jueves, 21 de mayo de 2015

Día 368: Mundos. El decimoctavo.

      Es como si volara en una nube de drogas. Estoy tan putamente ido. Corté el hilo a tierra y nada me detiene. ¡Atrás, incautos! ¡Acá viene lo mejor! ¡Escuchen el testimonio del trovador de los veintisiete mundos! Con gusto esparciré mi ácido seborreico sobre sus graciosas cabezas.
      La historia viene de este modo. Trata sobre un mercader con pocos escrúpulos. Dicen que tenía costumbres sexuales raras. Lo mismo su mujer. Claro, el mercader y su mujer no tenían relaciones sexuales entre ellos. Preferían otras cosas, como latas o animales. Algo de depravación en la vida como para agitar el avispero de las sensaciones.
      A lo mejor nací drogado y el mundo es la diferencia. El decimoctavo, para ser precisos. Dicen que la verdad encarna dos veces antes de morir como un petirrojo. Así dicen. Yo no me la creo. Esa cosa suprema de novela. 
      Aunque hay que decir algo que es cierto, la verdad, antes de encarnar dos veces cuando muere como un petirrojo, está diseminada en esos veintisiete mundos. Veintisiete. Esa es la cantidad justa. Ni uno más. Ni uno menos. Aunque veintiséis mundos cuentan mentiras. Solo uno dice la verdad verdad. Ese es, claro, el decimoctavo.
      No es fácil distinguir al decimoctavo mundo. La verdad se camufla, a veces parece el sexto, otras el vigesimoprimero. La historia del mercader, por ejemplo. En el decimoctavo el mercader es un pobre diablo impotente, aunque los demás mundos lo pinten como a un monstruo. En el decimoctavo no necesito estar drogado para decir la verdad, aunque si necesite estar drogado para acceder al decimoctavo.
      Sé que toda esta cosa de los múltiples mundos puede ser visto como una fantasía de drogado. Lo sé. Estoy de sobre aviso. No me miren con esa cara suspicaz, sé lo que pasa por sus podridas mentes. Piensan que estoy loco, o algo así. Y no. Solo digo la verdad. Como los niños, los borrachos y Adolf Hitler. Aunque sea una verdad difícil de creer. Las verdades del segundo mundo, esas sí son raras. Veamos un ejemplo.
      Una historia acerca de un abogado exitoso. Tiene un auto último modelo, de esos lujosos. Los clientes le salen de abajo de las alcantarillas. Un día le cae un rayo sobre la cabeza. Sobrevive no sabe cómo. Sabe que su vida tiene que cambiar, por eso elige el derecho penal. Y los clientes siguen cayendo. Delincuentes de pe a pa. Asesinos, mafiosos y gente de ese tipo. No gana un solo caso. Los pierde a todos, Y eso es lo que quiere. Es su cruzada. Vive para encerrar a todo maleante. Defiende tan mal que hasta sus ladrones de gallinas terminan con una cadena perpetua. Cosas así ocurren en el segundo mundo.
      En el decimoctavo no existen los abogados. Se sabe que son una especie mitológica, como los unicornios o los dinosaurios. A veces me gustaría vivir en alguno de los veintisiete posibles. Pero la Tierra es como una mezcla de todos. Aparece cada uno de a ratos, y por eso no sabemos cuando la verdad es la verdad y cuando es la mentira. Aunque ya sabemos que cuando de dieciochos se trata, mejor no jugarle a la lotería. 

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