viernes, 15 de mayo de 2015

Día 362: La boca del embudo

      Reencarnaría en otra cosa. Vaya uno a saber en qué. Es la espera lo que mata. El empleado de la aduana lo había retenido todo, sin excepciones. Normas, protocolos y procedimientos. No recuerda si ese era el orden, pero más o menos de eso se trataba. El país tenía que asegurarse ante la posible presencia de terroristas.
      No hay que ser ingenuos, existían muchas personas en la Tierra que no querían mucho a este país. De hecho no dudaban en expresar sus ideas incendiarias en público. El ave fénix de la patria. Todos querían hacer de sus cenizas algo por su país, por más odiado que sea.
      Burletes de goma. Todo el contenido de su maletín. Suena lógico, al menos estaba en sintonía con su declaración. Vendedor de burletes de goma. Tiene sentido. Pero en la aduana todo elemento puede ser terroristizable.  Sobre todo un burlete de goma, que podía esconder elementos para confeccionar una bomba casera o una cantidad de ántrax suficiente como para evaporar a Tierra del fuego del mapa.
      La demora se extendió más de lo previsto. El vendedor de burletes temía por su futura venta. Eran nuevos clientes y no sabía qué tanto tolerarían una cosa tan poco profesional como una llegada tarde. Para cerciorarse que todo estaba bien, lo hicieron pasar por decimocuarta vez por el detector de metales. 
      Un empleado de la aduana se acercó a su asiento. Tenía unos papeles en la mano. Debía completarlos por duplicado y firmar cada hoja, con aclaración y número de pasaporte. El empleado se parecía a una barra de hielo. En realidad una barra de hielo demostraba mayor simpatía. 
      Aguila. Recuerdo. Copa. Válvula. Destilería. Mojado. El emisario tomó la muñeca en donde se encontraba su reloj. Miró la hora. Fórmica. Hugo. León. Secuoya. Arjona. La radio no devolvía sonido alguno. Parecía satisfecha. Colibrí. Queso. Baba. Zoquete. Anorak. Pelé. Río. La lista de supermercado se extendía. 
      El emisario volvió a tomar su muñeca, la del reloj. Y esperó a que el mensaje fuera codificado. Acababa de transmitir que el contacto de Albania sufrió un retraso. Colirio. Farfán. Alien. Pus. Occidente. Eso quería decir que el mensaje había sido recibido. Fin de la comunicación.
      Al yanqui no le hizo mucha gracia la demora del vendedor. Necesitaba cerrar el trato ahora. El maletín estaba lleno de sus mejores muestras. Los burletes eran fabricados con el mejor poliuretano del mercado, eso podía asegurarlo.
      El vendedor volvió a pedir perdón por el exabrupto. No estaba al tanto del complejo sistema de seguridad de las aduanas de su país. El yanqui rio de buena gana. Con la paciencia de un maestro le explicó al vendedor albano la teoría de la boca del embudo.
      Verá, mi estimado. Este país funciona como un embudo. Usted sabe lo que hace un embudo. Tiene una boca grande que se achica. Así evita que el líquido se derrame. En norteamérica las cosas son, por así decirlo, diferentes. Nos preocupamos demasiado por los terroristas, eso nos vuelve un tanto estúpidos. Entonces como le comentaba, este país funciona como un embudo, pero puesto al revés. Hay que tener sumo cuidado en verter el líquido. A la larga, sabemos que se va a desparramar, porque el embudo está al revés. 
      El yanqui quedó contento con su comparación. Solía hacerla con todos sus proveedores del extranjero. La tierra de las oportunidades. Hubiera deseado que su país tratara mejor a sus distribuidores. Los detenían por la pinta. Esas malditas apariencias. Ahora este pobre albano, inocente como una paloma. Nunca adivinará que sus burletes serán parte del mayor arsenal paramilitar en la historia de los Estados Unidos. Que así sea.

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