martes, 30 de junio de 2015

Día 408: El hombre del nudo Pt. 1

      Los nudos amarillos. Los nudos amarillos atravesaban el cuerpo como si fuese un regalo de navidad. Papa Noel había dejado junto al árbol una momia amarilla. El cadáver ya estaba putrefacto. Tiempo de defunción, de dos a tres semanas, anotó Brown en su libreta. Mierda, la cosa hedía a mil diablos. Llevo un pañuelo a su boca y ahogó el vómito.
      De acuerdo al testimonio del único vecino, no se escucharon ruidos o movimientos extraños. El difunto no solía abandonar la casa, así que tampoco le extrañó la ausencia pronunciada. Brown escuchaba y garrapateaba unos símbolos en la libreta. Una C con un gran círculo y un signo de preguntas a su lado. Luego hizo un bollo con la anotación y la tiró a la basura.
      La experiencia siempre dicta que una vez que el mundo se decanta por el enunciado de Guillermo de Ockham y su navaja se abrirá un agujero en el universo que tal vez nunca cierre. Y este por cierto es el caso. Desde aquel reencuentro con su hermano, su trabajo se había vuelto cada vez más complicado.
      Dos veces firmó los papeles de renuncia y dos veces desistió. Soy un animal de trabajo, si no soy un detective, ¿qué soy? Susurraba Brown por las mañanas frente al espejo, mientras Julieta dormía a pata suelta en la cama.
      Tener de vuelta a su mujer lo había cambiado todo Los pronósticos médicos se transformaron de la noche a la mañana. De la muerte a la vida. En solo tres meses. Julieta sonreía en sueños. Pronto su marido tendría una sorpresa, de las grandes. Brown terminó su monólogo interno y se afeitó. Para qué negarlo, era feliz. ¿Debería dar las gracias al aura mágica de Green?
      Por cierto, no lo había vuelto a ver. Luego de declararse amor eterno y jurar no volver a separarse nunca más, Green, su hermano, tomó un avión rumbo a Europa. No supo más de él. Ya habían pasado tres años y medio. Supuso, en su fuero interno, que volvería en algún momento, cuando necesite algo. O tal vez llegue con alguna otra revelación sobrenatural. Vaya uno a saber. 
      A eso de las 8, cuando estaba por cerrar la puerta del garaje, recibió la llamada. Un nuevo amigo lo esperaba. Nudos rojos. Parece que tenemos un guardián del Arco Iris, dijo Brown. El perito tomó unas cuantas fotos. No había sangre por ninguna parte. 
      Brown contemplaba los nudos. Sumido en sus pensamientos hilaba teorías. Ninguna libreta, nada de anotaciones. Hay que usar la intuición. Es cierto, respondió una persona. Brown no se percató que estaba hablando en voz alta. Un hombre estaba parado en la puerta. Su voz resultó familiar a oídos del detective. 


Continuará...

lunes, 29 de junio de 2015

Día 407: Western

      La línea del culo desapareció. Montado sobre el mismo caballo. Hora tras hora, semana y mes incluso. Los problemas de tener una pistola demasiado ligera. Los pensamientos a veces tardan en hacer ebullición. Antes una bala come la carne. Y así se solucionan los problemas, o se postergan los inconvenientes. Ambas opciones son válidas.
      Le mintieron. Los cactus no guardan agua. Es más bien veneno para novatos. Más vale morir de sed bajo el fuego abrasador de la nada. Eso era el oeste, una gran nada. Salvo por el oro. El bendito recurso dorado. Si tan solo pudiera recordar donde lo guardó. El golpe fue sencillo, la seguridad del banco era rudimentaria. Después vino la caída, el desmayo, y todo se desvaneció en una lluvia gris oscura.
      Unas pocas pistas estaban grabadas en su cerebro. Ramalazos de información. Un desierto, unas piedras colocadas al azar, un círculo de buitres. Debía encaminarse al oeste, con un caballo cansado y una alforja con pocos víveres. Una misión suicida digna de un, bueno, suicida. Poco importaba. Detrás de todo se encontraba la muerte, tramando planes, moviendo sus peones.
      La partida estaba perdida antes de jugarse. El desierto se tragaría su insignificante persona antes de recordarlo todo. Quizás un golpe de suerte. Eso sería suficiente. Aunque ya estaba en manos de la fortuna. Hacía casi dos meses que giraba en círculo con un caballo al borde de la muerte.
      Una espiral destructiva. La memoria queda angosta. ¿Dónde enterró esas bolsas? Antes enloquecería, como todo buen jinete a la deriva. Giraría hasta la eternidad. Círculos concéntricos. Sin separar los ojos del piso. Tierra. Arbusto. Tierra. Tierra. 
      La casualidad lo guió al camino de la memoria. Las piedras aparecieron. Luego el círculo de buitres. Los recuerdos no eran más que una visión premonitoria. Bajó del caballo semi muerto y cayó sobre sus rodillas. Tiró las piedras, mientras cavaba con las manos. La sangre se colaba entre sus dedos. Las primeras monedas de oro aparecieron. Con las fuerzas que le restaban tomó una bolsa y se la vació en la cara. Trató de saciar la sed con el oro, pero para ese entonces, el hombre ya había dejado de existir. 

domingo, 28 de junio de 2015

Día 406: Vientos huracanados

      En la calma, la tempestad. Y yo que odio estos boxers que no dejan nada librado a la imaginación. El tipo que cuelga se sacude libre como un viento peneano. Es tan solo una ropa interior, me digo ¿Y todo lo demás? Este mundo es tan insoportable. Al menos en otros planetas hay huracanes con sentimientos, huracanes del tamaño de Marte. Y lo mejor, cero vida.
      Espero al cartero en esta calma tormentosa. En un supuesto debo recibir una carta documento. Hay dos posibilidades. O es una muerte trágica o es un premio inesperado. Si lo sabremos los humanos, la literatura viene robando con estos dos argumentos desde tiempos inmemoriales. Y siempre está la opción de viajar y conocer cosas. A mí tan solo me importaba la puta carta. El resto podía irse todo al reverendo carajo. Junto con mis boxers, por supuesto.
      Pero nadie espera el fin del mundo, salvo yo. Bueno, exagero. Tiendo a agrandar las cosas, es un defecto que heredé de mamá. Por otro lado pienso que eso me salvó de muchas. Hasta el más experimentado jugador cae ante una apuesta exorbitante. A veces. No digo que ocurra siempre. Pero ocurre. Y en esas instancias podés irte con una bolsa más que grande.
      La carta está ahí. Sobre la mesa. Firmé el acuse de recibo. El cartero no dijo buen día. No me importa. Las noticias dentro de la carta son más importantes que un mero formalismo. Las bueno apremia, lo otro puede esperar. ¿Pero qué lo tenía tan nervioso? ¿Serían los boxers? Si ya los había tirado a la basura. Hay una cosa curiosa sobre los boxers, también le llaman así a una raza de perros con la trompa chata, y, si usáramos un poco la imaginación, así podríamos decirle a los boxeadores. 
      Sin más que nervios abro la carta. Me tiemblan las manos. Estoy como un adolescente repleto de jugo. Si no es más que una puta carta. Nada más que eso. Son los nervios. Las primeras letras afloran. Aparece mi nombre. Y un trato auspicioso. De respeto. No hay tuteo. Es tan solo un Usted. Luego hay dos palabras. Un verbo seguido de un adjetivo. Ya saben a quién se refiere la carta. El resto de las dos palabras dice: está muerto. 

