una pierna. Le dolió por dos semanas. 
      Ataraxia. Debe ser alguna clase de droga griega que te mata ni bien te la tomás. Svansson no quería saber más nada con los griegos. Los odiaba. La palabra ataraxia lo turbaba. Una palabra fea, con esa X innecesaria. 
      Svansson recuerda. Hace dos años, un viaje de negocios a Gotemburgo. Estaba por cerrar una licitación para vender una cantidad importante de cueros a la Volvo. El viaje fue una mierda. El tren tuvo una demora. El conductor, detalle que Svansson aún ignora, es natural de la isla de Creta.
      La Volvo desestimó su oferta. El señor Korakakis había ganado la licitación, los cueros serían importado de Salónica a Gotemburgo. 
      Ataraxia. Esqueletos griegos. Svansson enloqueció, pero del todo. Tardaron dos horas para encadenarlo y una hora más (y cinco sedantes) para calmarlo. No había motivos para encerrarlo en un loquero, el hombre mostraba buena conducta a pesar del exabrupto. 
      Svansson se contuvo. En su mente transitaban hormigas de todos colores. Su cabeza bullía de proyectos, la mayoría de caracter incendiario. ¿Cómo prender fuego un país rodeado de agua? ¿Cuántas islas tiene Grecia? ¿No sería mejor inventar un volcán enorme?
      Así que vendió su departamento en Mölndal con todas sus pertenencias dentro. Solo llevaba un morral repleto de euros y un pasaje a Salónica. 
      La fábrica del señor Korakakis se encontraba en las afueras de la ciudad, cerca del mar Egeo. Fue fácil reducir a cenizas las instalaciones, el cuero transmite bien el fuego. Luego ocurrió algo extraordinario. Svansson descubrió la belleza de Grecia. De golpe se enamoró perdidamente del paisaje. Deseó ser griego y vivir por siempre en Salónica. Amó a los griegos tanto como antes los odió. Una cosa muy rara e inaudita. Svansson desistió de sus sueños pirómanos. Y practicó la ataraxia hasta el día de su muerte. Pesaba 40 kilos.

jueves, 21 de mayo de 2015

Día 368: Mundos. El decimoctavo.

      Es como si volara en una nube de drogas. Estoy tan putamente ido. Corté el hilo a tierra y nada me detiene. ¡Atrás, incautos! ¡Acá viene lo mejor! ¡Escuchen el testimonio del trovador de los veintisiete mundos! Con gusto esparciré mi ácido seborreico sobre sus graciosas cabezas.
      La historia viene de este modo. Trata sobre un mercader con pocos escrúpulos. Dicen que tenía costumbres sexuales raras. Lo mismo su mujer. Claro, el mercader y su mujer no tenían relaciones sexuales entre ellos. Preferían otras cosas, como latas o animales. Algo de depravación en la vida como para agitar el avispero de las sensaciones.
      A lo mejor nací drogado y el mundo es la diferencia. El decimoctavo, para ser precisos. Dicen que la verdad encarna dos veces antes de morir como un petirrojo. Así dicen. Yo no me la creo. Esa cosa suprema de novela. 
      Aunque hay que decir algo que es cierto, la verdad, antes de encarnar dos veces cuando muere como un petirrojo, está diseminada en esos veintisiete mundos. Veintisiete. Esa es la cantidad justa. Ni uno más. Ni uno menos. Aunque veintiséis mundos cuentan mentiras. Solo uno dice la verdad verdad. Ese es, claro, el decimoctavo.
      No es fácil distinguir al decimoctavo mundo. La verdad se camufla, a veces parece el sexto, otras el vigesimoprimero. La historia del mercader, por ejemplo. En el decimoctavo el mercader es un pobre diablo impotente, aunque los demás mundos lo pinten como a un monstruo. En el decimoctavo no necesito estar drogado para decir la verdad, aunque si necesite estar drogado para acceder al decimoctavo.
      Sé que toda esta cosa de los múltiples mundos puede ser visto como una fantasía de drogado. Lo sé. Estoy de sobre aviso. No me miren con esa cara suspicaz, sé lo que pasa por sus podridas mentes. Piensan que estoy loco, o algo así. Y no. Solo digo la verdad. Como los niños, los borrachos y Adolf Hitler. Aunque sea una verdad difícil de creer. Las verdades del segundo mundo, esas sí son raras. Veamos un ejemplo.
      Una historia acerca de un abogado exitoso. Tiene un auto último modelo, de esos lujosos. Los clientes le salen de abajo de las alcantarillas. Un día le cae un rayo sobre la cabeza. Sobrevive no sabe cómo. Sabe que su vida tiene que cambiar, por eso elige el derecho penal. Y los clientes siguen cayendo. Delincuentes de pe a pa. Asesinos, mafiosos y gente de ese tipo. No gana un solo caso. Los pierde a todos, Y eso es lo que quiere. Es su cruzada. Vive para encerrar a todo maleante. Defiende tan mal que hasta sus ladrones de gallinas terminan con una cadena perpetua. Cosas así ocurren en el segundo mundo.
      En el decimoctavo no existen los abogados. Se sabe que son una especie mitológica, como los unicornios o los dinosaurios. A veces me gustaría vivir en alguno de los veintisiete posibles. Pero la Tierra es como una mezcla de todos. Aparece cada uno de a ratos, y por eso no sabemos cuando la verdad es la verdad y cuando es la mentira. Aunque ya sabemos que cuando de dieciochos se trata, mejor no jugarle a la lotería. 

