martes, 12 de mayo de 2015

Día 359: El guardián sin el centeno

      ¿Qué sería de mi vida sin Salinger? Ese libro ha germinado en la mente de millones de asesinos. También fue la razón de mis tendencias homicidas. Sé que si mato tengo la posibilidad de que mis ideas germinen en la mente de un autor. Como una planta. Eso sería lindo.

      Por supuesto que antes era normal. Al menos para las personas que me rodeaban. Podían suponer que solía ser un tipo raro, eso sí, pero no de los que matan. Creían que estaba a años luz de una cosa semejante. Bueno, se equivocaron. Tampoco es tan importante. La mayoría están muertos o camino a serlos. 
      No es que los haya matado a todos. No soy un asesino en serie. El asunto es que ocurrió hace mucho tiempo. De vivir aquellos que podrían tener alguna sospecha contra mí deben ser muy viejos. 200 años, por lo menos.
      Y no exagero. Cuenta la leyenda acerca de las ánimas. Son como seres invisibles que habitan los cuerpos de las personas. Esta leyenda en especial dice que si uno toma toda la sangre de un pariente muy cercano, es posible que viva por siempre. Así dice, es posible. Ni siquiera ofrece seguridad alguna. 
      Yo era joven y estaba cegado por el aliento de la muerte. Le temía. Quería vivir por siempre, como los inmortales. Así que me aventuré en ese posible y asesiné a mi madre. La odiaba, así que tampoco perdí nada.
      Fui un buen asesino, lo reconozco. Aunque un pésimo escondedor. A lo que me refiero, fue fácil matarla, más no esconder las pruebas del delito cometido. Así es que me dieron cadena perpetua cuando averiguaron lo que hice.
      Estuve muchos años en prisión. Luego cambió la sociedad. Otro poco se desmoronó las bases de las leyes. La ética dejó de servir, al igual que la moral. Todo en el transcurso de unos 78 años nomás. Una vida humana.
      Después me liberaron. Los sistemas de vigilancia habían avanzado tanto que a los gobiernos les convenía más tener a los reos en las calles que encerrados. Nadie podía escaparse a las cámaras que observaban los comportamientos de los habitantes. Nadie. Salvo que vivas en una prisión, encerrado entre paredes de concreto. Salvo que vivan como yo. Por eso me volví de repente un viejo inmortal peligroso. 
      A nadie le preocupó mucho mi edad. 359 años y contando, les decía al que quisiera saber. No les importaba. Les parecía un milagro y nada más. En el siglo XXIII los milagros son el equivalente a una broma de mal gusto. Las cosas cambiaron tanto.
      Ahora asesinar es algo común, incluso necesario, de acuerdo a ciertas corrientes psicológicas que abogan por el pleno desarrollo de los instintos humanos ancestrales. Me imagino que se refieren a las cosas que hacían los hombres de las cavernas o algo así.  A mí en verdad me parece mal. Soy un asesino, lo acepto, pero tengo una convicción acerca de lo que está bien y lo que está mal. Maté por un propósito.
      Veo a los jóvenes hoy día matar por nada. Quitan la vida sin un propósito superior. O sea, matan por matar. Es una diversión. Lo mío fue motivado por el odio y el deseo. Lo pensé por años, no me largué así como así.
      A veces me gustaría morirme, pero sé que es imposible. Es por que soy inmortal, los inmortales no mueren. Es obvio, lo sé, pero créanme que intenté matarme, no una, sino en unas cuantas ocasiones. La esperanza es lo último que se pierde. Capaz que si mato a la persona indicada el maleficio se revierte, vaya uno a saber. Por lo pronto, espero. 

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