viernes, 22 de mayo de 2015

Día 369: Ataraxia

      No supo definir el significado de la palabra ataraxia. Por eso tuvo que correr hacia un diccionario, víctima de su diarrea mental. Pensó que se trataba de esas personas que no comen nada porque quieren estar flacas como un esqueleto. No. El significado es diferente. Y más complicado. Lo único que entendió es que los griegos estaban metidos en eso. Cuando los griegos están en el medio, nada bueno puede salir.
      Claro, Svansson recuerda a la perfección al último griego que se cruzó por su vida. Un ladrón de bicicletas. Se llevó su mochila. Su cámara de fotos. Y una cartera con 550 euros. Svansson no quería demasiado a los griegos. De hecho tenía una organización que emepezaba sus reuniones tirando al fuego obras de Platón y Aristóteles. 
      A la mañana, la actividad favorita de Svansson era romper discos de Vangelis con los dientes. Todas las mujeres griegas que conoció lo engañaron de algún modo, a su corazón, a su billetera, o a su creencia de la vida. Una vez estaba sentado en el banco de la plaza y un niño griego se acercó a patearle una pierna. Le dolió por dos semanas. 
      Ataraxia. Debe ser alguna clase de droga griega que te mata ni bien te la tomás. Svansson no quería saber más nada con los griegos. Los odiaba. La palabra ataraxia lo turbaba. Una palabra fea, con esa X innecesaria. 
      Svansson recuerda. Hace dos años, un viaje de negocios a Gotemburgo. Estaba por cerrar una licitación para vender una cantidad importante de cueros a la Volvo. El viaje fue una mierda. El tren tuvo una demora. El conductor, detalle que Svansson aún ignora, es natural de la isla de Creta.
      La Volvo desestimó su oferta. El señor Korakakis había ganado la licitación, los cueros serían importado de Salónica a Gotemburgo. 
      Ataraxia. Esqueletos griegos. Svansson enloqueció, pero del todo. Tardaron dos horas para encadenarlo y una hora más (y cinco sedantes) para calmarlo. No había motivos para encerrarlo en un loquero, el hombre mostraba buena conducta a pesar del exabrupto. 
      Svansson se contuvo. En su mente transitaban hormigas de todos colores. Su cabeza bullía de proyectos, la mayoría de caracter incendiario. ¿Cómo prender fuego un país rodeado de agua? ¿Cuántas islas tiene Grecia? ¿No sería mejor inventar un volcán enorme?
      Así que vendió su departamento en Mölndal con todas sus pertenencias dentro. Solo llevaba un morral repleto de euros y un pasaje a Salónica. 
      La fábrica del señor Korakakis se encontraba en las afueras de la ciudad, cerca del mar Egeo. Fue fácil reducir a cenizas las instalaciones, el cuero transmite bien el fuego. Luego ocurrió algo extraordinario. Svansson descubrió la belleza de Grecia. De golpe se enamoró perdidamente del paisaje. Deseó ser griego y vivir por siempre en Salónica. Amó a los griegos tanto como antes los odió. Una cosa muy rara e inaudita. Svansson desistió de sus sueños pirómanos. Y practicó la ataraxia hasta el día de su muerte. Pesaba 40 kilos.

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