sábado, 16 de mayo de 2015

Día 363: Un casting fallido

      ¿Qué más pueden decir? Toda la gloria descompuesta en sus corazones, como un virus que solo ataca a señoras casamenteras. Esas pequeñas víboras se arrastran y clavan el veneno en la arteria indicada, como si supieran. Todas pueden aclarar en su garganta lo que escupen sus labios. Tan solo unas palabras. Las necesarias. Esas que arden en el sentimiento de la gente: Larga vida a Cthulhu.
      Las señoras de alta alcurnia repiten la frase luego de tomar el té. Su reunión semanal es la expresión última del amor por este gran antiguo. De acuerdo a doña Enriqueta, que preside la junta del club de Cthulhu, dentro de unos años recibirán el llamado de su maestro para unírseles en una ciudad ubicada en las profundidades del Océano Pacífico. A nadie se le permite nombrarla. Pregúntele sino lo que le ocurrió a la viuda del relojero cuando dijo R'Lyeh.
      Otras leyes menores del concilio se encuentran enmarcadas en la convivencia diaria del culto. No se permite el consumo de calamar, pulpo o semejantes, ya que se considera una afrenta al supremo Cthulhu. Tampoco está bien visto la idolatría por las convenciones espacio-temporales humanas, así que es poco común que existan relojes entre las señoras pertenecientes al culto. Claro, eso es un inconveniente para pactar el horario de las reuniones. Doña Enriqueta es pragmática al respecto. Cthulhu proveerá, dice.
      Las reuniones suelen deselvolverse en un ambiente de plena armonía, aunque cada tanto hay algún que otro inconveniente. El mayor problema son los chismes. A las señoras le gusta chismosear demasiado, y si es a espaldas de sus compañeras, mejor. Como la viuda del relojero, o peor, lo de la señorita Vidal Anchorena. 
      Considerada, a sus 98 años, la mujer más anciana del concilio, la señorita Vidal Anchorena cuenta con una energía inaudita para los años que lleva encima. Que son muchos, para qué aclararlo. Nunca desposada, ni siquiera arrimada a primera base, la señorita Vidal Anchorena tenía fama de vieja agorera. También le decían otras cosas, como vieja chusma, y otras, de tenor sexual obsceno y censurable. Cthulhu proveerá. 
      Aunque, si en algo concordaban doña Enriqueta y la viuda del relojero, era acerca de la tendencia destructora de la mujer. Comenzó sutil. Así por lo bajo. Yo sé lo que hace doña María después de salir del banco. Ese pelo no es natural, querida. ¿Vos creés que esa mujer puede vivir en la fastuosidad que vive con la miseria que cobra de pensión? En algo está metida. Pero oime, hija, ¿vos creés que el gran supremo ya no tiene elegido de antemano a sus favoritas?
      Esa fue la gota que destrozó el vaso. Luego de 28 años de indolente silencio, doña Enriqueta se puso en pie frente a la señorita. Con gentileza le pide a ella y a su silla de ruedas que se retiren de la sala. En silencio, en lo posible. La anciana tiembla. Ahora me van a escuchar, dicen. ¿Ustedes creen que el gran supremo las iba a elegir? ¡A vos, a vos y a vos! ¡A NADIE!
      Un milagro ocurre. La señorita Vidal Anchorena se encuentra de pie ante sus excompañeras de culto. Las señala y grita, con un timbre atroz. ¡INFIELES! ¡Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn! La piel alrededor de la anciana se caía de a pedazos. La figura de una criatura verde, similar a un calamar, de dos metros de altura empieza a revelarse ante las mujeres del grupo. ¡Cthulhu fhtagn! ¡Cthulhu fhtagn! no deja de repetir el emisario del gran antiguo, antes de evaporarse por completo de la sala.

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