miércoles, 20 de mayo de 2015

Día 367: La persistencia del acto

      La foca salió al muelle presidencial para aplaudir a sus seguidores. Pide pescado. La foca tiene hambre. El efecto invernadero hacía estragos, cada vez quedaba menos que comer. Y el presidente lo sabía. Pronto vamos a empezar a comernos entre nosotros, como le pasó al abuelo, piensa la foca.
      Cuenta la leyenda que en ese momento el abuelo se comió a la abuela. No le pidió permiso, dado que era una foca orgullosa. La agarró por atrás, con la boca bien abierta y empezó a masticar hasta que no recibió más resistencia. Para ese entonces la abuela había parido más de tres camadas de pequeñas focas, entre ellas el padre del presidente.
      A diferencia de la raza humana, las funciones políticas de una foca son más complicadas de ejercer. El presidente, más allá del rol nominal del puesto, debe asegurar el bienestar sexual de sus seguidores, así como también impedir que las focas se coman entre ellas. Las riñas de focas que terminaban en grandes almuerzos o cenas eran algo común. La foca tiene un costado canibal difícil de reprimir.
      El presidente no descansa. Tiene que asegurarse que todas las focas mantengan un ritmo sexual acorde al incremento deseado de la progenie. En caso contrario, es obligación del presidente inseminar en persona a toda hembra con capacidad de gestar pequeñas foquitas.
En cuanto a los problemas de comida, es el presidente el que tiene que asegurar que cada foca lleve un estricto control de sus comidas. No debe dejar que ninguna foca engorde o adelgace más de lo previsto, por eso en muchas ocasiones debe seleccionar con sus propias manos el pescado que servirá de comida para sus seguidores.
      El presidente tiene miedo a las revueltas, porque recuerda los tiempos de su abuelo. Una turba enfurecida puede llegar a comerlo, sin pedir permiso, como le pasó a su abuela. Por eso elige las palabras con cuidado, tiene que usar la política de su lado para mantener el orden de las cosas, cualquier detalle librado al azar puede significarle la muerte inmediata. El sistema gubernamental de las focas no es bueno ni malo, ni siquiera podría considerarse justo. Es un sistema adecuado. Apropiado a las cualidades que imperan entre estos animales.
      Lo más duro suelen ser las competiciones. El presidente sabe que no es único e irrepetible. Como él hay miles de presidentes, cada uno con su propia nación. Es raro ver a un presidente foca con más de cinco seguidores. Las focas no suelen tener mucho carisma. De hecho suelen ser sujetos toscos y poco agradables. Salvo este presidente.
      Su cuenta es de cien seguidores, y el número crece. Este presidente sabe sonreír, algo inaudito en una foca. Dicen por lo bajo que lo aprendió de los humanos, así como otras mañas muy útiles a su desempeño político. El sueño del presidente es una nación única de focas de todo el mundo, en donde haya pescado para todos. En ese sueño nadie muere de hambre, nadie muere comido y todos tienen actividades sexuales por encima del promedio esperado.
      Las focas se acercan. Dicen que se avecina la revolución. El presidente sueña con tomar una ciudad humana. Con suficiente carne para todos, ni una sola foca pasaría hambre. Las focas se acercan. El círculo se enciende. El presidente va a hablar. 