sábado, 27 de junio de 2015

Día 405: Galaxias distantes

      Cultivó un despreció gótico, como para borrar todas las dubitaciones de su rostro. ¿Qué tan parecido a su padre había sido? Ahora no importaba. Está muerto. Como la Tierra. Donovan se manejaba con presteza entre sus heredades. Una vieja casona que se caía a pedazos, eso es todo lo que dejó el viejo. Ni oro, ni un carruaje suntuoso. Ni siquiera deudas o enemigos. El señor Donovan se fue pobre de este planeta, pero en paz con la vida.
      Donovan, en cambio, si tenía enemigos, y muchos. Parecía que los coleccionaba. También lo acuciaban los acreedores. La bebida, el juego y un carácter ansioso son mala combinación. Pero eso el viejo no llegó a advertirle. Enloqueció mucho tiempo antes. Para ese entonces Donovan era un joven que se tuvo que hacer hombre a duras penas. Tenía las facciones de su madre, a quién no había conocido, dado el sacrificio que ofreció. Su cuerpo a cambio de una nueva vida.
      Así vino al mundo Donovan, signado por el asesinato ritual de su madre bajo el peso de un parto malhabido. A cambio obtuvo mucho más que una vieja casona. El pacto eterno de la belleza. Las mujeres suspiraban. Los hombres ofrecían por lo bajo sus propuestas, de carácter indecente. Donovan no hacía oídos sordos a nadie.Su cuerpo debe disfrutar esta corta estadía por la Tierra.
      Hombres de mucho poder pagaban por sus servicios. Nadie conocía tantos trucos en la cama como Donovan. Solía dejar saco a sus clientes, sin ninguna clase de jugo. Las sesiones eran maratónicas. Por ese entonces alternaba sus horas de trabajo con la bebida y los fumaderos de opio. El juego se agregó unos años después a la ecuación. Para ese entonces Donovan padre ya todo un esqueleto en el mausoleo de la familia.
      Las noches de juerga se sucedieron y con ellas los acreedores. Cada acreedor no satisfecho se convertía en un enemigo. Y así en lo sucesivo. Por cierto, Donovan era un pésimo jugador de cartas, Los números se equilibraban con sus ingresos de amante excelso. Cuando su padre murió, la adicción por el juego de Donovan se acentuó. Lo mismo pasó con la botella.
      Muy pronto Londres se volvió un lugar pequeño en donde esconderse. Hacia donde caminase se encontraba un acreedor insatisfecho o un nuevo enemigo. Acorralado como estaba, Donovan decidió recluirse en la vieja mansión de su muerto padre.
      Pasó meses encerrado, entre las ratas y el polvo. Vivió de los pocos víveres que había dejado su padre. Por suerte para su incipiente alcoholismo, la bodega estaba llena de los mejores vinos de Europa. Su necesidad de sobrevivir superó a la necesidad patológica de jugar. Donovan jugaba solitarios con auto-apuestas. Así vencía la tentación. 
      Una noche, demasiado borracho como para tenerse en pie, Donovan decidió salir a tomar un baño de luna. Sentía los rayos de la luna sobre su rostro. Hacía tiempo que no tenía tan buen humor. Desde que murió papá, si mal no recordaba. Festejó la muerte del viejo. Es verdad, esa noche se emborrachó tanto como lo estaba ahora. No es que no lo quería, si no que habían nacido en lugares equivocados. Galaxias distantes. Así es como lo pensaba. 
      Allá afuera, a la luz de la luna, Donovan tuvo una genial idea. La casa no estaba asegurada, pero a esta altura de la vida, qué mierda importaba. Solo quería verla arder. Que la luz de las llamas hagan palidecer a la luna. 
      Como era de esperarse, el viejo trasto agarró fuego enseguida. No necesito de combustible. Un par de ramas y eso fue todo el trabajo. En una hora de intenso crepitar, la casa cayó a pedazos. Una gran nube de humo volaba sobre la noche. Más debajo de las ruinas de la casa estaban los esqueletos de una docena de personas. Donovan creyó haber encontrado un cementerio debajo de la vieja casona. No sabría hasta mucho tiempo después que ese había sido el último regalo de su padre desde el más allá. Debajo de la casa los cuerpos de todos los acreedores y enemigos yacían. 

viernes, 26 de junio de 2015

Día 404: Guerra biológica

      Prendan una vela por aquellos caídos en cumplimiento del deber. Por aquellos que tuvieron que fumarse el pedo de la vida. Que lo inhalaron hasta las heces y para peor, les gustó. A esos les gusta clavarse un papel celofán en la cabeza y tragar el aire hasta que el oxígeno se acaba y no es más que vacío y vacío y vacío y todo lo demás.
      ¿Qué podés decirle a un muchacho que lo perdió todo? Su familia fue arrasada por un pedo vengador. Es la era de los pedos. Porque evolucionaron. Ahora no necesitan pedir permiso a las personas, salen cuando quieren. Y para mal de peores, son letales. No en el sentido metafórico de la expresión. Son letales de verdad. Matan. Cada persona guarda detrás de su cuerpo un potencial Hiroshima.
      Dicen que es lo que comemos. A lo mejor es la evolución de nuestros cuerpos que nos lleva por caminos locos, insospechados. Por ahí es todo una joda o una casualidad. O quizás es un poco de todo. Posibilidades. Las rumiamos durante el día. Las cagamos durante la noche. Y después rezamos por la abuela. Como ese soldado que luchó por su patria en una guerra chica, y lo trajeron de vuelta en un cajón. El pedo de un abuelo le desfiguró la cara. Tuvieron que hacerle un ADN a veinte mil familias para reconocerlo. Es verdad. Es triste.
      Por eso lo mejor que te puede pasar en la vida es agarrarte una sinusitis o un catarro. El que no huele sobrevive. El moco impide que las toxinas del flato ingresen por las vías respiratorias. El pedo, imposibilitado de asesinar a su victima, decide ingresar a un nuevo orificio, como por ejemplo, un rinoceronte descuidado. Porque sí, el pedo también vulnera a los animales.
      Las naciones más militarizadas del planeta aprovecharon estas contingencias. Inventaron los primeros misiles pedo-tierra. El arma, desarrollada en pleno secreto, tiene una capacidad destructiva de miles de kilómetros. Para que se hagan una idea, si les cayera en la cabeza un misil pedo-tierra, el calor del cuerpo opacaría por unos segundos al sol. Eso sin contar el olor. Letal.
      Por eso homenajeamos a los caídos. Porque el pedo ahora es más. Desde su nacimiento hasta dominar el mundo, las flatulencias gobiernan la Tierra. Saludamos a aquellos culos portadores de novedades. Del aire depende nuestra vida. 

jueves, 25 de junio de 2015

Día 403: Obituario literario

      Ese hombre es capaz de matarte con una sola palabra. Es como una especie de kung fu de las letras. Sus metáforas son como estrellas ninjas que atraviesan riñones. Así dicen. Bueno, así me lo contaron. Nunca conocí a ese escritor legendario que le dan tanta fama, como si estuviese hecho de plomo.
      Debo confesar: lo busqué. Quería que me transmitiese sus enseñanzas milenarias. Que compartiera alguno de sus secretos. Y lo encontré, ahí, tirado, al lado de un tacho de basura. Vendió millones de libros y se cansó. Porque la humanidad. Porque eso. Y todo lo demás. Era un viejo borracho y vagabundo. Pero escribía como un Adonis. Si mi madre lo hubiera leído seguro se habría mojado. A ella le ponían cachondas las novelas rosas. Este super escritor escribió muchas de ese tipo. 
      Dicen que en una noche escribió una novela de novecientas páginas que haría del Quijote un racimo de mierda, y que después de escribirla la tiró al fuego. Podría haber sido un Shakespeare cualquiera, pero prefirió ser un vago. El tipo repartía argumentos por la calle, para que cientos de autores nóveles vendan por millones. Algunos llegaron a decir que el escritor milenario era un Jesús de la literatura. Nada más exagerado. 
      Porque, digo, era un hombre común. Con tantas pasiones como miserias. Nada diferente a lo que yo soy. Con más talento, seguro. Pero con una capacidad nula de aprovecharlo. Nació para vivir la vida, y nada más. La transliteró a los márgenes de la literatura, por ocio, por placer. Y después se aburrió, como nos pasa a todos. Cuando las cosas son fáciles, aburren. Por eso los mejores escritores son aquellos a los cuales les resulta difícil escribir. Mientras más difícil es la tarea, con más empeño nos dedicamos. Hay que decirlo, somos hijos del rigor.
      Y este tipo era más bien un hijo de la vagancia. No fue una visita en vano, igual. Debo decirlo. El hombre tenía un sistema de pensamiento que considero adecuado a los tiempos que corren. Vive con poco. Aleja las preocupaciones. Conoce tu lugar en el universo. Altera las ecuaciones. Y otro tantos de máximas de esa calaña. 
      Vivió una buena vida. Como vago, pero buena vida al fin. Murió a los 116 años. Todos años felices. ¿Cuántas personas pueden jactarse de algo similar? Descubrió antes que muchos la inutilidad del pensamiento. El tipo fue un adelantado. Por eso escribió, para jodernos la vida. Porque disfrutaba haciéndonos mover el cerebro. Estoy seguro que el escritor maravilloso ese podría habernos hecho despertar. Despertar, de una vez por todas. Pero prefirió dejarnos dormidos, como bebé. Porque les gustaba vernos así, todos boluditos. Porque le parecíamos que así éramos tiernitos. Que en paz descanses, escritor. 

