lunes, 4 de mayo de 2015

Dia 351: Sobre un caballo

      No, no, no, un rayón, así no debe empezar la historia, tiene que ser algo grandilocuente, con la fuerza de un mamut con esteroides o algo así. El empuje de una trama celestial, apopléjica.
      Sin lugar a dudas son nobles que cabalgan encima de caballos con valor de más de un millón de dólares. Hay una intriga de por medio. Pero nadie la sabe. Salvo el caballo. El noble equino es un agente infiltrado de la inteligencia neozelandesa. Sigue una pista, por supuesto, como todo agente neozelandés. Está detrás de la ruta del tráfico ilegal de avena.
      El caballo está en aprietos. Descubrieron su fachada y ahora lo quieren hacer fiambre. Van a servir su carne y le van a dar forma de canapé. Por suerte logra escapar de la mansión en dónde lo tienen encerrado. Huye por la puerta de atrás y galopa. Galopa, galopa, sin parar, hasta llegar al mismo desierto.
      A punto de morir de inanición, el caballo espía se cruza con un grupo de beduinos que le ofrecen un poco de alimento. La oferta vino acompañada de un pedido amistoso. Se uniría a la Guardia del desierto.
      Así era como se llamaban entre ellos. La Guardia contaba con una infraestructura pequeña, pero soñaban en grande. Dentro de dos años desbancaremos a Al Qaeda, prometía presuroso el lider de los guardianes, mientras blandía con destreza un tenedor.
      El caballo añora la patria. Ya Nueva Zelanda quedó lejos. Es tan solo una isla varada en el Océano Pacífico. Un albergue transitorio para kiwis, eso y nada más. Un caballo sin país, abrazado por los largos brazos del anonimato. El olvido. Sus queridos compañeros del servicio. Su esposa. El mundo lo había dejado atrás, como una servilleta usada. Buenos motivos, pensó, para unirse a la causa de la Guardia.
      No pedían demasiado. Tan solo poner al mundo a sus pies. Y controlar todos los desiertos. De acuerdo a las estadísticas de la Guardia, el valor de la arena dentro de cinco años duplicaría, no, no, quintuplicaría el precio del petróleo, del oro y cualquier objeto precioso de turno. La arena sería la nueva moneda de cambio. Pero para que eso ocurra primero necesitarían conquistar el mundo.
      El jefe de la Guardia le enseña unos planos al caballo. Son bocetos aún. Ya nuestros sueños se harán realidad, sonríe el hombre tostado por el sol del desierto. El caballo cuestiona algunas ideas, las considera irrealizables. Y así es como en un tris anula un proyecto de más de diez años. La infraestructura es pequeña, se disculpa el jefe. Hacemos esto de corazón. Por una buena causa. El desierto nos pertenece.
      La causa nunca fue cuestionada. De hecho tampoco fue explicada. Tan solo la causa, con su nombre esplendoroso, por sobre todas las cosas. Algo por lo que valdría la pena morir o recibir un par de agujeros en el tórax. El caballo lo entiende, mejor que nadie, sabe de causas. Hace tiempo luchó por una y era la equivocada. Ahora había arrinconado todas las preguntas en el borde de su corazón y la respuesta volvió a ser sí.

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