martes, 19 de mayo de 2015

Día 366: Paro cardíaco

      Una intuición de lo que la memoria puede pedir. La memoria pide muchas cosas. Porque se hace la estrellita y quiere opacar al cerebro. Me debo acordar de hacer las tareas, de portarme bien y de hacer el amor cuántas veces quiera la guacha forra. Un adolescente la pasa mejor. Está sumido en su irrealidad de ser la persona más desafortunada del universo. Porque la caca le cae encima, a él, y a nadie más. Eso es bueno. No hay motivos de qué preocuparse. 
      Pero luego entra la memoria y la vejez. Así, todo junto, en equipo, haciendo juego, como una tuerca fallada. Mire, mi juez, yo no vi nada. Eso es la vejez y la memoria. Lo que opaca mis pensamientos y me deja así ido. Ido. Me va a declarar loco. O puedo ser sospechoso de la cosa. Ni siquiera sé para qué me llamaron. Lo único que escuché es que hay un payaso metido de por medio.
      Lo acepto. Le pegué una piña. Le destrozé la boca. Creo que perdió dos dientes. Lo llevé al hospital, porque soy un tipo bueno. ¿Me pregunta por qué lo hice? Claro que se lo voy a responder. Tengo un sentido del deber y la decencia, eso es todo lo que puedo decir. Ya se lo mencioné antes, un adolescente la pasa mejor. Disculpe si desvarío, tengo complejo de artista frustrado. Siempre quise escribir un libro, pero no me salió. Lo más cerca que estuve fue esa vez en que rayé un Quijote con la lapicera. Je je je. Era una broma, ¿la entendió? Escribí un libro. Lo rayé. Je je je. 
      Como le decía, llevé al payaso al hospital porque me considero un buen ciudadano. Pero la piña se la merecía. Verá, a esta edad soy muy susceptible al buen humor. ¿Sabe que los buenos comediantes pueden causarme un paro cardíaco? Recuerdo hace unos años, fue antes que muriera el pobre, tuve la oportunidad de ir a un espectáculo de Richard Pryor. Ese tipo era bueno, se lo aseguro. Hizo que mis venas se tensaran. Lloré durante todo el espectáculo. Durante tres meses no pude salir de mi casa. Por supuesto me tuvieron que hospitalizar. Ahí fue cuando descubrieron mi dolencia. Alergia a la comedia. Así lo determinaron. 
      Pero es como la marea, sabe, va y viene. Un chistecito no hace nada. Incluso cuando la cosa es media absurda y no la entiendo, es como si me contaran un drama. Pero si es una porquería muy graciosa, puedo quedar como bien muerto. Así, todo muerto. Algunos idiotas creen que es broma, pero no, es muy cierto. Llevo conmigo el diagnóstico médico para mostrárselo a quien quiera. ¿Se lo doy? bueno, me lo guardo. 
      Por supuesto, ese payaso es un pésimo comediante. Nada que ver con Richard. Lo de Pryor era el cielo de la risa. Este tipo habita en una clase de infierno en donde la risa no está permitida por considerarse un artículo banal e innecesario. 
      Por supuesto también le expliqué lo que le dije a usted, señor juez, acerca de mi condición. Pero ya sabe, oh memoria, lamento escondido. Bañas tus jugos con el ceño del amor. La poesía me relaja. Por eso cada tanto cito algo o lo invento. No es tan bueno, sabe. Pero ayuda. Me libera la tensión. El nervio. Usted me ve acá sentado, compadeciendo, como si fuese un asesino serial. ¿Sabe usted que a Raskólnikov el que le cagó la vida no fue la culpa ni el hambre sino la mente de Dostoyevski? Si el tipo hubiese sido una persona más entera de cabeza, hubiese permitido a su personaje que se fugara a las Islas Caimán, por lo menos. ¿No lo cree así? Leo mucho. Me gusta leer. Tengo el hábito de imaginarme mejores destinos para los personajes de las novelas. Esa es mi habilidad. Me sale bien, se lo juro. 
      Volviendo al caso. Le pido disculpas a la familia del señor payaso. Tengo entendido que ya está fuera de peligro. Voy a pagar lo que tenga que pagar. Pero le pido encarecidamente que tenga en cuenta mi condición. Sé que quieren meterme preso. Por pegarle a un payaso. Es algo inaudito. Mejor dicho, es una broma. Un chiste del destino. Quieren que muerda. Je je. Encarcelado. Je. Rodeado de payasos de colores. Y guirnaldas. Je je je. ¡Por viejo! Jejejeje, ¡Y loco! jeje ¡Llamen a Richard! jejejeje ¡Allá Voy! jeje.

lunes, 18 de mayo de 2015

Día 365: Nueva lección de historia

      Una línea de pulso eterna. Sin alterar. Recta. Al ras del suelo pasa el cable. Color tierra. Camuflaje. Atentos a la sirena. Son tiempos de guerra, suena en la radio. Tanques enemigos que avanzan, fuego en la cocina. Invadamos Polonia. Por placer. Por gusto. Por hobby. Por casualidad.
      Su majestad me dice. Su majestad me ordena. Mi manera correcta de explicar lo que ya no tiene razón de ser. Lejos. Aislados. Lo queremos todo. Por las dudas. Mandemos muchos aviones. Por la gloria. Por la reina. Por la piratería. Por la nada. El olvido.
      Rincón rojo de la vergüenza. Frío que congela el pezón de la madre nación. La madre. El personaje retorcido. Halcón de la nieve y el sueño. De lo diferente. Unidos. El sistema y la maquinaria. Una comunidad, eterna, sobre el paisaje. Avanzamos hacia dónde sea. Por la patria. Por el honor. Por fin.
      Tres son multitud. Tarde al hecho, con el cadáver frío. La figura del interés en el muerto que se revuelca. Criaturas muertas del hambre, pelean por los restos del polvo. Divide y ordenarás. Administración. Causa justa. Fin del ciclo. El banco del mundo y sus préstamos justificados al fin mismo de la nada, el olvido y la casualidad. Va por todo. Por la eternidad. Por el águila que aprisiona. Por una moneda.
      Nos rendimos. Sus muertes nos son propias. Adjudicamos el olvido. Tramitamos la nada. Por la casualidad aún vivimos, aún morimos. El germen de la catástrofe, de una inteligencia sobredimensionada. Todas las causas todas, todos los fines, todos. Purgan. Expurgan. La guerra es un callo saliente. Un pus de personas. De supurar no termina. Levanten las banderas. Ganaron los piratas.