miércoles, 24 de junio de 2015

Día 402: Extinción de cumpleaños

      ¡Qué suerte! ¡Feliz cumpleaños para mí! Una torta con tantas velas como invitados. Si tan solo después de las canciones hicieran un minuto de silencio. Les gritaría a sus oídos, ¡falsos, falsos, falsos! ¡No me quieren! ¡Están cerca mío por interés! ¡Quieren sexo, plata, drogas, perros, autos nuevos y mi sillón nuevo!
      Los sátrapas están a la orden del día. Y por una moneda puede carcajear el mono. Ahora, digo, qué difícil es la vida cuando hay tanta persona empeñada en hacerte cosas feas. Pero no quiero pensar en cosas feas, es mi cumpleaños, es algo especial. Pedí mis deseos. Veinticuatro para ser exactos. Aunque reconozco que pedí veintitrés veces lo mismo. Quiero. No, no sé si decirlo. Dicen que cuando decís un deseo en voz alta no se cumple. Bueno, me voy a arriesgar.
      Deseo el fin de la humanidad tal como la conocemos. Me gustaría que se abra un cráter en Indonesia y nos evapore a todos. A mí mucho no me importa, tengo 81 y ya viví lo suficiente. A veces me gusta creer que mis pensamientos son parecidos al Dios hijo de puta del viejo testamento. Ese Dios que te hace cagar fuego Sodoma y Gomorra por que sí. Me cae bien ese Dios. Creo que nos llevaríamos bien si nos conociéramos. Si muero pronto, tal vez lo vea. O tal vez no. A veces amanezco mojado y con dudas. Mojado por que se pasó el pañal, con dudas porque la cosa de Dios a veces no me cierra.
      Digo, qué es tanto escándalo en torno a un vientito invisible que nos empuja a hacer el bien o el mal o lo que sea que hagamos nosotros, monos super desarrollados. ¡Vamos, aplaudan, carajo! ¡Bailen para mí, monos super desarrollados!
      Pero no se preocupen. De verdad. Deseé veintitrés veces el mal a la humanidad. Pero me guardé el último. El especial. Reconozco que, al igual que mi compadre, el Dios hijo de puta del Antiguo testamento, ya no existe la gente justa. Así que pedí revivir en un elefante. Voy a recordarlo todo. Y al menos voy a vivir una vida digna. ¡Qué viva la resaca!

martes, 23 de junio de 2015

Día 401: Carta de reclamo Nº 1

      Se acabó. Vamos por la gloria. Escribiré un texto furibundo contra aquellos que osan detener el ruido de la rueda que rueda y rueda y no para de rodar. Es una rueda que rueda tanto que las demás ruedas se dan vuelta y observan: ¡Qué rueda tan ruedanina!
      Les explico a todos, les ruego, que quiero una vida. No esas estúpidas miserias que esconden entre la basura. Una vida hecha y derecha, sí, señor. Me la van a dar. O me la hacen llegar por correo. Como les quede más cómodo. Van a sentir el rigor de la rueda cuando les pisotee el cráneo.
      En esta carta emito mi queja hacia la humanidad. Si existe algún creador de tal invención le ruego que tenga a bien devolvernos el dinero. El producto está fallado. La puerta no abre. El velocímetro no camina. Las sensaciones no son suficientes. Tanto cerebro para tan poco cuerpo. Y cosas así. Etc, etc, etc.
      Por que vivimos engañados tragándonos el cuento de que la vida es una. Una para nosotros. El karma es una rueda. Las hormigas viven mil vidas. Los elefantes otras tantas. A nosotros nos toca una sola. Porque somos muchos. Porque ya alcanzamos el nivel de plaga a escala interplanetaria. Pero una plaga mala. Una plaga débil al poder. Tal solo porque queremos. El combustible de nuestra existencia es la voluntad. Gracias a la voluntad logramos las cosas. Queremos ser ricos. Queremos ser poderosos. Queremos explotarlo todo. Y lo hacemos. Porque queremos. Porque nadie nos lo impide. 
      Esta carta va destinada a todos aquellos vendedores de ilusiones. A esos que quieren hacernos creer más cosas de las que se supone que estamos destinado a ser. Llámese pasto de gusanos. Llámese estiercol de pasto. No hay fines ulteriores. El azar ha dictaminado el peso de nuestras insignificantes vidas. Y no vale nada. Cayó en cero la ruleta. Cero. La casa toma todo. Quiebra. Cero. 
      Una vez más. Se acabó. Seguro iremos por la gloria. Porque en algo somos buenos. Somos buenos competidores. A los humanos nos gusta perder. Desarrollamos un nivel compulsivo y patológico hacia la derrota. La saboreamos entre dientes cada vez que llega. Porque eso nos impulsa hacia el más allá, donde nos encontraremos con otras derrotas, que nos harán ir más allá, hacia otras derrotas. Todo basado sobre la esperanza de una gloriosa victoria, redentora, final. La rueda puede caer sobre nuestros cráneos. Pero a veces, cuando la casa gana, el silencio otorga. 

lunes, 22 de junio de 2015

Día 400: Enroque

      Una de piratas, exigía el niño. La demanda fue tan intensa que el desconocido accedió al suplicio. El cuento fue tan horrible que lo mató del espanto El niño estaba duro como una piedra muerta. El secuestrador emitió un lamento. Su fuente de dinero se había esfumado con la vida de aquel chico.
      Tampoco iba a poder evitarlo, en realidad morir era parte del juego. Sin saberlo, el niño pertenecía a la primera tanda de humanos que podía morir y revivir cuando quisiera. Antes de volver a encender las luces del negocio jugaría un rato con su secuestrador.
      El niño volvió para realizar su cuento de piratas. Los fantasmas del futuro negocian su ectoplasma. Eso es lo que le permitió tomar la espada y juguetear con ella. El niño fantasma blandió el arma en dirección al secuestrador. El juego era perseguir al secuestrador.
      El secuestrador advirtió la extraña presencia. Corrió por los pasillos. Salió de la casa, aterrado. Reconocía esa energía, rara, perturbadora. El niño quería azotarlo desde más allá. Pero se equivocó, el niño no tenía en mente cosa semejante. El niño muerto, que pronto volvería a la vida, solo quería jugar.
      El juego era fácil, con la espada rebanaría cada pedazo del hombre que lo retenía contra su voluntad. Sería divertido. Después volvería a renacer y todos contentos. Y no fue así. Solo el niño tenía la posibilidad de revivir.
      Aunque el desenlace del juego fue lo inesperado. El secuestrador murió y no volvió. El niño murió y volvió. Pero el cuerpo del niño ya no tenía ocupante. El niño se había convertido en el secuestrador.

