miércoles, 6 de mayo de 2015

Día 353: La oda del recluso

      Repite el estúpido sonsonete con pavor. Es una canción que utilizaban los torturadores previo al show. Dicen que así, de un modo pavloviano, atemorizaban a aquellos merecedores de la tortura. Mucho antes que caiga el látigo sobre sus cabezas.
      Y la canción vuela por el pabellón, los presos la conocen de memoria, más aún los viejos. La melodía detrás del castigo. No lo creerían, pero hace muchos años, cuando los primeros ladrillos asomaban y el edificio todavía no tenía forma de cárcel, el alcaide Robertson, un anciano de 104 años, compuso él mismo lo que él dio por llamar: "La oda del recluso".
      Robertson, sentado en el piano, jugó con una melodía que alternaba las notas mayores y menores. El resultado final era un claroscuro musical intrigante. Y simple. Se podía cantar, silbar, acompañar con una pandereta, con un ladrillo, marcar el tempo con los tenedores. La oda habría tenido letra, también, de no ser por la trágica muerte del alcaide, víctima del síndrome de los 105 años.
      La letra de la oda del recluso decía: "Levanten, oh cielo, la vista hacia..." y eso es todo lo que había sido escrito. A continuación se encontraban las huellas del alcaide, teñidas de sangre. Eso no formaba parte de la letra, aunque por muchos años se prestó a confusión. 
      En la cárcel la directiva era más o menos la siguiente: se castiga al individuo porque no sabe lo que es bueno. No sabe lo que es bueno. Tampoco sabe lo que es malo. En realidad es un alma confundida. Y hay que desconfundirlo. Para eso los golpes son buenos.
      A su vez las torturas animan el espíritu. Los presos comen menos y ejercitan más. Son más callados e incluso desarrollan nuevos modales, algunos un tanto extraños, pero la mayoría positivos. Los reclusos saben que el tratamiento es de carácter indefinido. No hay tiempo estimado de salida. Algunos llegan y no salen más.
      La idea de una cárcel modelo también es producto de la ingeniosa mente del alcaide Robertson. Su anhelo era crear un sistema que adoptara los métodos de una prisión, pero que a su vez incluyera técnicas utilizadas en perreras municipales, así como en manicomios.
      Por eso es que salió a la calle a buscar gente apta. Criminales que fueron tratados como locos y perros. En ese orden. Criminal, loco, perro. Cuando un criminal era tratado como perro era sinónimo de cura. Y así eran reintegrados a la sociedad, como ilustres caniches o labradores babosos.
      El sin fin odioso de una melodía a punto de finalizar. Eso ronda por la cabeza del perro. Sabe que está mal morder. Pero lo desea. La música atora sus entrañas. Le pide un sacrificio por el bien de lo desconocido. El perro accede y recuerda que tiempos peores han pasado. 

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