domingo, 17 de mayo de 2015

Día 364: Pensamientos ígneos

      Sin problemas en el reino de las coníferas. Las bastardas permanecen alejadas del ruido del mundo. El benemérito pino, símbolo de la navidad y todo lo demás. Cooperativas cuando vienen de a par. Aun en el silencio que las consume hasta la muerte, nadie sabe lo que piensan.
      Si tan solo pudiéramos infiltrar un micrófono en su corteza y palpar los latidos de su corteza. Los pensamientos serían evidentes. Muerte. Destrucción. Asesinato. Incendio. Porque por supuesto, las coníferas son la única especie de árboles pirómanos de la flora terrestre. A decir verdad, eso las emparenta más de lo que se cree con la raza humana. 
      He aquí la historia de uno de ellos. Un pequeño pino que se recibió de árbol de navidad en el 85, cuando todavía no habían sido reemplazados por sus pares de plástico. Lo albergaron en una casa de familia, como un estudiante de intercambio, o sea, con un carácter temporario. Una noche, el árbol se escurrió hacia la cocina, con sus guirnaldas colgando. Las bolas caían sobre el suelo. El pequeño pino hizo lo que se esperaba de su especie. Prendió el horno. Metió una taza de metal en el microondas. Echó nafta sobre el parquet. Y tiró un fósforo. El pobre árbol no pudo escapar de la llamarada. Murió en el ácto víctima de su propia naturaleza.
      Por eso la creación les tiene una trampa. Es por su propio bien, podría ser la justificación. No hace falta mayores pruebas. Para eso tienen raices frondosas. Para eso están alejadas del ruido del mundo. Para eso el silencio atroz que las consume. El bosque de coníferas es la cárcel del árbol que espera morir, sin mayores ilusiones que caer en el fuego que tanto las enferma. 
      Un árbol antiguo, de unos ciento ochenta muchos años, escribió una autobiografía en su mente. A diferencia del ser humano, las coníferas tienen recuerdos desde que son apenas una semilla. Por lo que se dedude que aplastar una semilla puede ser considerado un aborto.
      La biografía de este árbol se traduce en la corteza, a diferencia de lo que creen muchos estudiosos humanos. Para un pino con caspa es una dificultad. Un pino con caspa es como un árbol desmemoriado. En la corteza también se encuentra el cerebro del árbol. A través de la corteza los árboles piensan en su condena eterna, encadenados al despliegue de un mundo en el que no eligieron vivir.

sábado, 16 de mayo de 2015

Día 363: Un casting fallido

      ¿Qué más pueden decir? Toda la gloria descompuesta en sus corazones, como un virus que solo ataca a señoras casamenteras. Esas pequeñas víboras se arrastran y clavan el veneno en la arteria indicada, como si supieran. Todas pueden aclarar en su garganta lo que escupen sus labios. Tan solo unas palabras. Las necesarias. Esas que arden en el sentimiento de la gente: Larga vida a Cthulhu.
      Las señoras de alta alcurnia repiten la frase luego de tomar el té. Su reunión semanal es la expresión última del amor por este gran antiguo. De acuerdo a doña Enriqueta, que preside la junta del club de Cthulhu, dentro de unos años recibirán el llamado de su maestro para unírseles en una ciudad ubicada en las profundidades del Océano Pacífico. A nadie se le permite nombrarla. Pregúntele sino lo que le ocurrió a la viuda del relojero cuando dijo R'Lyeh.
      Otras leyes menores del concilio se encuentran enmarcadas en la convivencia diaria del culto. No se permite el consumo de calamar, pulpo o semejantes, ya que se considera una afrenta al supremo Cthulhu. Tampoco está bien visto la idolatría por las convenciones espacio-temporales humanas, así que es poco común que existan relojes entre las señoras pertenecientes al culto. Claro, eso es un inconveniente para pactar el horario de las reuniones. Doña Enriqueta es pragmática al respecto. Cthulhu proveerá, dice.
      Las reuniones suelen deselvolverse en un ambiente de plena armonía, aunque cada tanto hay algún que otro inconveniente. El mayor problema son los chismes. A las señoras le gusta chismosear demasiado, y si es a espaldas de sus compañeras, mejor. Como la viuda del relojero, o peor, lo de la señorita Vidal Anchorena. 
      Considerada, a sus 98 años, la mujer más anciana del concilio, la señorita Vidal Anchorena cuenta con una energía inaudita para los años que lleva encima. Que son muchos, para qué aclararlo. Nunca desposada, ni siquiera arrimada a primera base, la señorita Vidal Anchorena tenía fama de vieja agorera. También le decían otras cosas, como vieja chusma, y otras, de tenor sexual obsceno y censurable. Cthulhu proveerá. 
      Aunque, si en algo concordaban doña Enriqueta y la viuda del relojero, era acerca de la tendencia destructora de la mujer. Comenzó sutil. Así por lo bajo. Yo sé lo que hace doña María después de salir del banco. Ese pelo no es natural, querida. ¿Vos creés que esa mujer puede vivir en la fastuosidad que vive con la miseria que cobra de pensión? En algo está metida. Pero oime, hija, ¿vos creés que el gran supremo ya no tiene elegido de antemano a sus favoritas?
      Esa fue la gota que destrozó el vaso. Luego de 28 años de indolente silencio, doña Enriqueta se puso en pie frente a la señorita. Con gentileza le pide a ella y a su silla de ruedas que se retiren de la sala. En silencio, en lo posible. La anciana tiembla. Ahora me van a escuchar, dicen. ¿Ustedes creen que el gran supremo las iba a elegir? ¡A vos, a vos y a vos! ¡A NADIE!
      Un milagro ocurre. La señorita Vidal Anchorena se encuentra de pie ante sus excompañeras de culto. Las señala y grita, con un timbre atroz. ¡INFIELES! ¡Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn! La piel alrededor de la anciana se caía de a pedazos. La figura de una criatura verde, similar a un calamar, de dos metros de altura empieza a revelarse ante las mujeres del grupo. ¡Cthulhu fhtagn! ¡Cthulhu fhtagn! no deja de repetir el emisario del gran antiguo, antes de evaporarse por completo de la sala.