domingo, 21 de junio de 2015

Día 399: Lóbrego

      Lóbrego. Ensayó su nueva con con esa palabra. Lóbrego. Luego de permanecer mudo por 25 años de vida, luego de un trasplante exitoso de cuerdas vocales, el término lóbrego le afloró con cotidiana naturalidad. Y no es que al joven Ricardo le fascinaran las historias de Poe. Aunque si se lo pusiera a pensar, su propia vida había sido una historia de Poe. El joven Ricardo creía haber inventado, en un acto de demencia sobrenatural, la palabra lóbrego.
      Tal era su convicción que esperaba despertar de la cirugía para abrir un diccionario. Entre lobo y lobulado. Encontrar un espacio vació, esa sería su ilusión. Y no, ahí estaba, impresa en tinta. Adjetivo, oscuro y tenebroso. Otra acepción, también adjetivo, triste, melancólico.
      Un mal trabajo, eso era, un mal trabajo. El joven Ricardo sufrió años de mutismo. Sus padres, separados por mutuo acuerdo, lo habían dejado a la buena de Dios, siendo un pequeño de apenas tres años. Lo crió como pudo una tía abuela neurótica con predilección por los jarrones baratos de porcelana. Su pasión por los jarrones baratos de porcelana era tal que sobrepasaba con creces el empeño que ponía en la educación de su sobrino nieto. Así que al final el joven, Ricardo se crió a la buena de Dios. La calle lo moldeó con su arcilla dura en oferta, de mala calidad. Aprendió a los golpes como evitar ser un fiambre en poco tiempo. Así fue estirando poco a poco su fecha de vencimiento. Y el joven Ricardo dejó de ser joven. Pasó a ser solo Ricardo.
      Para ese entonces, Ricardo tenía en su palmarés dos padres separados, una tía muerta, una deficiencia en el habla y, por supuesto, una cuantiosa suma de dinero heredada hace poco, lista para ser estrenada. O gastada, como se prefiera. Y la gastó, claro, en una operación sacada de un cuento de ciencia ficción. Las cuerdas vocales sintéticas eran el futuro. Ahora en el presente. Las cuerdas vocales sintéticas venían con un sistema de amplificación que servía para emular la voz humana. La operación, por cierto, valía millones. Millones que, por cierto, el ya no tan joven Ricardo poseía.
      Ricardo, como aquellos científicos que desarrollaron las cuerdas vocales sintéticas, era un inventor. Había inventado una palabra. Lóbrego. Y los imbéciles del diccionario le habían dado un mal uso. Lóbrego significa felicidad. Es toda la alegría que se puede juntar. También, de acuerdo a Ricardo, lóbrego es un plato que se prepara con mucha harina de maíz y salsa de tomate. 
      La plata tal vez no compre la felicidad. Pero sí puede comprar otras cosas que pueden hacerte feliz. Eso hizo Ricardo. Muchos cheques volaron de su chequera. Con una cantidad adecuada de dinero logró comprar todos los organismos que regulan al lenguaje. Cambió el significado de la palabra lóbrego, y el de otras tantas. Por ejemplo, calúpedo es un sustantivo que define a aquellos animales que caminan con la panza. Y peón sería un insulto que se realiza a una persona con mocos en la nariz. Y otras tantas palabras.
      Las personas, mientras tanto, hicieron oídos sordos a las excentricidades del millonario y siguieron hablando como se les canta. Y así palabras como lóbrego siguieron siendo propiedad exclusiva de los cuentos de Poe y las telenovelas góticas de las cuatro de la tarde. 

sábado, 20 de junio de 2015

Día 398: La decimoquinta extinción

      Una falla de cálculo cuántico creó un agujero del tamaño de una albóndiga de cinco metros en el medio de una ruta. Si me preguntan, podría asegurarles que el Universo está lleno de agujeros, pero no me creerían. Incluso puedo decirles que el Universo es muy parecido a un colador.
      Por ese entonces la ciencia estaba en pañales. Por cierto, unos pañales muy sucios. Existía una suerte de creencia en la divina providencia. Como si todo se tratase de orden. Nada más lejano de la realidad. A los humanos poco pareció importarle las explicaciones grandilocuentes a los debates en torno a la gran existencia de un plano mayor. El agujero solo representaba un mero divertimento. 
      Una cosa entraba por el agujero, dejaba de existir por unos cuantos metros, y volvía a aparecer. Esa era toda la magia del agujero. Ninguno podía aseverar a través de sus experiencias lo que sentían en esos instantes próximos a desaparecer. Un grandioso vacío apagaba sus mentes. Como si de muerte se tratara. 
      Un experto en cosas raras del más allá, lo que se dice un parapsicólogo, relacionó el potencial de este agujero del tamaño de una albóndiga de cinco metros con la vida después de la muerte. El gobierno de ese entonces fomentó la visita al agujero como una atracción turística. Lo nombraron el túnel de la muerte. Lo nombraron así porque sonaba bien. 
      Mordidos por el bicho malo de la curiosidad la gente se acercaba al túnel de la muerte. Probaban pasar sus autos, sus comidas, sus bebés, sus perros, a través de ese agujero, a ver qué tanto se sentía estar muerto por unos instantes. En realidad todo era un ardid publicitario. Las personas no tardaban en volver desilusionadas a sus casas. ¡Menuda estafa! decían los turistas. ¡Es como quedarse dormido! Nadie sabía que en realidad la muerte era algo así, como quedarse dormido. Pero sin embargo se quejaban, nada peor que una publicidad que vende algo que no es. Algunos pensaron que tal vez la muerte no era la gran cosa. 
      El asunto se puso interesante cuando apareció el segundo agujero, este del tamaño de un alfiler. El segundo agujero nació de la nada, como su hermano, a unos escasos veintidós metros de distancia, de acuerdo a las medidas de las autoridades del lugar. Lo que la mayoría supuso es que la cosa debe actuar de modo parecido a su hermano mayor, aunque claro, nadie podía probar el segundo agujero, dado su pequeño diámetro. 
      Mayor fue la sorpresa de la comunidad científica, un grupo de mercenarios sin hogar en busca de aventuras. Fueron atraídos a la ruta de los agujeros de la muerte con sus mochilas repletas de locas teorías. Allí probarían un arsenal de experimentos en honor a la ciencia de la inutilidad. 
      Lo más sabio provino de un pequeño renacuajo con lentes. El hombre, apenas un muchacho, sin mucha chapa de científico consagrado, decidió probar el campo magnético de ambos agujeros y su relación con las fuerzas de atracción gravitatoria. Sus pruebas fueron exitosas. Los agujeros, atados por un hilo de acero, se atrajeron, hasta un abrazo indefinido. 
      Lo que siguió al enlace de los agujeros, eso si que fue un espectáculo. Lástima que para ese entonces, la fuerza generada por la unión de ambas fallas había dejado a todos muertos. La fuerza gravitatoria, potenciada por el efecto de los agujeros, comprimió los cuerpos de todos los mamíferos que poblaban la Tierra como si fuesen una lata usada de gaseosa. Dicen que a las cucarachas les causó mucha gracia el experimento. 

