miércoles, 13 de mayo de 2015

Día 360: El gato de Alejandría

      Dicen que Sóstrato de Cnido y Ptolomeo I compartían una misma afición. Un divertimento que pasó inadvertido por muchos, salvo por los verdaderos beneficiarios de sus implementaciones arquitectónicas. Las fuentes históricas de Clitarco, hoy extraviadas, sostienen el enigma acerca de la construcción del faro y la gran biblioteca de Alejandría. Pocas líneas de su trabajo sobrevivieron. Algunas frases de dudosa coherencia sostienen la posible existencia de pequeños pasillos secretos, construidos de forma deliberada.
      La fantasía de ciertos autores asoció a duendes y figuras mitológicas el uso de tales diminutos pasillos. Nada más lejano a la realidad. Ese gusto adquirido por Sóstrato devela el misterio. Aunque de ascendencia helénica, los alejandrinos tenían bien aferrados el sentir egipcio. Por eso amaba a los gatos.
      Así como las vacas en la India, los gatos en Egipto contaban con inmunidad diplomática. Nadie podía matarlos. Pesaba la pena de muerte sobre aquel que osase hacerlo. Por tal razón los gatos transitaban libres por los caminos egipcios, a veces en manada, lo cual era un fenómeno por cierto muy extraño.
      Los llamaban emisarios de Bastet, una divinidad adorada por los antiguos egipcios. El ánima del gato, independiente y misteriosa, enraizaba en los cultos a su persona, referidos de modo subrepticio en el Libro de la muerte. El gato podía ser un puente a otras vidas, quizás a diferentes mundos, el de los cielos y las estrellas.
      Felonio solo sabía maullar. Tenía carta blanca, como el resto de los de su clase. También sabía lo de los pasillos. El gato gigante que los construyó les había dejado una ciudad exclusiva para ellos, con templos a su medida y todo. Su pasatiempo favorito era utilizar el pasillo del faro que conducía a la ciudad pequeña.
      Alli se encontraban los gatos de su casta. Los de mayor jerarquía habitaban la gran ciudad de la biblioteca. A Felonio poco le importaba la lucha de clases, solo quería maullar y revolcarse en la hierba gatuna hasta dejar rojo sus ojos.
      A Felonio también le gustaba pasearse despreocupado por las calles de Alejandría. Tenía todos los derechos de familia para aspirar a una cama en la ciudad grande de la biblioteca, pero la rechazó. Felonio prefería vagar. 
      Un emisario de Ptolomeo I conducía el carruaje real. No tuvo un feliz encuentro con Felonio. El cuerpo del gato era un amasijo de tripas y sangre. Su mirada vidriada se perdía en el vacío. 
      Dicen que Felonio accedió a los secretos velados en El libro de los muertos. Conoció los portales que atraviesan dimensiones. Así fue como encontró su hogar. 

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