viernes, 15 de mayo de 2015

Día 362: La boca del embudo

      Reencarnaría en otra cosa. Vaya uno a saber en qué. Es la espera lo que mata. El empleado de la aduana lo había retenido todo, sin excepciones. Normas, protocolos y procedimientos. No recuerda si ese era el orden, pero más o menos de eso se trataba. El país tenía que asegurarse ante la posible presencia de terroristas.
      No hay que ser ingenuos, existían muchas personas en la Tierra que no querían mucho a este país. De hecho no dudaban en expresar sus ideas incendiarias en público. El ave fénix de la patria. Todos querían hacer de sus cenizas algo por su país, por más odiado que sea.
      Burletes de goma. Todo el contenido de su maletín. Suena lógico, al menos estaba en sintonía con su declaración. Vendedor de burletes de goma. Tiene sentido. Pero en la aduana todo elemento puede ser terroristizable.  Sobre todo un burlete de goma, que podía esconder elementos para confeccionar una bomba casera o una cantidad de ántrax suficiente como para evaporar a Tierra del fuego del mapa.
      La demora se extendió más de lo previsto. El vendedor de burletes temía por su futura venta. Eran nuevos clientes y no sabía qué tanto tolerarían una cosa tan poco profesional como una llegada tarde. Para cerciorarse que todo estaba bien, lo hicieron pasar por decimocuarta vez por el detector de metales. 
      Un empleado de la aduana se acercó a su asiento. Tenía unos papeles en la mano. Debía completarlos por duplicado y firmar cada hoja, con aclaración y número de pasaporte. El empleado se parecía a una barra de hielo. En realidad una barra de hielo demostraba mayor simpatía. 
      Aguila. Recuerdo. Copa. Válvula. Destilería. Mojado. El emisario tomó la muñeca en donde se encontraba su reloj. Miró la hora. Fórmica. Hugo. León. Secuoya. Arjona. La radio no devolvía sonido alguno. Parecía satisfecha. Colibrí. Queso. Baba. Zoquete. Anorak. Pelé. Río. La lista de supermercado se extendía. 
      El emisario volvió a tomar su muñeca, la del reloj. Y esperó a que el mensaje fuera codificado. Acababa de transmitir que el contacto de Albania sufrió un retraso. Colirio. Farfán. Alien. Pus. Occidente. Eso quería decir que el mensaje había sido recibido. Fin de la comunicación.
      Al yanqui no le hizo mucha gracia la demora del vendedor. Necesitaba cerrar el trato ahora. El maletín estaba lleno de sus mejores muestras. Los burletes eran fabricados con el mejor poliuretano del mercado, eso podía asegurarlo.
      El vendedor volvió a pedir perdón por el exabrupto. No estaba al tanto del complejo sistema de seguridad de las aduanas de su país. El yanqui rio de buena gana. Con la paciencia de un maestro le explicó al vendedor albano la teoría de la boca del embudo.
      Verá, mi estimado. Este país funciona como un embudo. Usted sabe lo que hace un embudo. Tiene una boca grande que se achica. Así evita que el líquido se derrame. En norteamérica las cosas son, por así decirlo, diferentes. Nos preocupamos demasiado por los terroristas, eso nos vuelve un tanto estúpidos. Entonces como le comentaba, este país funciona como un embudo, pero puesto al revés. Hay que tener sumo cuidado en verter el líquido. A la larga, sabemos que se va a desparramar, porque el embudo está al revés. 
      El yanqui quedó contento con su comparación. Solía hacerla con todos sus proveedores del extranjero. La tierra de las oportunidades. Hubiera deseado que su país tratara mejor a sus distribuidores. Los detenían por la pinta. Esas malditas apariencias. Ahora este pobre albano, inocente como una paloma. Nunca adivinará que sus burletes serán parte del mayor arsenal paramilitar en la historia de los Estados Unidos. Que así sea.