viernes, 19 de junio de 2015

Día 397: Equipo creativo

      La fábrica tuvo un cese de producción por una fuga de ideas. Un torbellino de dos kilómetros de diámetro giraba por sobre lo que había sido el techo del edificio. La cosa absorbía todo lo que se le acercara, sea chapa, máquinas de café o contadores con más de diez años de experiencia en el mercado bursátil.
      El torbellino, contento con su gran genio, se sintió de pronto lleno. Tendría que caminar un poco para aligerar la carga. Estaba demasiado cargado de buenas ideas. La porquería lo había absorbido todo. Hasta tenía dentro de su vórtice unos planos super secretos para la construcción de una bomba diez veces y medio más potente que la que estalló en Nagasaki. A esa altura, no era solo un  viento fuerte corriendo en círculos, era  más bien un huracán con vida. Y buenas ideas, claro.
      Así se le ocurrió que podría formar, si se lo propusiera, un puente hecho con personas. Utilizaría a los seres humanos como si fuesen piezas de lego. En el aburrimiento de ser un huracán con ideas, el torbellino construyó el puente, y luego un rascacielos. Y también un tren. Y muchas casas. Todo hecho de carne humana. A esa altura, la mayoría había muerto aplastada o desgarrada por la velocidad del viento. Cuando el juego no lo divirtió más, lo tiró todo con un fuerte soplido. Así murieron el resto de las personas que aún quedaban vivas o lastimadas.
      Extenuado del sopor ante su nuevo talento creativo, el torbellino empezó a formular teoremas. Se dedicaría a destruir la Tierra mientras da una solución al origen de la vida y su sentido, y todo lo demás. Descubrió que la raíz del problema estaba igualada en su resultante. Todo el resultado de la vida equivalía a un cero. Cero. Nada albergaba un recodo de sentido. La vida es un fenómeno sobrevalorado. Una alteración en una serie de constantes. Un producto del azar. 
      El torbellino no dudó acerca de la eternidad. Él era y es, eterno. Eterno como la naturaleza. Su energía no detendría nunca la marcha. Con la fuerza de todos los planes secretos de bombas girando en su interior detonaría una serie de vientos. Uniría a sus fuerzas a las millones de energías que rondan por el universo. El mayor huracán de la galaxia. Eso sería. La mancha roja de Júpiter palidecería ante su presencia. Eso sí que es una buena idea.

jueves, 18 de junio de 2015

Día 396: Princeps phallus

      Soñó una vez más con el pitufo verde, esa cosa aberrante de la naturaleza, por cierto inexistente. El sol le quemaba la cabeza. El cerebro, a esta altura un huevo frito, le hacía cada tanto estas jugarretas.
      ¡Saint-Exupéry es un invento de los padres, idiotas! Gritó a una grandisima nada el aviador. El desierto se tragó el eco de su voz y no devolvió sonido alguno.
¿Qué me puede pasar? El aviador dormía despierto. Recordó esas palabras, las últimas quizás, que brotaron de un viejo Califa del Imperio Otómano. Un gobernante otrora brujo. ¿En dónde lo habría leído? La Playboy, quizás.
      Llevaba diez kilómetros de camino, sin ningún rastro de civilización a la vista. Arena tan solo arena. Hace 22 horas sus provisiones de agua menguaron hasta el vacío mismo. Moriría sin lugar a dudas, a no ser que operase un milagro sobre su persona. Los pitufos verdes seguían detrás del aviador, pisándole los talones. Caminaban en una procesión uniforme mientras emitían un canto religioso a las algas. Un par de gigantes azules con hachas se habían unido a la marcha. Los gigantes tenían un registro de bajo, mientras que los pitufos verdes eran excesos tenores.
      El aviador arrastraba sus pies. Tenía arena en cada orificio de su cuerpo. Pronto sería un pitufo verde más, o un hombre de arena. Lo que venga primero. Con la mente distraída chocó contra un cartel de madera, colocado con mucho cuidado sobre una base de cemento. El cartel decía: Bar del desierto, 2 km.
      Un espejismo muy efectivo, por cierto, pensó el aviador mientras golpeaba el cartel con los nudillos para probar la veracidad de la ilusión. Caminaría esas benditos dos kilómetros con todo su séquito a cuestas, total ¿Qué tenía que perder?
      A dos mil metros o veinte mil centímetros, cómo se prefiera, se erigía el llamado Bar del desierto. El bar tenía una sola barra y cinco asientos. Un hombre de unos cincuenta años lavaba las copas limpias. El camarero le dio la bienvenida. Esta es la nueva franquicia del Almacén de rubros generales Don Nicasio. El aviador sonrió, no podía hablar del cansancio. Le hizo señas al camarero para que le sirviera agua.
      Una vez rehidratado, el camarero le ofreció al aviador el menú del día, que era pato a la naranja con papas noisette. El aviador decidió acompañar su primera comida en una semana con una botella de Syrah cosecha 1955. El camarero parecía contento de la vida de servir a su único cliente.
      El camarero continuó limpiando las copas, ahora algunas sucias por el vino del aviador:

      - Llámeme don Nicasio.

      - ¿Qué? - dijo el aviador.

      - Que me llame Don Nicasio, me gusta que me llamen así.

      - Ah - rumió el aviador - así que usted es don Nicasio. El dueño de todo esto.

      - Si, el mismo. -asintió el camarero - Aunque en realidad me llamo Simón. Don Nicasio es el nombre de mi firma.

      - Y el negocio va bien, ¿No?

      El aviador estaba concentrado en una papa noisette. Hacía meses que no hablaba con una persona de carne y hueso. Se pierde la práctica, reconoció para sí. Demostrale algo de interés, viejo:

      - Digo, tiene muchos clientes, vende bien sus cosas. Es un lugar peculiar para montar un bar, un almacén de rubros generales - agregó el aviador.

      - La verdad que no. Hace dos años que no tengo clientes. Tengo una condición psiquiátrica, ¿sabe?. Soy millonario y no puedo evitar esta clase de cosas.

      - ¿Qué cosas?

      - Negocios arriesgados. Soy proclive a montar negocios arriesgados - dijo Don Nicasio.

      Así definió Simón, también conocido como don Nicasio el millonario, su locura en el desierto. A pesar de ser un tiburón del capitalismo la situación mental de don Nicasio apenó mucho al aviador. Le voy a dejar una buena propina, pensó. El aviador pidió la cuenta:

      - Son 526 libras egipcias, señor. Trabajamos con tarjeta de crédito y aceptamos rupias, yenes y dólares estadounidenses - informó Don Nicasio, luego de extender un papel con la cuenta hecha a mano al aviador.

      El aviador registró sus bolsillos y palpó su bolso de cuero. Nada de nada. Había dejado su dinero arriba del avión. A esta altura ya debe estar reducido a cenizas. No se preocupe, hombre, la casa invita, le sonrió Don Nicasio. El aviador agradeció el gesto y retomó su camino en el desierto.

miércoles, 17 de junio de 2015

Día 395: El golpe

      El hombre no paraba de sacudir su palito mágico. Pero si tiene forma de pito, cuchichiaron por lo bajo unos señores remilgados. Así es el circo, gente, cierren la pico y presten atención al acto. El mago tenía muy poco humor. Esa mañana había perdido a su perro, un pequinés de dos años de edad. Un elefante se lo comió como si fuera una cáscara de maní. Así que ahí estaba el mago, frente a una multitud, haciendo magia con su miembro viril.

