viernes, 29 de mayo de 2015

Día 376: Esta no es una historia de amor

      El ventrículo izquierdo comenzó a fallar. Así preparaba su golpe de estado para erigirse como un único tirano en la república tercermundista del corazón. ¡Y los estúpidos confunden un paro cardíaco con el amor! ¡No, mis queridos, el amor no mata! ¡Puede degollar, rebanar, incluso perforar, pero no matar! ¡No, eso no!
      Pero bueno, les damos el beneficio de la duda, porque en esta especial ocasión, el ventrículo izquierdo sí se nos enamoró. Tan grande era su amor que la arteria aorta reventó como un escuerzo con un atado de Marlboro encendidos todos a la misma vez. 
      Aunque, repito, hay que darle el beneficio de la duda. Los expertos nos aclaran que un corazón no puede amar ni sentir. Incluso tampoco puede hacerlo el cerebro, a pesar que sea el órgano del cuerpo que más pueda acercarse a esa función. Para amar se necesita a un ser humano completo, con orejas y ojos. Y si está incompleto, que al menos gran parte del sistema nervioso le funcione. 
      De todos modos, esta no es una historia de amor. Es más bien un obituario. Un sumiso homenaje a la muerte de una celebridad. Su apellido era Fukamura. Contrario a lo que muchos puedan pensar, Fukamura era argentino con todas las letras, a pesar de su apellido y su costumbre de vestir kimono y tomar sake a las dos de la mañana todos los días. 
      Fukamura no se destacó en nada. Eso no lo hace menos célebre. Quedó duro sobre la mesa. Quiero decir, muerto. Sin respirar. Su corazón se detuvo, gracias al golpe de estado ventricular. Era un tipo joven, no pasaba los cuarenta. En sus tiempos libres le gustaba jugar al ajedrez en el círculo de jugadores de José León Suarez. Una vez participó de un torneo y quedó quinto. 
      En cuanto a las cosas del amor, a Fukamura no se le conoció mujer. Estuvo de novio mucho tiempo con una señora doce años mayor que él, pero el asunto terminó unos dos años atrás en términos amistosos. No dejó hijos, ni deudas. Tampoco llegó a plantar un árbol, porque vivía en un monoambiente alquilado.
      Sus maestras de primario intuyeron que Fukamura debió haber tenido una infancia difícil, aunque no es tan cierto, salvo que contemos la sufrida muerte de su mascota, un topito ruso de nombre Dragón.
      Después de Dragón, Fukamura no volvió a tener mascotas, por considerarlas un bien prescindible. Prefirió meterse en el ajedrez, con todos esos alfiles y peones puestos en línea. Nunca fue demasiado bueno, aunque festejó mucho ese quinto puesto ganado, como si hubiese ganado la copa del mundo. 
      Su mayor sueño era conocer a Karpov. Las veces que vino a la Argentina no tuvo la suerte de poder saludarlo. Así que murió sin cumplir su mayor deseo. Eso lo tenía en cuenta el ventrículo izquierdo ante de tomar el control de su cuerpo y dejarlo tieso como la Venus de Milo.
      Fukamura sufría de insomnio, por eso solía tomarse una copita de sake por la noche, porque decía que lo adormilaba o, en las mejores ocasiones, le generaba una sensación de sueño similar a dormir. Sus padres murieron, al igual que él, de muy joven. Así que no dejó familiares, tampoco. 
      Solo quedó un secreto. Y se lo llevó. Fukamura, el anónimo, el desconocido. Algo tan grandioso que merece su recuerdo. Murió con un secreto en la boca, uno que definiría todo el sentido de la vida. Fukamura sabía, en verdad, para qué habíamos venido, y hacia dónde vamos.

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