jueves, 14 de mayo de 2015

Día 361: Pudor

      Un muchacho conocido me vendió su pudor. Lo empaquetó con un papel amarillo y un moño rojo. Luego le dio un beso de despedida. Muy pasional la cosa, no voy a entrar en detalles. Así salí a las calles, con mi nuevo pudor.
      Las chicas me miraban, y me sonrojaba. Luego un chico me guiñó el ojo y me desmayé de la vergüenza. Antes era más fácil, pensé. Pudor del diablo, ¿para qué lo compré? Ahora no iba a poder devolverlo, no puedo comprometer mi reputación como comprador. Debemos trabajar como un equipo. Juntos. El pudor por un lado, yo por el otro. Juntos de la mano.
      El pudor me da pudor. Quiero escribir una cosa como para explicarlo mejor. Pero las frases no me dejan terminarlo. Tengo miedo a ser malentendido. Por eso copio y borro, copio y borro. Tengo la esperanza que alguien me entienda, por ósmosis quizás.
      Igual tiene sus cosas buenas. No, en verdad no son tan buenas. Me gustaría ser mejor entendido. Incluso creo que es un poco la dislexia. Algo en un rincón de mi cerebro está oxidado. No funciona como debería. Es un producto defectuoso. Y no puedo comprar un nuevo cerebro. Todavía no vivimos en ciudad Esmeralda. De hecho todavía ni salimos de Kansas. El huracán está como a dos siglos de distancia.
      Así que me tengo que arreglar con el cerebro que me toca, defectuoso y todo. Y con el pudor recién adquirido. Una mala inversión, por supuesto. No hablo mal del vendedor. Me lo advirtió. Dijo que las cosas iban a cambiar mucho en mi vida. Que perderia a muchos amigos. Pero al final las cosas resultarían.
      Eso dijo. Las cosas resultarían. No aclaró en qué. Ni qué cosas. Solo dijo: Las cosas resultarían. O sea, una sentencia críptica de dudosa resolución.
      Capaz que tengo que ser más valiente. Animarme a hacer algo diferente, como lo hacía antes, con tanta facilidad. Pero no, no me sale, me da pudor. No fue una buena compra. En realidad debe ser como una maldición indígena que se pasa de mano en mano. Como un HIV, pero maldito. Ahora me tocó a mí.
      Tendré que poner buena cara. La mejor. Y ofrecer un buen producto, tal como hicieron conmigo. Alguno seguro va a picar.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Día 360: El gato de Alejandría

      Dicen que Sóstrato de Cnido y Ptolomeo I compartían una misma afición. Un divertimento que pasó inadvertido por muchos, salvo por los verdaderos beneficiarios de sus implementaciones arquitectónicas. Las fuentes históricas de Clitarco, hoy extraviadas, sostienen el enigma acerca de la construcción del faro y la gran biblioteca de Alejandría. Pocas líneas de su trabajo sobrevivieron. Algunas frases de dudosa coherencia sostienen la posible existencia de pequeños pasillos secretos, construidos de forma deliberada.
      La fantasía de ciertos autores asoció a duendes y figuras mitológicas el uso de tales diminutos pasillos. Nada más lejano a la realidad. Ese gusto adquirido por Sóstrato devela el misterio. Aunque de ascendencia helénica, los alejandrinos tenían bien aferrados el sentir egipcio. Por eso amaba a los gatos.
      Así como las vacas en la India, los gatos en Egipto contaban con inmunidad diplomática. Nadie podía matarlos. Pesaba la pena de muerte sobre aquel que osase hacerlo. Por tal razón los gatos transitaban libres por los caminos egipcios, a veces en manada, lo cual era un fenómeno por cierto muy extraño.
      Los llamaban emisarios de Bastet, una divinidad adorada por los antiguos egipcios. El ánima del gato, independiente y misteriosa, enraizaba en los cultos a su persona, referidos de modo subrepticio en el Libro de la muerte. El gato podía ser un puente a otras vidas, quizás a diferentes mundos, el de los cielos y las estrellas.
      Felonio solo sabía maullar. Tenía carta blanca, como el resto de los de su clase. También sabía lo de los pasillos. El gato gigante que los construyó les había dejado una ciudad exclusiva para ellos, con templos a su medida y todo. Su pasatiempo favorito era utilizar el pasillo del faro que conducía a la ciudad pequeña.
      Alli se encontraban los gatos de su casta. Los de mayor jerarquía habitaban la gran ciudad de la biblioteca. A Felonio poco le importaba la lucha de clases, solo quería maullar y revolcarse en la hierba gatuna hasta dejar rojo sus ojos.
      A Felonio también le gustaba pasearse despreocupado por las calles de Alejandría. Tenía todos los derechos de familia para aspirar a una cama en la ciudad grande de la biblioteca, pero la rechazó. Felonio prefería vagar. 
      Un emisario de Ptolomeo I conducía el carruaje real. No tuvo un feliz encuentro con Felonio. El cuerpo del gato era un amasijo de tripas y sangre. Su mirada vidriada se perdía en el vacío. 
      Dicen que Felonio accedió a los secretos velados en El libro de los muertos. Conoció los portales que atraviesan dimensiones. Así fue como encontró su hogar. 

martes, 12 de mayo de 2015

Día 359: El guardián sin el centeno

      ¿Qué sería de mi vida sin Salinger? Ese libro ha germinado en la mente de millones de asesinos. También fue la razón de mis tendencias homicidas. Sé que si mato tengo la posibilidad de que mis ideas germinen en la mente de un autor. Como una planta. Eso sería lindo.