      Nadie se encontraba cerca del mago. Si alguien lo hubiese olido se habría dado cuenta que el tipo estaba borracho a más no poder. Dos palomas en estado de inanición salieron de las mangas del ilusionista. Ensayaron el corto vuelo que les permitía sus alas cortadas para la ocasión y cayeron al piso. Luego de jugar a los espasmos, las palomas murieron. Algunos espectadores se miraban entre ellos, en duda. ¿Debemos aplaudir? Un tibio batir de palmas surgió del fondo de la carpa.
      Mi mujer, mi mujer, me abandonó, decía el mago en voz alta y entrecortada, como para que lo escuchen todos. El hombre conocía el arte de la oratoria, así que le resultaba fácil engolar la voz, aún borracho y todo. Mi mujer, mi mujer, repitió. ¡Y mi Hossie! ¡Prefirió el estómago de un elefante a vivir conmigo! ¿Quieren show? ¿Quieren show, parásitos de la vida? 
      El mago indagaba al público con ademanes groseros. El dueño del circo tenía el rostro como un matafuegos o una Ferrari 550 Maranello. No podía continuar ese borracho con tal espectáculo. Una pesada mano lo detuvo, era Arnoldo, el fisicoculturista. Estaba obnubilado por la desgracia de su compañero. Esperemos a ver a dónde quiere llegar, señor, dijo Arnoldo. El dueño del circo asintió con dudas. ¿Cómo negarle un favor a una mole de 1'93 de alto que pesaba más de 100 kilos?
      Los pies del mago se entrecruzaban, mientras pisaba los restos de sus palomas con feliz descontento. No paraba de hablar. Quería que todos se enteren quién era Luppini, el ilusionista. Un gran show, eso les voy a dar, ¿Querían show? ¿Para eso pagaron, no? Gran parte de las personas empezaron a retirarse del circo en silencio.
      Acá tienen el show, dijo Luppini. Una bola de humo cubrió al mago. Ni un rastro. El hombre había desaparecido del centro del escenario. Acá, acá van a tener el show. Algunos de los que se iban giraron la cabeza, dominados por la curiosidad. El mago apareció al lado de una jaula pintada de negro.
      Luppini sacudió una vez más su palito mágico, para desgracia de los pocos señores remilgados que quedaban. Un tigre de un metro treinta de alto se materializó en la jaula negra. El mago se arremangó el frac y se dispuso a abrir la jaula.
      En ese momento el hígado de Luppini anunció al público que estaba fallando. Un vómito de color ocre salió de la boca del mago, como si también fuese parte del espectáculo. Luppini se limpió la boca con un pañuelo verde que tenía dentro de su galera. 
      El tigre estaba recostado. Permanecía ajeno a los llamados de mago. El animal se negaba a salir de la jaula. El mago entró junto al tigre. Todo el mundo no salía del asombro. En una maniobra suicida, Luppini tiraba de las piernas delanteras del tigre, obligándolo a salir de la jaula negra. 
      Arrastró al animal con todas sus fuerzas. Luppini se desplomó en el suelo por tanto esfuerzo. El tigre seguía sentado, sin inmutarse. Ahora lamía con cierta timidez el vómito del ilusionista.
      Luppini lloraba de la impotencia. Quería que le arrancara la cabeza de cuajo y el tipo era más inofensivo que un gatito con tos. En un último intento por hacer enojar al animal el mago dio de golpecitos al cuerpo del tigre con su palito mágico. Se sentía tan mal del hígado que vomitó de nuevo, esta vez sobre la espalda del tigre.
      El tigre sintió el vómito y se dio vuelta. Mostraba su panza, como si esperase una caricia. El dueño del circo se cansó de su mago borracho. Se acercó a la jaula negra. El tigre sintió su presencia. Ahora si estaba enojado.
      El dueño del circo, petrificado por el terror, veía acercarse al tigre. El mago seguía sacudiendo su palito mágico sobre la espalda del animal.
      Como si el truco hubiese hecho efecto, el tigre se detuvo. Un rugido detuvo el tiempo y el espacio. El tigre ensayó una burda imitación del mago mientras vomitaba y vomitaba sin parar. De sus fauces salían kilos y kilos de carne mal digerida. Entre los restos del vómito asomaba un cuerno de elefante. El tigre vomitó otra vez. Un perro bañado en desperdicios de estómago de tigre había ladrado. El público, ahora de pie, aplaudió al mago en una ovación cerrada que duró cinco minutos.

martes, 16 de junio de 2015

Día 394: ¿Qué me puede pasar?

      ¿Qué me puede pasar? Dijo el Califa antes que su cabeza se separara del cuerpo. Y así dio por terminada su dinastía. El profeta no salvó a su alma, mientras sus restos eran arrojados a los perros. En un momento de lucidez había accedido a las palabras justas para definir el momento, ¿qué me puede pasar?
      El Imperio Otómano, con sus altos y bajos, resplandecía. Estambul era un faro para el comercio con Occidente. Por lo bajo se comentaba. Un brujo habría urdido el asesinato del dirigente. O sea, las acusaciones y la ejecución serían un circo montado para disimular el golpe de estado.
      De hecho el brujo existía. Su nombre fue desconocido hasta su desaparición física. Pero las líneas de su influencia se extendieron por todas las regiones del Imperio. Mucho antes que se extendiera la moda por Europa, el brujo ya dominaba los secretos de la alquimia y la transmutación de los metales. Sus logros permanecen indocumentados. Cayeron en el olvido. Todo por obra y gracia de un fervor ciego, un anhelo virado hacia el poder eterno.
      Muchos lo siguieron hasta las últimas consecuencias. El mundo observaba con ojos atentos las movidas del brujo. Todo fue así hasta que el hombre se esfumó. Nada más se supo de él. Luego, unos meses después, un nuevo Califa asumía el poder del Imperio Otómano. El mismo Califa que observaría con gracia la sentencia ¿qué me puede pasar?.
      Y es lo que pasó. Los deseos del brujo de poder se consumaron hasta los más recónditos extremos. Logró abandonar su cuerpo, el cuál dejó tirado en una cueva, allá lejos, en el desierto. Su mente fue a parar a los confines físicos del nuevo gobernante. Hizo lo que más deseaba: gobernar. Y así perdió la cabeza. 

lunes, 15 de junio de 2015

Día 393: Epílogo

       No le gustan lo que le hacen. En esos tiempos, como veinte años en el futuro desde acá, la tortura está legalizada. Pero no hay que molestarse con cosas que van a pasar dentro de veinte años. El acá es el ahora. Dicen que el tiempo es una escala inevitable de sucesos ordenados a través del espacio. Por decirlo de otro modo, lo que va a pasar, va a pasar.
       Por eso veinte años no significan nada, por la inalterabilidad de los hechos. El hombre puede estar veinte años tratando de evitar la guerra que seguro ocurre. Pero se siente herido en su ego megalomaníaco. Por eso busca en la utopía señales de una solución. Del futuro solo vienen señales de humo y una sentencia. La legalización de la tortura como método de acceso a la información.
       El hombre pasará veinte años en las sombras, bebiendo los jugos de Terminator. Quiere ser John Connor. Quiere salvar al mundo. A sí mismo. A Sarah. Y tal vez a Arnold Schwarzenegger. En su delirio quiere ser el autómata que derribe la pared. Pero el concreto es duro.
       Hay una realidad que no deja ser vencida. Una sentencia de tiempo. Para la humanidad da lo mismo. Nadie puede avizorar lo que puede venir después de la tortura legal. Pero un hombre sí. Ese hombre nació para saber demasiado. Un racimo de conocimientos inútiles, por supuesto.
       Porque de nada sirve estar al tanto de la historia del universo de acá hasta su muerte. De saber cuándo acabará la humanidad. Cuando renacerá. Y claro, cuando explotará el maldito universo. Sin embargo hay un sin embargo. el universo es un constante devenir de principio y final. Una cinta rotativa de hechos. ¿Porquécuándotalvez? Todo en un mismo momento, se repite, se repite. Pero, pero. En el pero está la ocasión, pequeña, ínfima, de alterar el más mínimo átomo, y crear. La creación. La vida. La muerte. Secuencias de ceros y unos. Órdenes quebrados. Minúsculos azares. Y claro, de lo que hay, de acá a veinte lógicos y predecibles años para el hombre, es algo intangible e insospechado, una razón válida para ser pintada en un trazo de esperanza. 

domingo, 14 de junio de 2015

Día 392: El elefante explorador

      Comportamiento digresivo. Ese es el cuadro de situación. O mejor dicho la bala que decidió clavar el psiquiatra en mi cabeza. De acuerdo a Sebastián (así se llama mi psiquiatra) tengo la bolsa de extraña habilidad de confundir los terminos de una proposición en menos de lo que tarda en trinar un petirrojo alimentado con semillas nucleares. Nunca le dije a María lo tanto que la amaba. Por supuesto que vamos a salir. Pasearemos, le diría a mis hijos, si los tuviera. Decidí hacerme la vasectomía porque alguien decidió por mí que sería justo que no tenga descendencia. Es por el bien de mi salud mental, y de los que me rodean. Así justifica Sebastián todo. Sebastián es mi psiquiatra. Tendrían que ver su oficina, es un canto a las maravillas del mundo moderno. Un infierno de la ingeniería mobiliaria del siglo XXI.
      A veces miro al cielo y le pregunto a mamá. ¿Porqué tuviste sexo con papá? ¿Porqué decidieron no cuidarse? ¿Porqué Sacachispas no asciende? Y cosas así. Papá también está en el cielo. Intuyo que allá arriba deben haber mentado su postergado divorcio en vida. Murieron con el odio atragantado. Casados, así murieron, pero con rencor. Y yo les vine a nacer en medio de una de sus eternas batallas. Supongo que la moral de la época hizo estragos en sus decisiones y afirmaciones respecto a la vida.
      Me hubiera gustado tener un perro. Sebastián me dice que por mi salud mental, y la de los que me rodean, no puedo tener un perro. Sebastián es mi psiquiatra. Los perros son sucios. Ladran. Mueven la cola. También muerden. Me gustan los perros. Quizás debería cambiarme la ropa. No tengo muchas opciones. El uniforme de recluso de Locolandia ofrece pocas alternativas estéticas.
      Una vez traté de escaparme. Pero no pude. Soy malo para hacer planes. Me hubiera gustado ser un elefante. Un elefante explorador. Una cosa no tan cobarde como la que veo en los reflejos del agua. Sebastián dice que los espejos son perjudiciales para mi salud mental, y la de los demás. Sebastián a veces puede ser un dolor de huevos. Sebastián es mi psiquiatra.
      A veces me pierdo en el tiempo. Otras en el espacio. Mi memoria tiene baches. Es como si la Madre de todas las creaciones me hubiera abandonado a la mitad de un agujero negro. La realidad puede llegar a ser hermosa y sobrecogedora. Y no es cosa de cuento. Puedo perder días, o meses. La gente me mira abobada, como si esperara que les diera una respuesta.
      Tengo conflictos con la ley. Pero yo tengo mi propia chapa. La verdad que no sé para qué sirven las chapas. Juntan óxido. Es verdad. Lo peor es el trabajo. A veces me gusta jugar a que soy otras personas. Lo difícil es saber distinguir lo que es de lo que no. Me es fácil ser otra persona, pero no sé si esa otra persona soy yo, o en verdad es otro. Me confunde. El juego va lejos y lejos. 
      Por momentos me siento en un gran sofá, sumergido en una oficina aséptica. Recibo pacientes y hago como que los curo. Los escucho recitar sus problemas, como si fuesen mantras. Luego les doy pastillas y los curo. Es mi trabajo. Juego a ser un psiquiatra, como Sebastián. Sebastián es mi psiquiatra. Yo soy Sebastián.

sábado, 13 de junio de 2015

Día 391: Un día para las demandas

      El gato es verdadero. El gato no es broma. Por eso tiene a veinte almas de rehén encerradas en las inmediaciones de un banco. Los medios de comunicación afuera, charlan, de la confusa situación. Dicen que tal vez el animal no recibió suficiente leche de cachorrito.
      El comando antidisturbios no cede ante los pedidos del felino. El gato quiere una bomba de cinco megatones y un silbato. Todos se preguntan, ¿para qué el silbato? El gato no obedece al mandato del tiempo, solo pide y pide porque, al igual que los humanos, le sale bien pedir.
      Los gatos no creen en la democracia. Tampoco creen en la tiranía. A lo único que responde un gato es a una suerte de gatocracia, que es como una anarquía articulada. A los gatos, a diferencia de los seres humanos, se les permite estar locos y no se los juzga, encierra o aísla por ello. Incluso a algunos gatos locos se los felicita por su audacia.
      Y un gato encerrado puede cometer muchas locuras, sobre todo si está loco. Puede tomar veinte rehenes en un banco y pedir muchas cosas. Como este caso. Luego coloca entre sus patas una ametralladora y empieza a disparar. Por que tampoco le preocupa. Los rehenes corren de acá para allá, no saben si van a salir vivos.
      Las negociaciones se acaban. El gato es verdadero. El gato no es broma. La policía sabe que con el gato no se jode. Al menos obtuvo lo que quería. Un nuevo silbato. 

viernes, 12 de junio de 2015

Día 390: Las avispas

      Al puerto de avispas lo cerraron hace tiempo. Los nativos consideraron que era una diversión aberrante a ojos de los dioses. Por supuesto, a los dioses poco le importó las cosas que ocurrían en la isla, porque las peleas de avispas se siguieron desarrollando unos años más en los circuitos hasta su completa abolición. Por lo general las competiciones eran sencillas y rápidas. Así evitaban las redadas policiales. 
      La respuesta típica. Esa clase de cosas que pasan en las islas del Océano Pacífico. Como si el libertinaje de la vida fuese parte de la propiedad inherente de las islas, y de las avispas claro. De todos modos, al principio no era tan dañino el asunto. Eran unas cuantas avispas mareadas en un tarro que atacaban a un pedazo de carne de chancho muerto. Nada más.
      Luego le agregaron detalles interesantes a la contienda. Más avispas. Más objetivos. Y adiós a la carne de chancho. Los sacrificios humanos dieron inicio. Las avispas picaban las carnes de los antiguos formadores, aquellos que perdieron sus batallas iban a parar al fondo del pasillo. 
      La última lucha de avispas ocurrió hace 18 meses atrás. La policía encontró dos hombres muertos por las picaduras. Detuvieron a once personas, y ciento veinte más que estaban como espectadores. La policía acabó de un golpe el puerto de avispas, la arena en donde las batallas daban lugar. Aunque dejaron un pequeña cosa. Las avispas. 
      La mayor parte de las avispas luchadoras escaparon, causando estragos sobre las plantas de la isla. Un porcentaje menor permaneció en donde lo hacía desde hace meses. En el subsuelo de un sótano sin nombre ni dirección. 
      Allá abajo trabajaba una persona con pocos escrúpulos y aires de científico. Su apodo contrariaba varias leyes de la ciencia. Mister Banana, así le gustaba que lo llamaran. Mister Banana continuó su trabajo con las avispas, a pesar de las redadas policiales. Allá abajo Mister Banana jugaba a ser dios. La evolución cambiaba las reglas. 
      Las avispas, que tardaron miles de años para llegar a ser como son, en tan solo meses cambiaron, gracias a la ayuda de Mister Banana. Las diminutas avispas vieron una vez más la luz, cuando ya se escaparon al control de su creador. Un picotazo mortal le atravesó el tórax. Cuando las avispas de Mister Banana escaparon, las más pequeñas sobrepasaban el metro y medio de alto.