      Por supuesto que antes era normal. Al menos para las personas que me rodeaban. Podían suponer que solía ser un tipo raro, eso sí, pero no de los que matan. Creían que estaba a años luz de una cosa semejante. Bueno, se equivocaron. Tampoco es tan importante. La mayoría están muertos o camino a serlos. 
      No es que los haya matado a todos. No soy un asesino en serie. El asunto es que ocurrió hace mucho tiempo. De vivir aquellos que podrían tener alguna sospecha contra mí deben ser muy viejos. 200 años, por lo menos.
      Y no exagero. Cuenta la leyenda acerca de las ánimas. Son como seres invisibles que habitan los cuerpos de las personas. Esta leyenda en especial dice que si uno toma toda la sangre de un pariente muy cercano, es posible que viva por siempre. Así dice, es posible. Ni siquiera ofrece seguridad alguna. 
      Yo era joven y estaba cegado por el aliento de la muerte. Le temía. Quería vivir por siempre, como los inmortales. Así que me aventuré en ese posible y asesiné a mi madre. La odiaba, así que tampoco perdí nada.
      Fui un buen asesino, lo reconozco. Aunque un pésimo escondedor. A lo que me refiero, fue fácil matarla, más no esconder las pruebas del delito cometido. Así es que me dieron cadena perpetua cuando averiguaron lo que hice.
      Estuve muchos años en prisión. Luego cambió la sociedad. Otro poco se desmoronó las bases de las leyes. La ética dejó de servir, al igual que la moral. Todo en el transcurso de unos 78 años nomás. Una vida humana.
      Después me liberaron. Los sistemas de vigilancia habían avanzado tanto que a los gobiernos les convenía más tener a los reos en las calles que encerrados. Nadie podía escaparse a las cámaras que observaban los comportamientos de los habitantes. Nadie. Salvo que vivas en una prisión, encerrado entre paredes de concreto. Salvo que vivan como yo. Por eso me volví de repente un viejo inmortal peligroso. 
      A nadie le preocupó mucho mi edad. 359 años y contando, les decía al que quisiera saber. No les importaba. Les parecía un milagro y nada más. En el siglo XXIII los milagros son el equivalente a una broma de mal gusto. Las cosas cambiaron tanto.
      Ahora asesinar es algo común, incluso necesario, de acuerdo a ciertas corrientes psicológicas que abogan por el pleno desarrollo de los instintos humanos ancestrales. Me imagino que se refieren a las cosas que hacían los hombres de las cavernas o algo así.  A mí en verdad me parece mal. Soy un asesino, lo acepto, pero tengo una convicción acerca de lo que está bien y lo que está mal. Maté por un propósito.
      Veo a los jóvenes hoy día matar por nada. Quitan la vida sin un propósito superior. O sea, matan por matar. Es una diversión. Lo mío fue motivado por el odio y el deseo. Lo pensé por años, no me largué así como así.
      A veces me gustaría morirme, pero sé que es imposible. Es por que soy inmortal, los inmortales no mueren. Es obvio, lo sé, pero créanme que intenté matarme, no una, sino en unas cuantas ocasiones. La esperanza es lo último que se pierde. Capaz que si mato a la persona indicada el maleficio se revierte, vaya uno a saber. Por lo pronto, espero. 

lunes, 11 de mayo de 2015

Día 358: Los años que vienen

      Envejecer no sería la tarea que le vendieron en el folleto. Tenía que poner manos a la obra, sin guantes. Tomar la letrina por las astas. Así, sentir como los años se acumulan, uno sobre otro. Porque contra ese acto irreversible de la magia cosmogónica no hay lucha posible.
      Luego de atravesar kilómetros de continente solo quería tirarse a la cama. Descansar o dejar que la incontinencia del pensamiento fluya, lo mismo da.  Por que la muerte ya llega, cada vez más cerca. Es un pan y queso con fecha de vencimiento.
      Desde hace un tiempo consideró al suicidio. Una vía redituable de retirarse del juego, sin largas pantomimas. Porque la vida a veces era demasiado larga, por momentos se hacía corta, y en otras ocasiones parecía pasar demasiado rápido. A decir verdad, nunca logró entender la relación que existe entre la vida y el tiempo.
      Quizás se manejen por carriles diferentes. Por un lado todas las cuestiones relativas a la existencia, al revolcón metafísico. Por el otro, los segundos que pasan, y el reloj de arena, y todas esas cosas que se acumulan en secuencias lineales de tiempo.
      También estaba esa posibilidad, pequeña, de entenderlo todo. A los ilusos se le da fácil esa idea de relacionarlo todo. Como si fuese posible armar un rompecabezas con piezas de diferentes universos. O no entenderlo nada. Sacrificar la cordura en pos de un bien mayor. Porque esa parte de envejecer así lo quiere. No sufrir más de lo necesario. Tan solo quemar las cosas necesarias. No malgastar el fuego.
      Al final podría regodearse con los motivos más enfermos. Por supuesto, eran sexuales. Sino no serían ni motivos ni enfermos. Porque los finales son así de confusos. Nadie puede preverlos. Aparecen, sin más, dicen: acá estoy, vamos a comer. Cuántas realidades perdidas arrojadas al inodoro, en un sinfin de inexistencias. Allá van los hijos perdidos de la nada. Au revoir cielo infinito. Orbuá. Chauchau. Adiós.   