jueves, 11 de junio de 2015

Día 389: Acidez

      El abogado rezumaba un jugo agrio, licuado por los años. Es una caja, una maldita caja, y se la tenía que rematar a ese loco como si fuera un tesoro salido de las arcas de la Corona española. El abogado tomó un antiácido y aclaró la garganta. Al fin y a cabo se trataba de un puto testamento, y las personas que tenía enfrente, familiares del muerto, estaban todavía tristes por la pérdida. Así que debería contener la risa por lo menos por una hora. 
      No debí comer todo ese sándwich, resopló el notario. Señores, bla bla bla, lego esta caja de cartón a bla bla bla bla, con el fin de bla bla bla. Firmen acá, acá y allá, y por favor, sáquenme esa caja del demonio de mi vista. 
      El hijo del muerto miraba al abogado con problemas de digestión. El abogado le hizo un gesto, como apurándolo para que firme. El hijo colocó la lapicera sobre el escritorio, sin dejar de mirarlo fijo. ¿No habrá abierto la caja, no? El abogado se sonrojó, sin motivo alguno. ¿Cómo sería capaz? Las cajas de cartón no son de mi interés, además, soy un profesional.
      Ésta no es cualquier caja, es la caja de mi padre, dijo el heredero. Lo sé, lo se, resopló el abogado una vez más. El ácido que bailaba en su garganta lo mataría de un susto. Se equivoca en sus apreciaciones, doctor.
      El abogado resopló con más fuerza. El antiácido iba de paseo por la traquea. A mi me parece una simple caja. Pues no lo es, replicó el hijo del muerto. Es un portal muy peligroso. El abogado largó una risa áspera. No le importaba en nada una caja de cartón. Sólo quería que le firmen los benditos papeles y le saquen eso de su vista.
      Tal vez deberíamos contarle al doctor como murió papá, dijo la hija menor del finado. Papá era un científico, de los buenos. Creó ese portal, pero su obra quedó inconclusa. Por eso le advertimos, doctor, del peligro de lo que usted llama una caja de cartón.
      Eran las 14 horas. El simple trámite se había extendido más de lo previsto. El abogado miró su reloj y se paró. Mientras caminaba repitió una vez más su indiferencia ante la caja. Ahora realizaba amplios ademanes con los brazos. Parecía un pollo prendido fuego. 
      Los hijos lo miraban, en un estado de alerta, como de chihuahua nervioso. Sus manos se acercaban cada vez más a la silla donde reposaba la caja. Un manotón, sin querer, y la caja dio de lleno contra el piso. No hizo ruido, ni se rompió. Cayó al suelo. Como una caja de cartón. Común y corriente. Los hijos, alarmados por un futuro desastre, huyeron despavoridos. 
      Las solapas de la caja se abrieron unos dos centímetros de espesor. Y eso fue todo. El escritorio, las lapiceras, los cuadernos, tazas, libros, todo fue a parar a la caja, que actuaba como una aspiradora de las potentes. La oficina quedó vacía, a excepción del abogado, que tenía clavado sus ojos de bovino en esa caja-portal-aspiradora de cartón. Fue cuando la caja se abrió del todo.
      Demiurgo. Debo buscar esa palabra en el diccionario. Esas fueron las últimas palabras del abogado antes de ser absorbido por la caja. La evolución jugó un papel muy importante en lo que podría haber sido el fin de los tiempos y de la vida en la Tierra.
      Por un azar en las cadenas de ADN, la línea materna en la familia del abogado desarrolló un excedente de carnosidad situado a la altura de las nalgas, excedente que heredó el abogado. Sus nalgas prominentes se atascaron en la caja. El portal absorbió y absorbió, en vano, la parte trasera del abogado. Fue inútil. El portal estaba atascado con las nalgas del abogado. 
      Los hijos temieron lo peor. Estaban sentados en la sala de espera, en cuclillas, con los ojos cerrados. Cuando sintieron el ruido como de una sopapa y luego el silencio, se sorprendieron. 
      El hijo del muerto se asomó poco a poco a la oficina. Ahí lo vio al abogado, con el portal adherido a su cola. No podemos hacer nada al respecto, doctor, como le decía, la obra de mi padre está incompleta, va a tener que esperar, a que otros científicos la terminen, y bueno, lo saquen... de ahí. El hijo ahogó una risa. El abogado escuchó las palabras del heredero y asintió sin decir nada. Un gran resoplo. Por suerte el antiácido había empezado a hacer efecto.

miércoles, 10 de junio de 2015

Día 388: La primera extinción protocolar

      La orden del día. Un simple papelucho en donde constan ciertas reglas arbitrarias para el control de la población. Se cerciora el carácter de peste de la humanidad. En otro pequeño inciso se aclara el nivel de hectolitros de cerveza que necesita un cuerpo para sobrevivir a una fiesta y a una catástrofe nuclear.
      Por si fuera poco, al otro lado del papel, una huella de sangre se seca. Sobre el crimen se cimienta la historia del papel en donde se circunscribe la regla. Es porque hay un humano metido en todo esto. Y huele a gato encerrado. Un gato muerto.
      El pacto se remonta a fines de la edad media. De acuerdo a los especialistas de la materia, un manifiesto satanista. Ponen una fecha, para no ser menos. El límite está fijado en una reducción del 25 %. Fecha límite: 31 de diciembre de 2030. La caducidad del sistema terrestre para soporte de vida es definitivo.  El papel aclara que una nueva especie, reptilianos tal vez, repoblará la Tierra. Su inteligencia será cien veces superior a la humana y así una nueva era de prosperidad dará inicio.
      ¿Y el 25 % restante? El papel los convierte en fantasmas que circulan entre los nuevos terrestres para diseminar particulas de humanidad y así reiniciar el código en la matriz de la evolución.
      El manuscrito fue encontrado en un edificio en ruinas y data del año 1848. No tiene firma. Parece la obra de un loco. Y tal vez lo sea. Aunque para muchas nuevas sectas alrededor del globo, el papel ha dado mucho para hablar.

martes, 9 de junio de 2015

Día 387: Perdón

      Mamá me dijo que podía volverme un puto de mierda por mirar las novelas de Alberto Migré. ¿Qué quieren que le haga? Si nació en una época en que la homosexualidad parecía salida de un cuento de ciencia ficción. Y eso que desde la época de los dinosaurios los hombres comen entre sí. Hombres con hombres digo. Mirá los griegos, esos no se preocupaban por el agujero en donde se metían. Pero bueno, los ochenta fueron años difíciles para este ex adolescente en pleno desarrollo sexual. Salíamos de la dictadura, pero aún la gente tenía el discursito en la cabeza. Nosotros, la aberración de la naturaleza. Nosotros, los portadores de la enfermedad, que nos moríamos de SIDA como palomas con rabia. Nosotros, el miedo de la Iglesia, esa Iglesia que dejaba que te mueras como un perro sin un solo Sacramento, mientras por atrás visitaban nenes a lo loco. A mi no me mienten.
      Y no mamá, no me volví un puto de mierda por mirar las novelas de Migré. Tampoco porque papá nos dejó. No me como el verso psicológico. Soy lo que soy porque lo siento. Mirame, mamá, ¿No te gusto? Me recibí de ingeniero con un promedio de 8'79 en el 95, ¿Qué te parece? ¿Me felicitaste? No, seguías con toda esa perorata de la nena de mamá. Me hacías presentar chicas. Lo sé, eras vos. Vos y tus ingenuos planes para desputarme. No entendías que así era, bah, soy feliz.
      Después de recibirme me fui del país. No por ser esa cosa que mamá dice que soy, sino por la falta de trabajo. Fue cuando conocí a Iván. Recuerdo que te escribí una carta, mamá, para invitarte a nuestro casamiento, bah, a lo que sea que nos dejaran hacer quince años atrás. Imaginate que recién el año pasado pudimos adoptar a Iara. Por suerte nadie se preocupó por lo que hacíamos Ivan y yo dentro de la cama. El gobierno vio que éramos idóneos para desenvolvernos como padres y así entró la pequeña Iarita a nuestras vidas. Tendrías que verla, mamá, está hermosa. Sé que muchas veces ahogaste tus palabras en este putito de mierda. Te costó una vida, la tuya, entender mi felicidad. No te entraba en la cabeza, ¿No?
      Hablamos por teléfono la semana pasada y me dijiste que el doctor te dijo que estás muy enferma y que pronto te pueden pasar cosas feas. Escribo esto, a nadie en particular, a ningún interlocutor presente. Estoy por cumplir cincuenta años y ya dieciséis años junto a Iván. Me hubiera gustado que vengas a visitarnos, mamá. Nunca me pediste disculpas, pero sé que lo sentís. Me diste muchos motivos para odiarte, pero quiero que sepas que no te guardo rencor. Te amo. Te perdono.

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