domingo, 10 de mayo de 2015

Día 357: Evidente

      Una aplicación para la vorágine. Ese cosocidio de la palabra que aflora muerta. Es el himen de una prostituta. La inocencia de lo que ya no vendrá. Algo por aparecer, semillas del hastío. Llegamos tarde al fin de siglo.       
      Ya no sirve la decadencia, es un bien usado, un forro tirado al costado de la vereda. Una expresión francesa inservible. Una manía del ego entre tantas. Apunta y borra, son las llamas de un pene enorme que se cae de maduro.       
      Y un agujero. Un portal tan grande como Sri Lanka. Un triángulo sin bermudas. Una insinuación sexual de lo que podría ser. Si las palabras pudieran medirse en fotones. Muchos haces de luz se condensarían sobre las intrigas de una hoja en blanco. Hasta formar un gran libro lleno de nada. Un blanco seminal. Renovador. 
      Perdido en la mecánica cuántica de los algoritmos sociales, sus convenciones, la cultura y todo lo demás. Hay que enseñarle al nene a portarse bien. Hay que decirle que no escupa, que sea bueno con su sociedad, que tanto lo mima, que tanto lo acaricia, que tanto lo masturba. Hasta el éxtasis mismo del abandono. Fuera de sí un eco, menciones del fantasma. Si, pobres son y piden más, vulgares señores sin sombrero, que fuman sus habanos en pipa, que comen sus porciones de caca en sobre, que cagan hasta las últimas consecuencias del ano que los destroza. 
      Y por si fuera poco, un apocalipsis consumado. Ese que está escrito en los libros. Una mentira para nenes malos. Una alegoría, mejor dicho, sin o, una alergia. Cuantas tonterías por escuchar, tanto taradismo por leer. La ingeniería del absolutismo idiótico no detiene su marcha. Avanza, avanza, hasta las pútridas consecuencias. No quiere detener aquello que llega. Porque nunca se fue.

sábado, 9 de mayo de 2015

Día 356: Atascado II

      Carlos era una mierda despreocupada en en el mundo que le había tocado vivir. Sin dudas habría sido un buen vicepresidente en Urano. En la Tierra su estatus no superaba la altura del gusano más ambicioso de la galaxia.
      De hecho ese gusano habita en una galaxia a 158200 años luz de la Vía Láctea. Se llama Grth y tiene tendencias autodestructivas. Cree en medio dios y sabe que él mismo es la otra mitad faltante. Grth mide unos 2 centímetros, un poco por debajo del tamaño promedio del gusano terrestre.
      Carlos vivía irritado. Un espermatozoide con la carga genética defectuosa lo había dejado medio sordo de nacimiento. Medio sordo, esa era la definición más acertada. Mientras su oído izquierdo los sonidos entraban como un radar, el derecho permanecía virgen a los efectos de cualquier ruido o insinuación musical.
      Vivía como a dos mundos. A veces alucinaba con la voz de un gusano. Decía cosas groseras en su lado derecho, entre la nada. Sueños de conquista interplanetaria. Se hacía llamar Grth.
      De acuerdo a Grth, en su planeta no existen las vocales, lo cuál era una gran ventaja al jugar Scrabble. Tampoco tenían en sus diccionarios el concepto de piedad o empatía. De hecho todos los gusanos del planeta que provenía Grth eran potenciales tiranos u homicidas.
      La voz de Grth anunció su llegada. La mitología de su planeta tenía un estúpido convencimiento acerca de la divina presencia de Carlos. El gusano dijo que se teletransportaría en el transcurso de los próximos veinte días para instalarse en el oído derecho de Carlos. Así tendría la posibilidad de salir del cascarón. La coraza durante la que estaba forjando sus inquietudes acerca de la existencia y el sentido del universo.
      A Carlos le importaba tres carajos la existencia y el sentido del universo. Sólo quería saber si: A) Iba a doler. B) Volvería a oír.
      El gusano negó ambas inquietudes. A decir verdad, también le importaba tres carajos lo que pensara Carlos al respecto. Le importaba esa mitad sorda, donde el sonido se desconocía, esa mitad divina. Más vale decir, su oído derecho. 
      Por eso, para tal ímproba tarea, el gusano prescindió de las opiniones de Carlos. Grth viajó 158200 años luz para demostrarle al universo el significado de la verdadera divinidad. Por supuesto, como otros tantos, estaba equivocado. Aunque fue muy curioso el resultado final. Vaya uno a saber por qué, si es porque Grth estaba falto de entrenamiento, o si la oreja de Carlos era demasiado pequeña. El gusano quedó atascado. Sin posibilidades de salir, o de entrar. Atascado. En la desesperación movía su cuerpo, como un gusano nervioso. A las personas que veían la oreja derecha de Carlos le parecía un detalle curioso, digno de ver. 

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